El viejo cuenta cuentos se sentó en el banco del parque por primera vez hoy hace ya veinte años, antes de hacerlo se quitó su raído abrigo, lo dobló con extremo cuidado y lo deposito en el respaldo. Luego, dejó caer su cansado y frágil cuerpo en la desgastada madera y comenzó a hablar. Aquella primera vez, nadie le oyó; ni tan siquiera los gorriones, dueños y señores del parque, se dignaron a picotear a su alrededor. No le importó, él siguió hablando, desgranando sus historias, una tras otra, un cuento seguido de otro, sin interrupción, sin descanso. Así estuvo el día entero. Nadie se paró a escucharle, nadie le prestó atención. A las doce de la noche, se levantó torpemente, recogió su abrigo y se marchó, tan despacio como había llegado.
A las ocho de la mañana del día siguiente repitió exactamente el mismo ritual. Después de colocar su abrigo, comenzó a narrar historias infatigablemente. A las seis de la tarde de ese mismo día, yo reparé en el extraño anciano que parecía estar hablando solo, y decidí dejar para más tarde mi alocada caza de aterradas palomas y detenerme a escucharle. Me senté en el suelo, frente a él, con los codos apoyados en las rodillas y las palmas de las manos sujetando mi barbilla. Escuché de sus labios la más maravillosa historia que jamás escuchara. Más tarde, pasado el tiempo y con la perspectiva de los años, he llegado a la conclusión de que aquel primer cuento que le escuché debió durar una hora, sin embargo para mi no se alargó mas que lo que tarda un pestañeo. Cuando terminó le aplaudí a rabiar y empecé a hablar atropelladamente. Le pregunté como se llamaba, si era suyo el cuento, de dónde era, … No me contestó a ninguna de las preguntas, jamás me contesto una sola. Simplemente me sonrió con una dulzura infinita y ¿adivináis? comenzó una nueva historia. Me atrapó de nuevo, fui incapaz de volver a abrir la boca. Tan enfrascado estaba en sus palabras que apenas me di cuenta, de que a mí alrededor se habían ido sentando otros niños, y todos, como yo, miraban embobados al anciano de aspecto quebradizo que no dejaba de narrar historias. Cuando mi madre vino a buscarme, gritando atropelladamente que qué demonio de crío, qué Gabrielito dónde me había metido, que disculpe señor si le ha molestado; ella también se quedó prisionera de los labios del narrador de cuentos. No fue la única. Poco a poco, se fueron uniendo otras madres, más niños, señores que paseaban, en fin, es bien sabido que los corros siempre tienden a hacerse más grandes, y que la gente llama a la gente. Pese al barullo que se iba montando, cada vez que comenzaba un nuevo cuento, todos nos quedábamos mudos y atentos al desarrollo de la historia.
Pese a toda la atención que suscitó, y todas las preguntas que le fueron hechas, de sus labios no salían mas que cuentos, historias y leyendas, algunas incluso eran ya conocidas, pero puestas en su boca adquirían resonancias que hasta ese momento yo no había descubierto. A las doce de la noche, se levantó torpemente, recogió su abrigo y se abrió paso entre el nutrido grupo a su alrededor, que no dejaba de hacerle preguntas. Se alejo unos metros y luego se dio la vuelta para pronunciar las únicas palabras que le escuché que no formasen parte de un cuento: “Yo no soy importante. Ellas sí”. Y se marchó sin que ninguno supiésemos a donde (algunas noches intenté seguirle, pero pese a su andar lento y cansado conseguía despistarme siempre entre la neblina del parque).

El ritual permaneció inalterado durante muchos meses, llegaba a las ocho, doblaba su abrigo, se sentaba, lanzaba al aire sus relatos e invariablemente, a las doce de la noche, recogía su abrigo y se marchaba, no sin antes pronunciar siempre aquellas palabras: “Yo no soy importante. Ellas sí”. Lo único que cambiaba eran las historias (nunca repitió ninguna) y el número de personas cada vez mayor que nos reuníamos a su alrededor esperando sus cuentos como espera a la lluvia la tierra seca. El grupo llegó a ser tan nutrido que, al fin, un día hubo personas que por la distancia no consiguieron oírle. El anciano, de voz gastada y rota, no podía ya hablar más alto. La gente de atrás empezó a protestar, consiguiendo de esta inteligente manera que tampoco los de más adelante oyésemos bien. El anciano interrumpió de golpe su narración, se levantó y se marchó entre las protestas generales. A los pocos metros, se volvió con el rostro saturado de pena, me miró y declaró: “Yo no soy importante. Ellas sí. Ellas sólo piden silencio y una voz joven”. Él se alejó y la gente se dispersó, volviendo a sus quehaceres y a sus mundos. En el aire quedó el eco, ya casi muerto, de una historia inconclusa.
Por eso ayer, cuando después de veinte años buscando cuentos y leyendas, tropecé con aquella historia inacabada en un viejo libro polvoriento y leí el final, supe que hoy a las ocho debía situarme frente al banco, quitarme con cuidado el abrigo, sentarme en la desgastada madera y continuar la historia donde él la dejó, y después de acabarla, proseguir con todas las demás que he aprendido en estos años de búsqueda, porque si realmente hay algo que me enseñaron todas las narraciones del anciano, y todo el tiempo trascurrido después, si hay algo que pueda dar por cierto es que: yo no soy importante y ellas, las historias, si.

Millones de gracias a todos por la espera
Gabi :)

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos