Este relato, basado en hechos reales, está dedicado a la A.P.M.A. (Asociación Protectora de Monigotes Anónimos) y a todos los que, espontaneamente, se sumaron a su iniciativa de liberación de Monigote.
Tanto él como yo os lo agradecemos de todo corazón

Los primeros meses de su cautiverio, Monigote se rebeló contra su suerte. Acometía regularmente como un salvaje contra los barrotes, pero eran sólidos y sólo conseguía acabar con las rayas magulladas. Con el paso del tiempo, consiguió por si mismo eliminar de su cara la sonrisa hipócrita que su captora le dejara dibujada. Eso al menos supuso un alivio. Abrir la boca para gritar también ayudaba, pero la impotencia al ver que era incapaz de emitir sonido alguno acababa por empeorar las cosas.

Al final acabó por asumir la situación, y se sentó en el centro de su jaula, a esperar, a añorar a sus pájaros y a su perro, y a soñar con el regreso al lugar del que, ahora estaba seguro, nunca debió salir.

- Bueno, ya está. Siento haber tardado, pero hoy tocaba merendar fruta y me cuesta un poco, y tardo más que cuando es “Nocilla”.

La voz de la niña interrumpió su melancolía. Se puso de pie de un salto, y se colocó de espaldas a los barrotes, en actitud defensiva. Crispó su boca, intentando adquirir un aspecto amenazador.

- ¿Qué te pasa? ¿Estás enfadado? Siento haberte encerrado, pero tenía que ir a merendar. Mamá se enfada mucho si no voy en cuanto me llama, pero no he tardado casi nada. A ver, ¿Quién eres tú?

Monigote calló. No podía hablar. Intentaba con todas sus fuerzas comunicarse con aquel ser todopoderoso que podía, sin ningún esfuerzo, hacerle y deshacerle a su antojo y capricho; capaz también de robarle la libertad con apenas cuatro movimientos de mano; y aunque intentaba hablar, no conseguía más que boquear como un pez fuera del agua.

- ¿No puedes hablar? ¡Pobrecito! Espera, tengo una idea.

Una vez más, Monigote vio acercarse aquel objeto, puntiagudo y mágico, al que debía su encarcelamiento. Esta vez sintió como un pequeño picotazo en la cabeza. Cuando miró lo que había producido el pinchazo, vio dos líneas juntándose en un extremo en su pequeño cerebro. Las líneas nacían de su cabeza, pero se alejaban de ella, y se separaban entre sí, aumentando la distancia, hasta volverse a curvar y acercarse nuevamente formando un globo. Un globo, blanco y gordo, que salía directamente de la coronilla de Monigote.

Es probable que desde el principio de esta historia, cuando a Monigote se le rompió su mundo, no hayas creído nada de lo que aquí se cuenta. Es probable, también, que pienses que todo esto no es más que una fantasía procedente de mi cerebro. Es probable que pienses eso. Si es así, es del todo imposible que llegues a creer lo que sucedió a continuación. Como por arte de magia, los pensamientos de Monigote comenzaron a tomar forma, y a ordenarse, y a aparecer, uno tras otro, en el globo que salía de su cabeza. Monigote no conocía aquellos extraños signos que surgían de su mente, pero aquella extraña niña gigante parecía ser capaz de descifrarlos.

- ¡Estoy hablando! -fue lo primero que dijo al tiempo que convertía su boca en un gran círculo de asombro.

-¡Claro! ¿Para qué crees que sirven los “bocadillos” en los tebeos?

Monigote no entendía nada. Pero sabía que ahora era capaz de hacerse entender, y no pensaba desaprovechar aquella oportunidad.

- Quiero ser libre  -Escribió en su globo de pensamientos. - ¡Por favor!-  Y acompañó su petición con toda la angustia de aquellos largos meses encerrado. Sus ojos y boca, ayudaron a la súplica forzando al máximo la poca expresividad que permiten tres líneas.

La niña no dijo nada, pero comprendió. Comprendió porque supo ver el dolor de Monigote y de alguna forma entendió que aquel pequeño ser llevaba encerrado mucho más tiempo de lo que dura una sencilla merienda.

- Perdón -dijo con los grandes ojos pardos ligeramente enrojecidos.

Y comenzó a borrar, con tiento, con mucho cuidado. Uno tras otro los barrotes fueron desapareciendo, dejando en su lugar pequeñas virutas de goma de borrar que Monigote esquivaba.

- Ya está -dijo al terminar- ¿Te encuentras mejor?

En el “bocadillo” de Monigote, letra a letra, apareció la palabra gracias y de sus ojos de garabato brotaron pequeñas lágrimas, que arrastraban el dolor de todos sus días y noches de encierro.

Y con cada lágrima del pequeño dibujo, la niña aprendió que a veces sin querer hacemos daño y que, incluso la vida más pequeña y más frágil tiene dentro un corazón, aunque sea diminuto, capaz de sufrir y de llorar, y que con ese corazón hay que tener cuidado, e intentar no producir nunca más dolor que el que produce una brizna de polvo al caer sobre nuestra piel.

La niña y Monigote aprendieron juntos muchas más cosas pero esto ya, es posible, sólo posible, que sea otra historia.

Lo escribió Gabi y lo guardó en La Increíble Historia de Monigote