La sombra que se esconde entre las sombras no dice nada, sólo observa, con ojos predadores e inteligencia afilada, observa y calla.

Fuera de las sombras, a la luz amarillenta de las farolas, las diminutas gotas de lluvia brillan fugaces, antes de morir y formar charcos. Desilusionadas por su breve viaje, ahora se entretienen, imitando a la luna en la punteada superficie del agua encharcada. La luna, medio embozada por nubes oscuras, mira desde arriba y, como la sombra que se esconde entre las sombras, calla. A la sombra no le importa mojarse, lo prefiere, le mantiene atento y despierto. Vigilante.

El destartalado inmueble de cuatro plantas que la sombra acecha, ha ido cerrando, uno tras otro, los párpados de sus ojos de 60 vatios. La sombra piensa: los edificios se duermen de pronto, con el ruido cortante de persianas viejas, como guillotinas ejecutando a la luz. Pronto, sólo un ojo se mantiene abierto. En ese ojo, como pupila errante, la sombra de una mujer aferrada a un teléfono, se mueve de un lado a otro, nerviosa. La sombra sonríe y piensa que el edificio ha entrado en fase REM.

Desde donde está, la sombra no puede oír la voz de la mujer. Pero la adivina, asustada, nerviosa, como el resto de noches, alterándose a medida que no la hacen caso, reclamando sus derechos, rogando, suplicando al fin. También puede imaginar las excusas del otro lado del hilo: “falta de personal, no existe orden de alejamiento, no ha cometido ningún delito, bla, bla, bla”. Sonríe cuando ve la sombra de la mujer tirar el teléfono contra la pared. Después, la persiana baja de golpe, violenta. Pero no cierra del todo,-benditos edificios viejos-, el ojo único es sustituido por cientos de pequeños ojos a través de los cuales la silueta de la mujer aún se adivina, con la frente pegada al cristal, llorando y mirando hacia donde intuye a la sombra.

A la sombra le encanta saber que ella está llorando. Sí. Merece la pena empaparse, congelarse de frío e incluso las aburridas esperas. Todo lo da por bueno sólo a cambio de saber que ahora es ella la que llora. Cuando ella se marchó de casa por aquella estupidez, por dos bofetadas de nada, fue él quien lloró. Por hoy ya está bien - piensa - y se marcha calle abajo, una sombra entre las sombras, para que ella, desde la ventana, no pueda saber si sigue ahí o no. -Hasta mañana cariño- dice sin mover los labios.
Más abajo se cruza con dos ratas. Las ratas salen huyendo. Él no.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos