Un país, una civilización, se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales.
Mahatma Ghandi

Tras siglos y siglos de opresión un día, sin más, comenzaron a atacar los perros.
La centralita de la policía local de la pequeña ciudad se colapsó inmediatamente, incapaz de dar a basto a la cantidad de llamadas de personas que habían sido agredidas. Por lo que pudieron constatar los agentes, no se trataba de perros callejeros (hacía tiempo que habían sido erradicados) sino de perros domésticos que, desobedeciendo a sus amos, atacaban tanto a vecinos y familiares como a desprevenidos paseantes. En muchos casos las víctimas eran también los propios dueños de los animales.

Los agentes de la ley y el orden, desviaban todas las llamadas a la perrera municipal; por consiguiente, se colapsó también el número de la perrera. Los empleados se vieron desbordados incapaces de proceder a retirar a todos los perros agresivos y pronto, simplemente, dejaron de acudir a las llamadas de auxilio.

El comisario de policía se dio cuenta rápidamente de la gravedad de la situación y del alcance del ataque. Como era su obligación, decidió ponerlo en conocimiento del Excelentísimo Señor Alcalde. Al marcar el número privado del regente del consistorio, Marta, su mujer, le informó de que la máxima autoridad municipal viajaba en esos momentos en ambulancia en dirección al hospital debido a la cantidad de dentelladas que le había inflingido Buzzy, su Fox Terrier y de que ella se había librado de milagro encerrándose en casa y bloqueando la puerta del jardín, que hasta que uno de los guardias de seguridad no vació todo el cargador de su pistola en Buzzy no hubo manera de calmarlo, y que lo tranquilo que había sido siempre Buzzy y que fíjate ahora que parecía rabioso y todo y bueno, bueno, que no, que ahora no, que ahora ya estaba tranquilo del todo, que estaba muerto y bien muerto, y que de quién se podía fiar uno si su propio perro, y que…
El comisario adujo unas extrañas interferencias al tiempo que producía con su propia boca extraños ruidos y, finalmente, colgó. Consternado, se asomó por la ventana del despacho. Desde allí pudo comprobar como una pareja de sus agentes se las tenía con un enorme mastín del pirineo que les acorralaba contra una pared, al tiempo que un chiguagua le castigaba los tobillos duramente a uno de ellos. Mas lejos, al final de la calle prácticamente desierta, una señora corría hacía un portal perseguida de cerca por un pastor alemán. Se apartó de la ventana y encendió la radio. De esta manera supo que el fenómeno se reproducía por todo el país e, incluso, por todo el planeta. Nadie podía explicar la causa de la súbita agresividad de nuestros, hasta entonces, fieles amigos, pero lo que estaba claro era que se trataba de un ataque masivo y coordinado, y que no había distinción de razas ni de sexos. Por todo el mundo, perros y perras de todas las razas, colores y tamaños parecían poseídos por una extraña furia y estaban atacando despiadadamente a los seres humanos de todos los sexos, razas, colores y tamaños.

Aliviado al constatar que no se trataba únicamente de un problema local, y que por lo tanto no le correspondía solo a él tomar las decisiones, resolvió que lo mejor sería esperar órdenes de mayores instancias. Para cuando llegaron esas órdenes el número de víctimas de ataques era incontable, la policía y las ambulancias no daban a basto, los servicios de urgencias eran insuficientes y los hospitales estaban repletos.

En diez días todo terminó. Fue necesaria la colaboración del ejército y de todas las policías, pero al final de esos diez días no quedó vivo ni un solo perro sobre la faz de la tierra. No hubo piedad ni indulto posible.
Expertos en seguridad, en veterinaria, en zoología y en muchísimos otros campos se pusieron rápidamente de acuerdo sobre que no había habido otra solución. Todos echaríamos de menos a nuestros queridos amigos, pero, al fin y al cabo, ellos se lo habían buscado. Muerto el perro se acabó con él la rabia.
Cuando concluyó la matanza el comisario de la pequeña ciudad fue a su casa a descansar. Cleo, su pequeño y querido gato siamés le recibió como siempre, restregándose meloso contra su pierna, pero sin ocultar nunca una cierta mirada de indiferencia. El comisario se agachó para acariciarle. Le tenía mucho cariño a Cleo y, al fin y al cabo, tras la desaparición de los perros, los gatos eran ya la última especie animal con la que el hombre aún compartía el planeta. Los animales salvajes se habían extinguido hace mucho tiempo, debido a las altas temperaturas y a la falta de vegetación, y los domésticos se habían ido rebelando, especie tras especie, y se había hecho necesaria su supresión. Otras especies, como los peces de acuario por ejemplo, contra el más elemental instinto de la supervivencia, simplemente, se dejaron morir como absurda muestra de protesta. La última traición y la más dolorosa había sido la de los perros. No se muerde la mano que te da de comer. ¿Por qué no pudieron simplemente aceptar la superioridad de la especie humana?

El comisario acariciaba a su pequeño gato con toda su ternura y Cleo ronroneaba agradecido. Entonces comenzó el ataque. Mortal, preciso, sin dar tiempo a la reacción. Al fin y al cabo pertenecía a la especie del más fiero depredador que ha existido nunca. Cuando finalizó, Cleo miró a su amo con sus enormes y vidriosos ojos interrogándole, incapaz de entender porque le había matado. Las órdenes habían sido claras: eliminar de manera preventiva a todos y cada uno de los gatos del planeta.
Luego, el comisario tiró el cadáver a la basura.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos