La cuestión no está en odiar o amar. La indiferencia es el crimen.
G.M.

 

Desde que empezara a notar la pesadez en el pecho había consultado con los mejores especialistas, guiado siempre por su médico de cabecera que le fue recomendando doctores a lo largo y ancho del planeta, desde Houston a Hong-Kong. No cambió nada. Todos confirmaron el primer diagnóstico, todos afirmaron que era el primer caso conocido y todos insistían en continuar con las pruebas y las analíticas. Pero ninguno fue capaz de proponer una solución, una terapia coherente o, al menos, un posible tratamiento que, si no frenara, sí que retardara lo que ya parecía irreversible.
La cuestión era que él se encontraba mejor que nunca, salvo esa molesta rigidez en el pecho que, no obstante, no le impedía llevar una vida completamente normal. Para él una vida completamente normal consistía en levantarse temprano, desayunar con su mujer (aguantando su insulsa cháchara sobre el último modelito recién comprado), acudir al trabajo, comer en la empresa (no hay tiempo que perder, solía decir él), completar su jornada laboral (que se prolongaba mucho más de lo que debía prolongarse), volver a casa, cenar con su esposa (soportando su incansable sonsonete sobre lo sola que se sentía), ver un rato la televisión (dentro de lo posible el programa más insustancial y anodino, había donde elegir) y acostarse lo más temprano posible (al día siguiente había que madrugar para reanudar el trabajo).
Él, sin embargo, se desenvolvía a sus anchas en ese mundo rutinario y seguro que había creado. Por eso, romper su medida existencia consultando a médicos por todo el planeta le sacaba de sus casillas, y por eso, simplemente se acostumbró a esa extraña pesadez que, por otra parte y como ya hemos mencionado, no le impedía llevar lo que para él era una vida completa y satisfactoria.
Porque aunque todos los especialistas del mundo se asombrasen y afirmasen que era completamente imposible, y que hace tiempo ya que debería estar muerto, él sabía que se puede seguir viviendo perfectamente cuando el corazón se te ha convertido en piedra.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos