En los ojos del niño toda la sed de saber, de aprender, de descubrir. Los ojos del anciano, en cambio, eran una fuente que se derramaba, un río desbordante de experiencias queriendo ser contadas. Así pues resultó natural que sus miradas se encontrasen una tarde y se reconociesen, el niño como quién podía calmar su sed y el anciano como alguien a quien brindar toda su agua.
Era una tarde, como digo, aplastante y calurosa como todas las tardes de aquel verano, eterno para el niño, un breve suspiro para el anciano.

El anciano sentado a la puerta de su vieja casa, pegada la espalda a la pared de piedra, intentando mantener su breve cuerpo dentro de la escasa sombra que el inclemente sol no le arrebata. A sus pies, un mundo de colillas aplastadas agonizaba aún.

El niño, las manos en los bolsillos del pantalón corto que odia (ya es mayor según él, los quiere largos), el puño cerrado dentro de la tela, apretando con fuerza un universo de canicas recién conquistadas en las batallas incruentas de la plaza del pueblo. Regresa a casa, a buscar el imperdonable bocadillo de mortadela, los sucios zapatos golpeando alternativamente una piedra, imaginario y caprichoso balón de la final de la Copa de Europa.
La piedra-balón no encuentra portería. Se desvía y atraviesa como una avalancha el terreno minado de colillas a los pies del anciano. Golpea, ya casi sin fuerza, las gastadas zapatillas de cuadros. La punta del bastón la aprieta, calibra su dureza y luego, de un golpe seco, la aparta a un lado.
- Ten más cuidado, chaval. ¿quieres dejarme cojo?
En un segundo se encuentran los ojos y ambos, muy dentro, se reconocen, uno como sediento caminante y el otro como fuente, y lo saben.
- Lo siento, Señor. Se me fue el tiro.
- No pasa nada, chaval. ¿Tú de quién eres?
El niño responde, casi como un autómata, resignado ya a la pregunta que le persigue desde que hace cinco días llegase al pueblo.
- Soy el nieto de la Señora Eugenia. Llegué hace cinco días. Vengo con mis padres a pasar el mes.
El anciano asiente. Le mira despacio, muy despacio.
- ¿El hijo de Encarni? Sí. Tienes los mismos ojos que tu abuelo. La misma cara de listo.
El niño va a seguir camino, una vez salvado el trámite. La mortadela espera.
- Bueno señor, adiós.
- Era un cabrón muy listo tu abuelo. El más cabrón, y el más listo.
Victoria para el anciano. Gol por toda la escuadra. Atención conseguida, público atento, auditorio entregado. La mortadela tendrá que esperar.
- ¿Le conoció?
- Ya lo creo que le conocí. Estuvimos juntos en el monte, allá arriba (El bastón se mueve, asciende sesenta y cinco grados y señala un punto en la montaña que domina majestuosa todo el pueblo) cuando llegaron y no nos quedó mas remedió que subirnos para allá para poder seguir luchando. ¡Qué cabrón tu abuelo!
Sigue hablando, y se le llenan las pupilas de pasado, y abre las esclusas de la memoria y se desbordan, y ya no sabe parar, y el niño lo absorbe todo, y se llena del verde de la montaña, de olor a pólvora, de emboscadas, de escaramuzas en una guerra que no entiende pero en la que había buenos y malos, y el bueno era su abuelo, que ya no es el abuelo muerto que no conoció sino un guerrillero heroico, listo y cabrón, y el anciano sigue hablando desbocado ya, imparable, y los ojos del niño se iluminan y brillan de admiración, y al anciano también le brillan, pero distinto, le brillan por la emoción porque sabe que el abuelo del niño, el amigo que cayó a su lado hace ya tantos años, en ese instante, por fin, ha ganado su guerra.

De quienes fueron los que se echaron al monte

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos