Volaré,
tengo que domar el fuego
para cabalgar seguro
en la bestia de futuro
que me lleve a donde quiero.

Silvio Rodríguez

Contrariamente a lo que se piensa Ícaro no murió al caer al mar. Si bien es cierto que el calor del sol derritió la cera de sus alas, y que Dédalo, su padre, observó impotente como su propio hijo se precipitaba desde el aire, buscándolo luego en vano para encontrar, únicamente, un amasijo de plumas flotando en el Egeo, no es menos cierto que Ícaro sobrevivió a la caída.

El impacto con el agua desprendió las alas de su cuerpo. El artefacto de cera y plumas se alejó meciéndose en el suave oleaje hasta que Dédalo lo encontró, dando así por muerto a su hijo. Ícaro casi inconsciente logró asirse a un tronco, errante y salvador, y, aferrado a él con la fuerza nacida de la desesperación, llegó días más tarde a las costas de Creta.

Durante meses sobrevivió como un animal, perdida toda conciencia de su condición de ser humano, sin recuerdos de cómo había llegado a aquella situación. Cazando alimañas como una alimaña más, comiendo hierbas y frutas, cobijándose en cuevas y alejándose de los humanos. La única luz que se abría paso entre las nubes de su cabeza era el recuerdo de la terrible caída desde el sol. No es de extrañar que Ícaro se creyese un pájaro herido y mutilado, y que como tal, asustado, recelase de los hombres.

Poco a poco, con el lento transcurso de los días, la niebla que enturbiaba su memoria se fue disipando, hasta que una mañana, tras una noche de horrores, vencido al fin por los recuerdos que luchaban por llegar a su cerebro, la lucidez se apoderó de él igual que la locura le había poseído aquellos meses.
“Soy Ícaro”, se dijo “Hijo de Dédalo, el Ateniense, que escapó a la isla de Creta por el asesinato de su sobrino. Constructor del laberinto del Minotauro donde, tanto él como yo, fuimos encerrados. Soy Ícaro y caí desde el cielo por no observar los consejos de mi padre de volar siempre a medía altura, para no hundirme en el mar y no abrasarme con el sol.
Soy Ícaro y soy un ser humano”.

Con nueva determinación Ícaro regresó a la ciudad. Allí obtuvo noticias de la muerte de su padre, en Sicilia, víctima de la pena y la culpa por haber perdido a su hijo.

Tras llorar por Dédalo, Ícaro, recordando los trabajos en que afanosamente ayudó a su padre, comenzó de nuevo a reunir plumas de pájaros y unirlas con cera y lino.

Días más tarde Ícaro volvió a surcar los cielos.
Manteniéndose, esta vez si, a media altura
para no hundirse en el Mar
ni ser abrasado por el Sol.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos