Cuentan que Dios despertó de una larga siesta y, después de desperezarse, posó su divina mirada en la tierra. Fue apenas un segundo, después de todo, otros asuntos más urgentes en otros mundos que tenía apenas empezados, precisaban mucho más de su atención.

En ese escaso segundo cuentan que Dios se apiadó del hombre, al que recordó haber expulsado del paraíso por un quítame allá esas pajas, y decidió, omnipotente él, devolverle al jardín del Edén.
Llamó a Gabriel, arcángel anunciador por excelencia, y le encargó la misión de comunicar la buena nueva a los hombres. Gabriel se guardó para sí su propia opinión, (al Jefe no le gustaba ser contrariado), y se dispuso a cumplir la misión encomendada.
Tras verle marchar, Dios decidió que todavía era temprano y que aún le daba tiempo a dormir algún Siglo más. Omnisciente él, sin embargo, olvidó otra vez poner el despertador.

En los días sucesivos, los más importantes lideres mundiales, los patriarcas de todas las religiones, los máximos gurús de todas las sectas, los directores de todas las cadenas de televisión, los presidentes de todos los clubs de futbol y , en definitiva, todos los que son algo en la tierra, recibieron la visita del Ángel Anunciador.

Esta visita sobrecogió y desconcertó a todos. Aumentó el desconcierto inicial el hecho de que el Arcángel, ausente durante tantos siglos, empezase siempre el discurso en Hebreo, y tuviese que recurrir, inevitablemente, una vez empezada la perorata a un Ángel Traductor Automático.

Un año después de la primera aparición, (que tuvo lugar en el despacho oval de la Casa Blanca y que el enviado del Señor aprovechó para dar unos golpecitos en la espalda al Presidente del mundo libre, y así salvarle de morir atragantado por una galletita salada; algunos comentaron que, de haberse producido años atrás, la aparición podría haber resultado mucho más embarazosa) todos los destinatarios del mensaje le habían recibido ya.

La tierra se puso en marcha.
Se formaron comités, se hicieron congresos, forums, conferencias, campañas publicitarias tremendamente agresivas; todo ello con el fin de expandir la buena noticia.
Finalmente, y aunque resulte terriblemente sorprendente, tras años de ardua tarea se decidió organizar un referéndum a nivel mundial para decidir sobre el asunto. La cosa cuajo, incluso en países no democráticos porque al voto de los dictadores se les asignó un valor igual mas uno al de su propia población. En esas naciones, encantados de poder votar por fin, nadie protesto. En los países democráticos, por pura costumbre, la cosa fue más sencilla.

En la papeleta que todo hombre y mujer del planeta tendría que introducir en la urna el día de la votación, convenientemente traducido a la lengua oficial del territorio se podían leer (el que supiese) estas opciones:

A.Si, volvemos.
B.Nos quedamos.
C.Si, volvemos pero que dejen la puerta abierta por si no nos convence.
D.Nos quedamos pero vamos allí de vacaciones.

Finalmente, acabado el recuento de los votos, y una vez descontadas las papeletas nulas por defecto de forma (muchos tacharon las cuatro opciones y añadieron una quinta del tipo “que vaya mi Suegra” o “al Edén que le den” o “Sólo si ya podemos comer manzanas”) el resultado fue que cada opción recibió el 25 por ciento de los votos. La humanidad estaba como al principio.
Tras años de debates y campañas, la decisión final fue que cada cual hiciese lo que le dictaba su libre albedrío que para eso estaba.

Un cincuenta por ciento de la población mundial iba a retornar al paraíso. Se constituyó una comisión encargada de coordinarlo todo, y como Presidente de la misma se eligió al Director de una afamada empresa de mudanzas internacionales.

To be continued…

El presente relato está basado en hechos más o menos reales y aún así cualquier parecido con la realidad es pura chiripa.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos , Retorno al Edén