Todos somos monigotes. Esbozos sin terminar 

Hay una ventana pequeña.

Es la única de una casa que es como todas las casas: Tres palitos para hacer la fachada, dos más para completar el tejado, coronado, a su vez, por una chimenea rectangular que arroja al cielo volutas de humo gris.
La casa no tiene puerta.

La ventana, como digo, es muy pequeña. Está situada, además, casi a ras del suelo. Un niño podría mirar por ella. Un adulto tendría que agacharse demasiado, tanto que le dolerían los riñones.
No es una ventana para adultos.

Encima de la ventana hay un cartel que reza: “asomate”.

Dentro está oscuro. ¡Claro!. ¡No hay más ventanas que la que ahora estás tapando con tu cabeza!.

Poco a poco, tus ojos se van acostumbrando a la oscuridad, (ya se sabe que en esta vida a todo se acostumbra uno) empiezas a distinguir formas dentro de la minúscula estancia. En medio de la habitación hay un garabato sentado. Su cabeza es un círculo, una linea forma el tronco y cuatro rayas más hacen de brazos y piernas. En medio de su cabeza dos puntitos parecen ser sus ojos y el trazo que forma su boca está recto. Ni curvado hacía abajo como una comba, ni curvado hacía arriba como una montaña. Así es dificil saber si nuestro monigote está triste o alegre.

Al lado del habitante de la casa, dos medias verdades discuten acaloradamente mientras una mentira mira a una y a otra sin atreverse a tomar partido todavía. En una esquina, acurrucada, una verdad está temblando de miedo. Teme que se la coman entre las otras tres. No se distingue ningún dogma. Al morador no le gustan los dogmas.

Arriba, colgando del techo, una lágrima se queja amargamente de su suerte a una sonrisa que , sin embargo, se mantiene. En el otro extremo, el odio y el amor se abrazan y se golpean mutuamente.

Trepando por la pared, como en una loca carrera, están la rabia y la esperanza, a la derecha de estas un sueño intenta alcanzarlas. La frustración y el tedio hacen apuestas sobre el resultado. A este último no parece importarle mucho ganar o perder.

Oyes pasos detras de tí. Parece que más gente decide asomarse a la pequeña ventana. Deberías dejarles sitio pero ¡vuelve mañana!.
¡Mira!. El monigote te dice adios con su brazo sin mano.
¡Hasta pronto!.

Lo escribió Gabi y lo guardó en La Increíble Historia de Monigote