A todas los Principes y las Princesas que besan ranas sin esperar nada a cambio. ¿Hay alguno?

El Señor rana estaba cansado de ser besado por princesas ilusas que creían que podían convertirle en un príncipe azul.
No servía de nada avisarlas de antemano, nunca atendían a razones. Se esforzaba, inútilmente, croando con todas sus fuerzas, tratando de advertirlas: ¡Soy una rana!, ¡Sólo soy una rana!, ¡No soy lo que esperas! Pero era en vano, sus desesperados gritos sólo sonaban en los oídos de las princesas como el croar de una rana asustada. Sus palabras, claras y razonables, se perdían en la oscuridad de la noche, como un sonido más entre los muchos que poblaban su querida charca.
Invariablemente, siempre terminaban por conseguir acercar sus labios de rana a aquellos otros labios, carnosos, de melocotón unas, de fresa otras. Labios suaves y llenos de vida, anhelantes de besos más calidos que los de una pobre rana.
Pero no era el beso en sí lo que le molestaba.
Era la decepción pintada en los ojos de las princesas, y la angustia y la tristeza, inconsolables, de no haberlas podido dar lo que ellas necesitaban cuando, después del beso, nunca pasaba nada.
Ellas acababan por limpiarse los labios con mueca de asco.
Te lo advertí, pensaba, sólo soy una rana. No soy lo que esperabas. Lo siento.
Y se escapaba de un salto, hacía su charca de rana, esperando que ninguna otra princesa le confundiera con lo que no era y nunca había pretendido ser.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos