Seremos nube, seremos agua, seremos lluvia,
lluvia que lava, lluvia que limpia, lluvia que cura.
Y todo el polvo que ocultó el brillo
de los caminos que recorrimos
arrastraremos en aguacero

GM

 

No sé muy bien cómo empezó todo. Sólo recuerdo aquella extraña sensación, como de cosquilleo, en el estómago. Rápidamente se fue extendiendo al resto de mi cuerpo. Uno a uno, todos mis órganos, cada uno de los receptores de mi sistema nervioso, fueron enviando el mismo mensaje a mi confundido cerebro. Asustado, éste envió una rápida orden a mis ojos para que mirasen mis manos. Intentaré describir lo que estos vieron: las células muertas de mis uñas, la piel de mis dedos, mis cartílagos, mis huesos, se estaban licuando y resbalaban, lentamente, sobre las rocas. Poco a poco, todo yo me fui convirtiendo en agua, desde los pies hasta la cabeza, no quedó ni un pedazo sólido de mí.

Afortunadamente, mi transformación sucedió a la orilla del río, sobre una piedra enorme y plana. Si hubiese sucedido encima de la tierra, tal vez me hubiera convertido en barro y, simplemente, habría acabado mi vida ensuciando las botas de algún caminante. Pero fue allí, en aquella orilla, sobre aquella piedra, ¿te acuerdas?. Poco a poco, mientras aún me acostumbraba a mi nuevo estado, fui deslizándome hasta el cauce del río. Bajaba crecido. Aún recuerdo el vértigo cuando fui arrastrado, cuando me disolví, una gota entre millones de gotas, dentro de aquella furia torrencial. No puedo explicar la sensación de ser uno y ser todos a la vez, de no tener ojos y, sin embargo, verlo todo. Ver pasar, incansables, los árboles y las piedras de la orilla; percibir, aún sin tocarlos, la suave caricia de los guijarros del fondo. Recuerdo el dolor, cuando aquella roca gigante en mitad del cauce nos dividió. Al igual que no puedo olvidar, más tarde, la alegría del reencuentro.

Nunca podré transmitir con fidelidad el sentimiento de fundirme con la mar en la desembocadura. La sensación de ser agua salada, de viajar hasta alta mar, de hacerme espuma coronando las crestas de las olas, de jugar con los peces, de tocar, de sentir a la vez todos los continentes y todas las islas.

Supongo que lo imaginas, me evaporé. Abandoné sin más mi forma líquida para pasar a ser ya, totalmente incorpóreo. El mundo no es igual visto desde arriba, desde aquellas inmensas praderas de nubes donde, por fin, descansé.

Esta mañana volví a cambiar y, sin previo aviso, me precipité de nuevo a tierra, recuperada mi anterior forma líquida. Tú me estabas buscando a la orilla del río, yo caí en un recodo un poco más arriba de donde te encontrabas. Tú, muerta de sed por buscarme y no encontrarme, te agachaste a beber, y me bebiste. Y recorrí por dentro tu cuerpo como nunca lo había recorrido antes.

Y cuando al caer la noche, desesperada ya por haberme perdido, rompiste a llorar, yo fui la primera lágrima que humedeció tus pupilas. Y antes de que me secases con el dorso de la mano, mientras resbalaba por tu mejilla, recuperé mi estado primero, y te besé.
Y ahora estoy aquí, sólido y corpóreo, como siempre, a tu lado.
Ya no hace falta que llores.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos