La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño.
Nietzsche
 


Yo esperaba pacientemente la señal para atacar. Sucu, el jefe de nuestra pequeña partida guerrera, se había colocado en un lugar estratégico desde el que podía vernos a todos y a la vez todos nosotros podíamos verle a él. Desde el camino alfombrado de pinocha que sajaba en dos el pinar y por el que, de un momento a otro, aparecerían nuestras víctimas era imposible descubrir a ninguno de los emboscados. Sucu había tenido mucho cuidado de ello, y había elegido el mejor lugar para cada uno de sus guerreros. Sin embargo, y pese a que nuestro aguerrido jefe lo tenía todo estudiado y planeado, el sendero permanecía desierto y no se advertían señales de que fuera a dejar de ser así. Llevábamos más de cinco minutos de tensa espera. Yo estaba tranquilo, pero Víctor, un año más pequeño que el resto de nosotros, parecía incapaz de aguantar por más tiempo en su escondite.

-Eh, psss, ¡Pulga! ¡Que me meo, joder!

Pulga. Así me llamaban. Como podéis imaginar, no era debido a mi gran estatura. Sin embargo, pese a ser más bien bajito, siempre había sabido hacerme valer, y era respetado dentro de la pandilla casi tanto como el propio Sucu (en realidad, el respeto me lo gané el primer día que Lucas hizo un chiste a costa de mi tamaño y yo le reventé la nariz de un puñetazo. Por imbécil).

- Aguanta y calla gilipollas, que nos van a descubrir.
- Pero si no viene nadie, quién nos va a descubrir.  -se le veía realmente apurado, a punto de explotar-
- Pues hazlo ahí mismo, en el árbol, coño, que pareces tonto. ¡Y a las emboscadas hay que venir “meao”!.

Víctor suspiró aliviado, soltó todas las piñas que llevaba en las manos, se abrió la bragueta y comenzó a aliviar sus necesidades. Yo miré a Sucu, que desde su posición ponía cara de resignación, sin duda pensando que qué coño iba a hacer él con aquella tropa, incapaz de estar cinco minutos quieta y callada, guardando la posición.

- Eh! Pulga, ¿has visto? La chilina de Víctor es más grande que tú.

El que había hablado era Lucas, incapaz el muy imbécil de aprender las lecciones de la vida -aquel golpe en la nariz no sirvió para hacerle entender lo peligroso de hacer coñas con mi tamaño-. La piña voló de mi mano a su cara antes de que le diese tiempo a empezar a reírse su propia gracia, así que en vez de abrir su fea boca de mamón para reírse de mí, lo hizo para soltar un quejido como de perro apaleado, porque si por algo era yo conocido era por mi puntería, que donde ponía el ojo ponía la piña, y lo que es el ojo yo, le había puesto justo en su ojo. Empezó a lloriquear que era lo que mejor se le daba. Ya ves, cada uno éramos conocidos por lo que mejor hacíamos: Sucu, por sus dotes de mando y liderazgo; yo, por mi puntería; Víctor, por sus dotes para el espionaje y Lucas por sus lloriqueos y por sus quejas, aparte de por sus gracias, que no tenían ni puta la gracia. Entre lloriqueo y lloriqueo, sacaba fuerzas el Lucas para amenazarme de muerte y de que me iba a reventar. Ya ves, yo “preocupao”.

- ¿Os queréis callar, joder?-Sucu por fin había decidido imponer el orden entre sus tropas- Lucas, cállate, leches.

Pese a que yo había inflingido la regla no escrita de no apuntar nunca por encima de los hombros, Sucu abroncaba a Lucas porque había decidido que mi venganza había sido digna de la ofensa del llorica. Bueno, y también porque yo era el mejor amigo de Sucu y Lucas no; Lucas era un pegote que nos había endilgado la madre de Sucu porque era hijo de unos amigos suyos, nuevos en el pueblo, y que si fíjate el pobrecillo niño que no conoce a nadie, y que si fijaos lo solo que está, y que si por qué no jugáis con el pobre. El pobrecillo niño resultó ser un tocahuevos del uno. Pese a eso lo adoptamos como a uno más, y pasó a ser nuestro saco de golpes preferido para todo lo que quedaba de verano, que era mucho, porque acababa de empezar julio así que nos quedaban casi dos meses para “hacerle compañía” a Lucas. Yo creo que a Lucas no le caíamos muy bien pero éramos mejor para él que estar sólo.

A estas alturas de la emboscada las posibilidades de coger por sorpresa a nuestras víctimas se habían desvanecido por completo, porque debían habernos oído por lo menos desde la Fuente del Botón (que nunca supe por qué coño se llamaba así, pero se llamaba así) y eso que estaba como a un kilómetro hacia el río desde donde habíamos organizado nuestra encerrona. La pandilla del “Cromos” había establecido allí su campamento base y era seguro que con los quejidos de Lucas estaban ya sobre aviso. El “Cromos” era el único del pueblo capaz de ganarle en estrategia a Sucu, y esta vez le ganó de narices porque el tío se había anticipado del todo a nuestros planes y justo en aquel momento, nos atacaron por la espalda. La batalla estaba perdida antes de empezar. La mitad de nuestras tropas estaba ya derrotada de antemano. Lucas estaba medio tuerto y llorando a moco tendido y a Víctor el ataque le pilló con la chilina fuera, con lo que el acto reflejo de subirse la bragueta acabó como tenía que acabar, con un grito terrible que nos puso a todos los pelos de punta y consiguió que, al menos por un momento, tanto Sucu, como yo, como los del “Cromos” dejáramos de tirar piñas. Sucu lo vio todo perdido y ordenó la retirada pero sólo yo me encontraba en disposición de obedecer, así que pies para qué os quiero. Sucu y yo salimos por patas con los del “Cromos” detrás. Huimos humillados y derrotados, pero vivos.

Mucho más allá, cuando comprobamos que se habían cansado de perseguirnos (a correr si que no nos ganaba nadie) y de que volvían al escenario de la batalla, sin duda para hacerse cargo de los prisioneros (ya nos ocuparíamos de eso más tarde), caímos rendidos y resoplando como perros viejos al borde del camino.

- La hemos “cagao”, Sucu.
- No te preocupes, Pulga. Esto sólo ha sido la primera batalla. Se van a enterar.

Y así fue, se enteraron. Porque hubo más batallas, algunas de ellas memorables; y también hubo algún primer amor, y un desengaño y muchísimos otros momentos que se quedaron clavados en mi memoria para siempre, porque nunca jamás el tiempo pareció detenerse y hacerse tan lento, como aquellos dos meses del verano de 1978.

Tan sólo a cambio de guardar un secretillo, hoy, una amiga muy especial, una verdadera artista, me ha hecho un regalo que me gustaría compartir con todos vosotros. Os presento a Sucu, Pulga, Victor y Lucas
¡Tiene talento mi amiga eh!

Muchisimas, muchisimas Gracias ;)

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos