ya hay un primero de enero
que fundó a sus compañeros

Silvio Rodriguez

Decidí permanecer a su lado hasta el final.
Al fin y al cabo, él había estado a mi lado incondicionalmente durante toda su vida, y, aunque no puedo decir que siempre se había comportado bien conmigo, sí es cierto que en su presencia, yo había vivido algunos de los momentos más intensos de mi vida.

Así es que me quedé a su lado, agarrándole la mano huesuda ya casi sin fuerza, y, dentro de mi escasa capacidad, confortándole, más con el cariño de la mirada que con el calor de mis palabras.

No sé muy bien de dónde sacó fuerzas para hablar, pero con su boca reseca y agonizante emitió un susurro, casi imperceptible. Tuve que acercar mucho mi oído a su boca, y el esfuerzo de repetir sus palabras a punto estuvo de adelantar el inevitable final, pero al final le entendí: ¿Tan mal te he tratado?. Sus ojos suplicaban perdón por el mal que pudiera haberme hecho. No era distinto al resto de moribundos que yo había conocido. Al final todos necesitan lo mismo: redención.

Moví la cabeza a un lado y a otro, y la expresión de mi cara le quitó importancia a todo lo que él estaba pensando.
Ya casi no duele -le dije- y me has hecho hacer cosas y llegar a sitios que jamás había soñado. He llorado a mares -continué- pero también he vuelto a reír como un niño. No voy a poder olvidarte nunca. Nunca.

En ese momento había asomado una lágrima en sus ojos. También en los míos. Nos la secamos, incómodos, rápidamente. Los hombres y los años no lloran.

Me miró agradecido. Sólo quería eso: redención.

Afuera el mundo pareció detenerse. Había llegado el momento. Desde otra casa se oía el ruido de la televisión anunciando cuartos, campanadas, uvas,… Él apretó mi mano con fuerza y pude ver temor en sus ojos acuosos. No es fácil partir -pensé- Para nadie.

Fueron doce estertores. Luego marchó. Mientras afuera el mundo estallaba, él cerró los ojos y murió en paz.
Hasta siempre-dije- Me puse el abrigo y salí a la calle. Me uní a la fiesta.
Había un nuevo amigo al que recibir.
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En este 2005 que se nos va, empecé a escribir esta bitacora, cargado de prejuicios sobre lo que me fuese a encontrar. Apenas tres meses han bastado para que, todos y cada uno de vosotros, os hayáis hecho un hueco en mi cabeza (justo en el lugar de la cabeza que nos gusta llamar corazón). Gracias a todos. Disfruto escribiendo, disfruto leyendo vuestros comentarios, disfruto sobrevolando vuestros blogs.
En el 2006 más y mejor.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos