A Malaquías Montero le cambió la vida el pasado día 6 de Febrero de 2005, concretamente a las 11:00 A.M. Había amanecido como un día cualquiera, uno más en una monótona sucesión de eternas jornadas no laborables. Todas sus jornadas eran no laborables desde que se acabase, hacía ya dos años, su último contrato basura. Su más reciente relación con el mundo del trabajo, finiquitó de forma drástica cuando la editorial que le había subcontratado, obligándole a darse de alta como trabajador autónomo, prescindió de sus servicios argumentando que no aportaba un verdadero valor añadido como promotor “door to the door”. Y eso que Malaquías había dedicado todo su ingenio, buen hacer y entusiasmo a la venta y promoción “at home” de una fabulosa enciclopedia en fascículos de reproducciones en miniatura de soperas de porcelana, denominada “Las soperas de tu vida” y subtitulada “Aquellas maravillosas soperas”. Sin embargo, todo su ingenio, buen hacer y entusiasmo, no fueron suficientes para superar la cifra de ventas de su predecesor en el puesto, ya que a Malaquías ni siquiera su propia madre tuvo a bien adquirirle la extraordinaria colección. Después del procedente despido de Malaquías, la editorial optó por una agresiva campaña de marketing en televisión que acabó dando sus frutos con la venta de dos colecciones de soperas. Malaquías se derrumbó al comprobar que su propia madre había preferido adquirir el producto en la teletienda. ¡Pero mamá!- dijo él- ¡Hijo, es que tu tienes más poca gracia…! -contestó ella.

Toda esta serie de acontecimientos llevaron a Malaquías a la cola del INEM (Instituto Nacional de Empleo) el 6 de Febrero de 2005, a las 11:00 A.M.

- Psss. Eh, oiga! Usted!
- ¿Es a mí?  -Malaquías se dirigió al hombre que parecía estar llamándole, parapetado tras unas gafas oscuras, y medio oculto por una de las grandes plantas de plástico del vestíbulo del I.N.E.M.
La misma pregunta que hizo Malaquías la hicieron las otras quince personas que esperaban en la fila de la ventanilla siete. Unos a otros se miraban y se señalaban, avisándose de que les reclamaba el hombre tras la planta. Cuando el desconcierto estaba a punto de cundir en la cola de desempleados, el hombre misterioso abandonó su escondite tras la enorme “kentia” de plástico, agarró a Malaquías por el brazo y se lo llevó aparte.
- Eh oiga! -protestó indignado Malaquías.
- Cállese -El hombre de la gabardina, las gafas oscuras y el bigote recortado no parecía acostumbrado a ser desobedecido- Trabajo para el Gobierno, para un departamento cuyo nombre es mejor que no conozca, incluso yo lo he oído sólo una vez y he procurado olvidarlo. ¿Cómo se llama?
- Malaquías Montero, señor, para servirle a usted.
- A mí no, Malaquías. ¡Al país!¡Usted va a servir al país!
- ¿Quién?, ¿Yo?
- Usted Malaquías, usted. Si acepta no tendrá ya vida propia, deberá olvidarse de todo lo vivido hasta ahora y no podrá hablar nunca de su trabajo con nadie, repito, ¡con nadie!
- Bueno, en realidad, yo nunca he hablado con nadie de mi trabajo. No creo que note la diferencia.
Así empezó todo. Malaquías pasó tres meses recluido en un centro gubernamental altamente secreto, donde fue formado junto con otros doscientos hombres y mujeres, de toda clase y condición. Fue un entrenamiento duro y agotador, no todos llegaron al final. Malaquías lo consiguió. Sus tiempos de técnico especialista en promoción comercial de soperas en miniatura habían terminado por forjarle un carácter de hierro.
Tras tres meses de infierno, todos los aspirantes que fueron capaces de aguantar el ritmo pasaron a formar parte de la vigésimo tercera promoción de la Agencia Central para la Expansión e Infiltración Taimada en el Estado de Coletillas Refranes y Frases Hechas, más conocida entre las pocas personas que la conocían como ACEITE. El discurso del Director de la Agencia el día de la graduación fue especialmente emotivo:
“Denle al populacho todo pensado y ya no pensará. Pongan en su cabeza lo que tiene que decir, y no buscará otras palabras. Denle cuatro frases para usar en cada situación y la comodidad del ser humano hará el resto. Son ustedes hombres y mujeres del ACEITE, portadores y conservadores de una sacrosanta misión. Cumplan con su trabajo”.
Desde entonces, Malaquías realiza su labor con especial maestría. En la parada del autobús, en la cola de la pescadería, en la peluquería, rápidamente, en cuanto cualquier conversación deviene complicada o comprometida, o puede hacer a la gente llegar a conclusiones peligrosas, Malaquías interviene con un “no sé donde iremos a parar” o un “A perro flaco todo son pulgas”, o tal vez un “Si yo le contara…”, o quizás “no le pidamos peras al olmo”, o cualquier otra expresión vacía capaz de zanjar un diálogo en un momento. Así Malaquías encontró su verdadera vocación.
Desconfiad pues de la persona que se os acerque con coletillas como “como anda el patio” o refranes del tipo “No por mucho madrugar”. Puede ser Malaquías o cualquiera de sus compañeros. Son legión.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos