Para Insanity que me pidió noticias de un amigo común

Años después de su última aventura Monigote se cansó de su nueva vida. Así, sin más.
Cuando su mundo se rompió, él no sabía nada del exterior. Ni siquiera podía imaginar que existiese nada, más allá de los cuatro márgenes de su hoja de papel. No conservaba buen recuerdo de su breve estancia en aquel universo extraño y tridimensional, y nunca sintió mayor alegría que cuando encontró un nuevo hogar, más colorido y luminoso aún que el anterior. Y, sin embargo…

Sin embargo los días se le habían convertido en una sucesión interminable de tediosos minutos, la compañía de su sol sonriente y de su perro amarillo no le confortaba como antes, y en sus ojos de puntos se fue instalando la tristeza como una inquilina de pensión completa, incomoda e ineludible. Intentó volver a entusiasmarse con sus aficiones de siempre: cuidaba el jardín, daba de comer a los pájaros, jugaba con su perro. Pero ya, todo era nada, y ninguna de estas cosas conseguía hacerle esbozar, en su fina boca, ni siquiera un amago de sonrisa. Monigote se sentía hueco, completamente hueco, tan hueco como puede sentirse un monigote de 4 rayas y un círculo, pero hueco, al fin y al cabo. Él, pobre dibujo, no podía explicarse que es lo que había cambiado para no conseguir disfrutar como antes. Su nuevo mundo era, sin duda, mucho mejor que el anterior pero ahora, conocía un concepto que nunca antes había formado parte de su diminuto catalogo de sentimientos. Monigote se sentía profundamente sólo, aunque él era incapaz de ponerle nombre a ese sentimiento. Había algo en su escueto interior que le decía que no podía permanecer allí por más tiempo, y notaba también, que desde el exterior una fuerza le atraía, de nuevo, hacía lo incierto. Decidió intentar poner respuestas a todas las preguntas que le interrogaban.
Dejó cerrada la casa y la llave escondida en un lugar secreto. Se despidió de su perro que le miraba con las orejas gachas intuyendo el adiós y se alejó por el camino que se perfilaba al fondo del dibujo, flanqueado por infantiles árboles verdes y una valla de madera vieja, hacía el margen izquierdo, donde terminaba un mundo y empezaba otro.
Se fue sin equipaje, ¿qué equipaje puede precisar un monigote?
Cuando llegó al borde del papel, cerró los ojos y dio un fuerte salto. Mientras le daba, en algún rincón de su cerebro de bola, se iluminó la idea de que tal vez no podría conseguirlo, de que quizás era mejor retroceder, y acomodarse en su rutinario mundo de celulosa, y vivir como siempre había vivido. Pero ya era tarde. Aterrizó dando vueltas en el mantel de cuadros azules que ya conocía. El dibujo en que había estado habitando los últimos años, no se había movido de encima de la mesa. Sé que es extraño, pero ¿quién ha dicho que nuestro tiempo y el tiempo de los monigotes se midan igual?
Rodó por el mantel, aturdido y conmocionado, hasta chocar con un objeto blando de color blanco, cuadrado y, para nuestro protagonista, literalmente enorme. Se apoyó con las dos manos sobre el extraño objeto intentando levantarse. Lo consiguió, pero sólo para ver como las líneas que él llamaba manos estaban desapareciendo, desdibujándose, pasando del tono negro bien definido que siempre le había caracterizado a un gris claro, casi invisible. Monigote tuvo miedo ¡cómo culparle! Miedo a haber tomado la decisión más importante de su vida sólo para conseguir desvanecerse poco a poco. Observó sin embargo que el resto de sus trazos permanecían tan claros y firmes como siempre y suspiro aliviado. Había sido, sin duda, aquel extraño objeto el que había provocado aquello en sus manos. Furioso, concentro toda su rabia, toda la soledad acumulada en los últimos tiempos, toda su frustración, toda su amargura; todo ello, lo concentro en una patada que descargó, con una fuerza que desconocía poseer, sobre el objeto que le había dejado sin manos, sólo para ver como le desaparecía medio pie.

- Tú no eres de este dibujo. ¿Qué haces aquí?

La sorpresa que sintió al ver como le iban desapareciendo partes de su cuerpo, no fue nada comparada con la que le produjo escuchar aquella voz infantil, dirigiéndose a él.
Intentó hablar, contestar, pero no pudo. ¿Desde cuando un monigote tiene cuerdas vocales? Así que sólo pudo quedarse quieto, mirando hacia arriba, con la boca en zigzag y los ojos temblones.
. ¿Tienes miedo? Estás temblando. ¡Y estás incompleto!

Una mano infantil le levantó, cogiéndole por la cabeza, con los dedos pulgar e índice. Luego sintió como le arrojaban sobre un papel en blanco. Intentó levantarse, pero no pudo. Sintió cosquillas en el pie y en las manos, y cuando pudo mirar lo que las producía lo que observó le dejó asombrado. Estaba completo de nuevo. De pronto notó como, por arte de magia, aparecían unas gruesas rayas alrededor y encima de él. Se agarró con las manos a dos de ella y empujo, pero no consiguió nada. Aquellas rayas estaban solidamente dibujadas.

- ¡Mira que jaula más bonita! ¡Es para que no te escapes mientras meriendo! Ahora vuelvo. ¡Hasta luego!

Monigote había cambiado en un instante la seguridad de su hermoso dibujo por una jaula monocromática dibujada improvisadamente. En un instante también se había borrado y, luego, le habían rehecho. Suspiró profundamente, y se sintió más frágil, pequeño e indefenso que nunca; y se preguntó que hacía él allí y cual era el sentido de todo aquello. Y no encontró respuesta alguna. Pero sentado allí, en su improvisada cárcel de líneas, como un pájaro enjaulado, más triste de lo que nunca podréis creer que pudiera llegar a estar un ingenuo dibujo infantil, decidió dedicar todos sus esfuerzos a seguir buscando respuestas.

- ¡Eh! ¡Espera, no puedo dejarte así de triste!

Monigote vio venir directo hacía él al extraño objeto que había borrado sus manos solo con tocarle. Ahora apuntaba a su boca, notó como le raspaban la cara, y después otro objeto, este duro y puntiagudo, volvía a apretar con fuerza contra su rostro.

- ¡Eso ya está mejor!

La voz se alejó, dejando a monigote encarcelado, inmensamente triste pero con una forzada sonrisa de felicidad que no conseguía ocultar su sufrimiento.

Como podéis suponer, monigote no pasó el resto de su vida en aquella jaula de negros barrotes. Pero esto es ya, como siempre, otra historia.

Lo escribió Gabi y lo guardó en La Increíble Historia de Monigote