Vie 20 Feb 2009
El dÃa en que murió Marta la lluvia bailaba claqué en la ventana, el viento silbaba sollozos inservibles y la úlcera de mi estómago, que mordÃa de nuevo como un perro desdentado, me regalaba un dolor intenso pero soportable. Bien pensado,  ahora, una vez que el tiempo ha vestido desde entonces innumerables colecciones primavera-verano y otoño-invierno, todas las señales de aquel dÃa parecÃan anunciar desgracias. Yo, por supuesto, no supe verlo hasta que fue tarde. Marta tampoco.
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Ella se levantó, como todos los dÃas, con el primer toque del despertador, incapaz, la pobre, de no hacerle caso. Marta era inútil para la desobediencia. Por eso no llegué nunca a averiguar qué notas sucedÃan al agudo do sostenido, que fundaba la enlatada melodÃa que se escondÃa en las tripas de aquella mierda de despertador que nos regaló mi primo Pancho el dÃa de nuestra boda.  Ella, como siempre, dejó colgado en el aire a aquel pobre do inaugural esperando en vano a sus compañeros, y se bajó a la cocina a preparar el desayuno. En el hueco tibio que dejó su cuerpo en la cama, olvidó, como todas las mañanas, su colección completa de frustraciones y reproches de mujer insatisfecha que, de manera amable, me habÃa dedicado la noche anterior. Siempre era del mismo modo, los dejaba allÃ, a mi lado, donde pudieran hacerme daño un rato más hasta que me levantase, mientras ella se bajaba a exprimir naranjas, cantando y trinando feliz como si fuese la puta Mary Poppins. Jamás he conocido a nadie que tuviese tan buen despertar y tan mal acostar. Yo era, y soy, más homogéneo: me acostaba mal y me despertaba peor.
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Hice de tripas corazón y, siguiendo el ineludible ritual diseñado por Marta, me levanté a despertar a los niños. Primero, encender la luz; segundo, acercarme a sus camas perfectamente hechas; tercero, darles un beso y, por último, empezar a dar palmadas hasta que los dos se incorporasen suplicando un ratito más que, de forma invariable, les debÃa ser negado. Mary Poppins proseguÃa con sus graznidos en la cocina y la lluvia redoblaba su entusiasmo contra el cristal de las ventanas.
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Luego me encerré en el baño para buscar en el espejo nuevas arrugas. Las encontré. HacÃa un mes que habÃa instaurado esa nueva ceremonia en mi vida. Aquella mañana recuerdo que inventarié tres novedades: dos pequeñas patas de gallo en el ojo izquierdo de mi reflejo y otra, más remarcada, en la comisura de los labios. Las clasifiqué en mi cabeza para poder apreciar sin confusiones las novedades del dÃa siguiente.
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─¡Cariño! ¿Bajas a desayunar? Te estamos esperando.
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La voz dulzona de Marta, la que sólo usaba en presencia de los niños, partió impetuosa desde la cocina, subió las escaleras, buscó la rendija inferior de la puerta del baño, se coló por ella y consiguió llegar a mis oÃdos, convertida ya en un débil pero eficaz rumor.
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─SÃ, cariño. Ya bajo.
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¡Cariño! Yo habÃa comprendido hacÃa ya tiempo que nuestro amor, si alguna vez existió, murió el dÃa en que dejamos de ser Marta y Gonzalo para pasar a ser cariño, cielo, mi vida y mi amor. Aún hoy no sé por qué le damos tanta importancia al nombre de una persona si al final casi todos acabamos siendo papá, mamá, cariño, cielo o, peor aún, como en el trabajo: el pobrecito Quesada.
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Cuando llegué a la cocina, aún me estaba esperando. En la mesa aparecÃan dispuestos los tres tazones de leche, con sus correspondientes vasos repletos de zumo, y el yogurt con cereales para la pequeña; ella, recuerdo, nunca tomaba leche. Todo ello sobrevolado por el olor a naranja, café recién hecho y crujiente pan tostado. Una hogareña delicia matinal, la dicha convertida en familia al borde de un orgasmo de inenarrable felicidad. Sólo faltaba yo. Me senté en la cabecera, enfrente de Marta, intentando adivinar en sus ojos restos de las lágrimas de la noche anterior. El sueño habÃa borrado cualquier huella.
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─Alfredito, hijo. Pásale la mantequilla a papá.
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Marta, una vez más, habÃa untado su voz de miel para hablar a Alfredito. Esperé, como siempre, tres segundos. Luego alargué el brazo y cogà la mantequilla de la mesa.
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─Gracias, Alfredo. ─dije.
─Muy bien, hijo. Asà me gusta. ─Marta alargó su mano, al tiempo que hablaba, para acariciar el pelo del pequeño─ Hoy deberÃas lavarte la cabeza, cielo; tienes el pelo grasiento.
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En aquel momento no pude reprimir una sonrisa irónica y resignada. Supongo que todo en la vida tiene un lÃmite; supongo que el dolor de la úlcera me habÃa mermado la paciencia y mis tres nuevas arrugas, amables, le habÃan echado una mano; supongo que estaba harto de los reproches nocturnos y de las forzadas sonrisas matinales, de ritos absurdos y de mentiras piadosas. Aún ahora, años más tarde, después de repasada una y otra vez la escena en mi cabeza, no he logrado explicarme por qué fue justo ese dÃa y no otro, y le echo la culpa a la úlcera, a las arrugas, al olor del desayuno y a la lluvia repicando en los cristales, cuando, en realidad, desde el quince de febrero de hacÃa dos años habÃa llovido ya innumerables veces. Lo repaso todo. Lo repaso una y otra vez, y no llego a conclusión alguna.
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─¿Qué pasa, cariño? ¿Te parece mal que le diga al niño que tiene la cabeza sucia?
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           Empecé a hablar despacio, casi en un susurro, pero poco a poco fui levantando la voz hasta que llegó a dolerme la garganta, arañada por un grito de rabia, hasta entonces soterrada.
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─Me parece mal que les toques la cabeza, Marta. Me parece mal que les untes el pan, que les calientes la leche y que les pongas mermelada. Me parece mal que les hagas el zumo; me parece mal que les prepares el almuerzo y que les lleves a la parada del autobús, Marta…
─¡Cariño!, los niños te están oyendo─. Marta, entre horrorizada y desconcertada, buscaba en vano algo de apoyo en los ojos de nuestros hijos.
─¡Los niños ostias, Marta!
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Sigo sin saber por qué lo hice, y aún no me lo he perdonado, pero acompañé mi grito con dos manotazos inesperados, a izquierda y derecha, que atravesaron inútiles el aire que ocupaba el sitio reservado en la mesa a los niños; allà donde deberÃan haber estado sus cuerpos, sanos y menudos, si nuestra vida hubiese seguido una autopista perfecta y no el improvisado y polvoriento camino que se abrió a nuestro paso el quince de febrero, en el kilómetro ciento cincuenta y tres de la nacional trescientos uno, hacÃa ya dos años.
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 Ella subió corriendo las escaleras, deshecha en gritos. Me pareció que entraba al cuarto de los chicos y se tumbaba a llorar encima de la cama, perfectamente hecha, de Alfredo. Cinco minutos después oà cerrarse la puerta del baño, y ya no volvà a verla con vida.
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           Yo me quede solo, al fin completamente solo, en la cabecera de la mesa de la cocina. El crujir del deslizar del cuchillo al extender la mantequilla en la tostada se mezcló con el monótono baile de la lluvia sobre el cristal de la ventana.

26 de Febrero, 2009 - 20:22
Está Genial. Ha valido la pena esperar ese regreso tuyo. Me encantó.
un abrazo
26 de Febrero, 2009 - 20:24
Por cierto, he cambiado mi enlace.
Saludos.
1 de Marzo, 2009 - 12:52
Creo que es una de tus mejores prosas, pero está claro que no soy una autoridad en la materia. Tengo la impresión de que lo has mimado. El desenlace inesperado, pero lógico.
Besos.
18 de Marzo, 2009 - 23:58
Hola Gatopardo. ¡Cuanto tiempo! Genial se me hace mucho, pero gracias por el comentario.
Reviso el enlace.
Un abrazo.
Pocacosa: Mimado, no sé, pero le he dado mil vueltas. Estoy empezando a cuidar el detalle. Aún me falta mucho.
Un beso.
23 de Marzo, 2009 - 15:58
Uf,….esto es demasiado triste para empezar la primavera, Gabi….pero me gustó, ..casi podÃa ver la escena, oler el zumo y oir la lluvia. Felicidades.
Besos.
7 de Abril, 2009 - 17:36
qué decir primo, me he quedado sin palabras y creeme que no es habitual…
me ha encantado aunque duele un poco
muchos besos y gracias