Siempre suelo querer lo que no tengo
El último de la Fila

 

 

Se había enfrentado a las más terribles tormentas que podáis imaginar. En su puente de mando, con la mano agarrando firmemente el timón, el viento azotándole la cara, empapado hasta los huesos, dando ordenes, prácticamente enloquecido, a su tripulación.
Los que tuvieron el dudoso privilegio de navegar bajo su mando dicen que el espectáculo de verle luchando contra el viento y el oleaje, era más estremecedor aún que las propias tormentas. Cuentan que sus ojos se iluminaban más que los propios rayos; que su voz, desafiando al cielo, se elevaba incluso por encima del bramido de los truenos; que olas salvajes de más de cinco metros de altura parecían empequeñecer ante él; que su risa incontrolable se mezclaba con el golpeteo intermitente del oleaje barriendo la cubierta. Todo esto cuentan.

Pero dicen también que al calmarse la mar siempre se apoderaba de él una tristeza infinita. La luz desaparecía de sus ojos, la risa le abandonaba y su voz se perdía, como si la última ola de la galerna se la hubiese llevado consigo.

Delegaba todas sus tareas en el segundo de a bordo y se limitaba a pasear, como un tigre enjaulado, de proa a popa, deteniéndose sólo para preguntar, esperanzado, al vigía si se divisaban nuevas nubes en el horizonte. Permanecía en ese estado hasta la próxima tormenta.

Sus hombres, no obstante, le eran fieles como perros porque sabían que cuando le necesitasen de nuevo, otra vez volvería la vida a sus ojos y atravesaría con ellos y por ellos la tempestad, hasta ponerles a salvo.

Pero en aquel viaje no hubo tormentas. Una mar en calma parecía acunar, perezosamente, al barco durante su travesía y en el cielo no se atisbaba el menor indicio de la más pequeña nube.

Tras cuatro meses de permanente calma el capitán parecía más muerto que vivo. El buen humor que, sin embargo, destilaban sus hombres, felices como estaban por una travesía sin sobresaltos, se vio atacado por un miedo taciturno cuando el capitán una mañana, al salir de su camarote, ordeno virar todo a babor, rompiendo su hosco silencio.

Todos sabían que la maniobra les desviaba fatalmente de su rumbo y les dirigía, indefectiblemente, hacía el Cabo de Buena Esperanza, por entonces conocido como cabo de Las Tormentas.

Tres días después de alterar su rumbo se acercaban, a través de un mar, como la tripulación, cada vez más inquieto, al Cabo de Buena Esperanza. Allí les esperaba, amenazante, la mayor tormenta que hubiesen visto sus ojos.

El capitán ordenó poner rumbo al corazón de la tormenta. Fue entonces cuando, después de años y años de fidelidad absoluta sirviendo bajo su mando, la tripulación desobedeció. Uno tras otro, sin decir nada, los hombres fueron abandonando sus puestos y arriando los botes. Poco después, todos los marineros remaban en silencio hacía la cercana costa africana.

El capitán no gritó ni trato de hacerse obedecer. Se dirigió al timón y puso rumbo al alma de la tormenta. Por última vez sus ojos se iluminaron como el rayo, su risa se mezclo con el creciente oleaje y su voz desafió al cielo para elevarse por encima de los truenos.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos