La diferencia engendra odio.
Henry Beyle Stendhal

Ocultaba un sombrío secreto desde sus primeros meses de vida. Una terrible maldición que le atrapaba y de la que era incapaz de liberarse. Sólo su madre conocía y aceptaba su verdadera condición. De no haber sido así, habría sido imposible que saliese adelante en aquellos primeros días, lejanos ya, en que todavía no podía valerse por si mismo. Ella fue la primera en notar su problema, pero decidió ocultarlo de todos, mientras durasen los cambios. No era tan difícil. Así, tal vez, su pequeño pudiera llevar una vida normal.

Él creció, como uno más, e incluso se acostumbró a convivir con aquella extraña maldición. Invariablemente, todas las noches de luna llena, según el primer rayo del indiferente satélite rozaba la más mínima parte de su cuerpo, comenzaba la transformación. Cada vez que esto ocurría, él debía correr para ocultarse de los ojos de los otros, para que ninguno lo viera. No podía permitir que lo supieran. No debían imaginar nunca que él era distinto.

Sin embargo, aquella noche no le dio tiempo a esconderse. Cuando comenzó la transfiguración, la dolorosa punzada en el estómago, ésta vez incluso más fuerte que otras, le dejó completamente paralizado, derribándole. Los demás le rodearon despacio, curiosos y temerosos, formando un círculo a su alrededor.
Todos y cada uno de ellos, sus más viejos amigos, su familia, sus compañeros de juegos. Sí, todos y cada uno de ellos.
Entonces, ante la vista de todos, completó su horrible metamorfosis.
Los demás se alborotaron, temerosos al principio, asustados hasta el terror más tarde. Convencidos ya de que aquel extraño ser tan diferente que yacía desnudo en medio de ellos, no podía ser sino una amenaza, reaccionaron por instinto.

La primera dentellada le produjo un dolor desgarrador en el brazo. Luego, el líder saltó sobre su espalda, cerrando con fuerza las mandíbulas sobre el hombro. Esa fue la señal, el resto de la manada saltó sobre él, arañando, mordiendo, rasgando, hasta que su cuerpo fue un triste guiñapo. Todos colaboraron. Todos, excepto una triste loba gris, que apartada del grupo, se preguntaba por qué aquel precioso cachorro que fue la alegría de sus días, tuvo que nacer con la penosa maldición de convertirse en hombre al aparecer en el cielo la luna llena.
Cuando la manada se cansó de ensañarse con el cadáver del cachorro, ella, tiernamente, le olisqueó y lamió sus múltiples heridas y luego, durante toda la noche, aulló a la impasible y redonda luna toda su pena y toda su rabia.

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Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos