En mi calle el mundo no habla
la gente se mira y se pasa con miedo

Silvio Rodriguez

En la parte más antigua de la ciudad, decían, se encontraba un barrio misterioso del que se susurraba con miedo. Nadie sabía muy bien donde empezaba y donde acababa. Se decía que sus calles eran estrechas y sucias, llenas de recovecos y callejones oscuros, calles sin nombre y sin letreros, calles de niebla.
La gente normal evitaba pisar aquel barrio maldito y apretaba el paso, mirando de reojo a todas partes, cuando el azar o la necesidad llevaban sus pies cerca de allí.
No era un barrio físicamente peligroso. No se sabía de robos o agresiones, nunca se habían producido allí crímenes sangrientos, tan frecuentes en otras partes de la ciudad, jamás había tenido que intervenir la policía en aquella zona. De hecho, la policía también evitaba entrar en el barrio, en parte porque no hacía falta y en parte porque, como los demás, le tenían miedo.
No era un barrio marginal, tal como lo entendemos, no había pobreza ni hambre, no había miseria ni familias rotas. Pero sobre todas las manzanas de aquel barrio sobrevolaba la sombra de una infinita tristeza. Esta tristeza, en forma de neblina espesa, se adueñaba de todas las calles y de todos los rincones, se filtraba por los resquicios de las puertas mal cerradas, y descendía a través de los tiros de las chimeneas.
En aquél barrio sólo vivía gente sin esperanza.
Desde la fundación de la ciudad, y sin que nadie sepa explicar por qué, en aquella barriada los pequeños pisos y los apartamentos, las buhardillas y los sótanos, las porterías y los áticos, se habían ido poblando de gente solitaria y triste.
Por eso, entre la gente normal, se susurraba el nombre del barrio con miedo. Era frecuente en las familias que, una mañana, sin previo aviso y sin esperarlo, alguno de sus miembros, hijo o hija, padre o madre, hiciesen las maletas metiendo en ellas lo imprescindible, saliesen a la calle sin decir nada y se dirigiesen despacio, resignados, a perderse en la neblina triste de aquel barrio de sombras.
Si esto ocurría, se les daba por perdidos para siempre, y los familiares y amigos se hacían a la idea de no volver a verles nunca más.
El barrio crecía sin parar. A un ritmo lento pero inexorable. Pronto, las autoridades, empezaron a temer que el barrio se adueñase de la ciudad. Idearon normas y edictos, hicieron campañas publicitarias, programaron en las televisiones programas cada vez más supuestamente entretenidos y estúpidos, se prohibió incluso cualquier referencia a la existencia de aquel barrio, con amenazas de multas y de cárcel.
Pero fue inútil. El barrio crecía día a día, y pronto, incluso las autoridades competentes, fueron desapareciendo en la niebla.
Nada ha servido para nada.
Ahora, mientras escribo, sé que mi casa es el último reducto de la “normalidad”. Miró por la ventana y apenas veo la calle, oculta tras la densa niebla.
Mañana haré la maleta con lo imprescindible, bajaré la escalera despacio, sin ruido, me perderé en la niebla y seré uno más deambulando, solitario y sin esperanza, por el Barrio sin nombre.

Quedaís invitados a ponerle nombre

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos