Sigo bailando mientras haya que bailar,
mientras la vida siga marcando el compás.
No sé muy bien dónde me lleva este interminable vals,
tal vez a donde nunca quise estar.

GM 

He tardado mucho tiempo en descubrirlo, pero ahora estoy seguro. La vida tiene ritmo. Esta afirmación tan sencilla que parece sacada de la campaña publicitaria de algún refresco, (puedo incluso imaginar el anuncio televisivo, con montones de jóvenes desenfadados y alegres, exhibiendo una felicidad estúpida, ostentando sus dentaduras irreprochables en un mundo refrescante y perfecto: bebe chachi-cola y serás como nosotros, uno de los nuestros; la vida tiene ritmo) encierra para mi un significado aterrador. Es difícil decir cuándo y cómo descubrí el verdadero ritmo vital. Al principio sólo lo intuí, como se intuye el cambio de clima o las tormentas, con esa certeza que no puedes explicar pero a la que te rindes ciegamente; luego llegué a postularlo con total exactitud y acierto: La vida percute respondiendo a un tiempo y a un compás, exactos y matemáticos. La combinación de estos dos elementos es lo que ha hecho que haya resultado tan difícil hasta ahora descubrir que nuestras vidas se guían por una secuencia rítmica establecida.

Sé que tu rostro estará marcado en este instante por un gesto escéptico, y que la incredulidad se estará abriendo paso ahora mismo por tu cerebro, pero mi afirmación es el resultado del análisis y la observación: ¿Cuánto tiempo le has dedicado tú a analizar tu vida últimamente?, ¿cómo esperas entonces adivinar los golpes, a intervalos regulares, con que la vida marca el ritmo? La vida golpea, no lo dudes, a veces en un “allegro” desbocado (este es fácil de adivinar y clasificar), a veces pausadamente, “pianísimo”, las percusiones vitales pueden entonces tardar años en repetirse, y la aguja del metrónomo parece paralizada en un extremo, sin llegar a iniciar nunca su inevitable viaje al lado opuesto.

Los golpes no son siempre de la misma intensidad. A veces son fuertes, a veces apenas perceptibles, y ningún ser humano tiene el mismo ritmo que otro, porque la variedad de combinaciones es prácticamente infinita. La gente nace, vive y muere sin ni siquiera imaginar que sus idas y venidas, sus preocupaciones, sus alegrías y sus miserias, sus llantos y sus risas, están sujetas a un ritmo marcado e inapelable.
Tal vez sea lo mejor, porque yo lo he descubierto, porque yo tengo el absoluto convencimiento de que ese ritmo es tan cierto como la sangre que pulsa en mis venas, y esto no me hace sentir mejor. Porque yo he encontrado la pauta, sé el tempo exacto y la intensidad, sé que la vida golpea y sé, exactamente, cuando, y esto no me hace sentir más dueño de mi camino; todo lo contrario, me hace sentir tan sólo como el cordero a sacrificar, a la espera de algo que sé que vendrá pero no sé en que forma. Me siento como el actor en una mala película cuyo guión no puede cambiar. ¿O sí? Últimamente vengo dándole vueltas a esta idea: tal vez se pueda alterar el ritmo. Tal vez valga la pena intentarlo. Tal vez, aunque no creas esta teoría aparentemente descabellada, deberías pararte a intentar encontrar el ritmo de tu vida, el golpeteo sonoro y constante que guía tus pasos en el día a día. Sí, tal vez debieras hacerlo, porque puede que no des con el compás y el tiempo exacto, puede que no los encuentres, puede que no existan, puede que me lo haya inventado todo, pero deberías buscarlos porque tal vez, sólo tal vez, buscando ese ritmo absurdo e inconcebible, encuentres que la vida, entre golpe y golpe, es una melodía afinada y dulce que si escuchamos bien, nos regala sus mejores notas.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves