Hay cartas urgentes que llegan cuando ya no hay nadie
Rosana Arbelo

El primero y el último escalón son los que más cuesta conquistar.

De hecho, levantar la pierna derecha y flexionar la rodilla para apoyar primero el talón y luego, la puntera de sus viejas botas, en el peldaño inaugural de la escalera, había supuesto un esfuerzo descomunal.

La escalera estaba vieja y desgastada, los escalones estaban desnivelados y los crujidos que sus pies arrancaban a la madera apolillada con cada nuevo paso, no ayudaban a tranquilizar sus nervios. En el primer rellano tuvo que detenerse.

Se apoyó en la desconchada pared, sin importarle la humedad que la impregnaba. Tuvo que cerrar los ojos y respirar fuerte, echando la cabeza hacía atrás. Poco a poco, se fue serenando. Recordó por qué estaba allí, la última palabra que la dijo, la postrer mirada antes de subir al coche, antes de dejarla marchar, y luego, los días sin ella, largos y tediosos, como domingos de invierno, las noches recordándola y el inmenso vacío que se había instalado en su pecho, donde antes hubo un corazón.

Estos recuerdos le hicieron proseguir.

La subida se hacía cada vez más angosta y empinada, y él se preguntaba que especie de arquitecto loco había diseñado aquella escalera disparatada. También pensó en ella, subiendo y bajando todos los días, para hacer la compra, para ir al trabajo, ¿sola?, si, seguro, tan sola como él ahora. Se imaginó la cara que ella pondría al verle, su sorpresa, su gesto de reproche, y repasó, como un autómata, las frases destinadas a vencer su resistencia. Esas frases habían nacido en su cabeza, acuciantes, en la soledad otoñal de los últimos meses. Al comprobar que recordaba, sílaba a sílaba, su desesperado guión se sintió más seguro y continuó ascendiendo.

El último escalón fue el más difícil. Las venas golpeaban la piel queriendo escapar de su cuerpo y gotas de sudor resbalaban por su frente. Se sentía incapaz de dar aquel pequeño paso y, al mismo tiempo, no soportaba la idea de seguir viviendo sin darle. Cerró los ojos y avanzó.

Entonces, a escasos veinte centímetros de la puerta, cuando su dedo se dirigía, tembloroso, al amarillento interruptor con una campanilla dibujada, detrás de la desgastada madera oyó una voz de hombre y risas de niños. Su dedo se paró en el aire, como un colibrí luchando contra el viento, el brazo cayó inerte a un costado y tragando saliva se dio la vuelta, para mirar, ya a punto de iniciar el descenso, por última vez la puerta.

Detrás de la mirilla, un ojo claro de mujer derramó una lágrima que resbaló hasta unos labios, y ella pensó que su llanto tenía el mismo sabor que hace veinte años.

Mientras bajaba por la vieja escalera, de peldaños desgastados, desconchones en la pared e innumerables humedades, él pensó que hubo un tiempo en que allí debió oler a barniz recién aplicado, y los escalones debieron estar flanqueados por paredes inmaculadas recién pintadas, y supo que fue entonces cuando debió haber subido aquella escalera. Y recordó el estribillo de una antigua canción que rezaba: “Siempre hay una próxima estación” y supo que era mentira. Y pensó en trenes que viajan a ninguna parte y que nunca paran dos veces en la misma estación.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos