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… y la realidad, trozos de cristal
que al final hay que pasar descalzo
Fito y Fitipaldis

 

 

Ayer he muerto pero aún no se lo he dicho a nadie.
Anoche, después de morir, llamé a mis amigos de siempre pero no les dije nada de lo que acababa de pasar. Por el tono de su voz supe que no lo habían notado. Conversación intrascendente sobre nuestros trabajos, nuestros coches, nuestras familias y un “¡a ver cuando nos vemos!”. Ninguno de ellos notó nada extraño.

He seguido haciendo las mismas cosas de siempre y nadie parece haber advertido nada.
Es mejor así. Esta mañana he saludado con el mismo “buenos días”, cordial pero con reservas, al kioskero donde compro el mismo periódico todos los días. Él me ha devuelto el saludo con normalidad, ha hecho su eterno comentario sobre el tiempo y me ha dado el cambio y las gracias. Como siempre. Él no sabe que estoy muerto.

Luego, en la cafetería donde, invariablemente, desayuno cada mañana, mientras aguardaba a que estuviese listo mi perpetuo “café con leche, zumo de naranja y tostada” me pareció que una señora mayor, con la que coincidía todos los desayunos cuando estaba vivo, me miraba de una forma extraña. Pensé que me había descubierto. Sin embargo, dos segundos después, volvió a enterrar la mirada en el agitado oleaje del descafeinado que tenía ante ella como si nunca me hubiera visto. No. Ella tampoco se había dado cuenta.

Tampoco el camarero, de camisa blanca y pajarita, ha advertido nada en mí al servirme ni, más tarde, al abonarle la consumición.

En el metro, camino al trabajo, ni aún en la proximidad asfixiante del vagón, nadie ha sido capaz ni siquiera de intuir que viajaban con un muerto. Sólo una chica joven, de unos veinticinco años, situada a unos tres metros de mí, levantó sus ojos para mirarme, esbozó un amago de sonrisa cómplice y luego bajó la mirada. Comprendí que ella también estaba muerta. Intente acercarme entre el montón de personas vivas que nos aplastaban, cortando el desagradable olor del vagón repleto, apartando cuerpos aquí y allá con un “perdone” o un “disculpe”. La gente me miraba, despectiva y desaprobadora, mientras se hacían ligeramente a un lado para dejarme pasar. Gestos de fastidio, miradas que decían: “¿dónde vas imbécil?” y algún que otro empujón mal disimulado perfectamente evitable.

Al final logré llegar hasta ella. Cuando me disponía a hablar, ella llevó un dedo hasta sus labios al tiempo que susurraba “Calla. Los muertos no hablan”. Volvió a mirarme con los ojos fijos y en ellos pude ver madrugadas eternas sin dormir; montones de preguntas esperando su respuesta; respuestas que no necesitaba; soledades y olvidos; nostalgias y desamores; la tristeza de haber muerto y la alegría de, por fin, ya no estar viva. Comprendí que sus ojos eran un espejo y ella debió descubrir lo mismo en los míos.

No bajé en mi parada de siempre. Ella, por lo que me contó más tarde, tampoco lo hizo. Permanecimos así, en silencio, mirándonos, hasta que el metro llego hasta la última estación y la marea de vivos luchando por bajar, nos arrastró hasta el andén.

Subimos juntos las escaleras hasta llegar a la calle y desde entonces no nos hemos separado. Me dijo su nombre “Esperanza” y yo le dije el mío “Salvador”.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[3] Hablaron 


Siempre suelo querer lo que no tengo
El último de la Fila

 

 

Se había enfrentado a las más terribles tormentas que podáis imaginar. En su puente de mando, con la mano agarrando firmemente el timón, el viento azotándole la cara, empapado hasta los huesos, dando ordenes, prácticamente enloquecido, a su tripulación.
Los que tuvieron el dudoso privilegio de navegar bajo su mando dicen que el espectáculo de verle luchando contra el viento y el oleaje, era más estremecedor aún que las propias tormentas. Cuentan que sus ojos se iluminaban más que los propios rayos; que su voz, desafiando al cielo, se elevaba incluso por encima del bramido de los truenos; que olas salvajes de más de cinco metros de altura parecían empequeñecer ante él; que su risa incontrolable se mezclaba con el golpeteo intermitente del oleaje barriendo la cubierta. Todo esto cuentan.

Pero dicen también que al calmarse la mar siempre se apoderaba de él una tristeza infinita. La luz desaparecía de sus ojos, la risa le abandonaba y su voz se perdía, como si la última ola de la galerna se la hubiese llevado consigo.

Delegaba todas sus tareas en el segundo de a bordo y se limitaba a pasear, como un tigre enjaulado, de proa a popa, deteniéndose sólo para preguntar, esperanzado, al vigía si se divisaban nuevas nubes en el horizonte. Permanecía en ese estado hasta la próxima tormenta.

Sus hombres, no obstante, le eran fieles como perros porque sabían que cuando le necesitasen de nuevo, otra vez volvería la vida a sus ojos y atravesaría con ellos y por ellos la tempestad, hasta ponerles a salvo.

Pero en aquel viaje no hubo tormentas. Una mar en calma parecía acunar, perezosamente, al barco durante su travesía y en el cielo no se atisbaba el menor indicio de la más pequeña nube.

Tras cuatro meses de permanente calma el capitán parecía más muerto que vivo. El buen humor que, sin embargo, destilaban sus hombres, felices como estaban por una travesía sin sobresaltos, se vio atacado por un miedo taciturno cuando el capitán una mañana, al salir de su camarote, ordeno virar todo a babor, rompiendo su hosco silencio.

Todos sabían que la maniobra les desviaba fatalmente de su rumbo y les dirigía, indefectiblemente, hacía el Cabo de Buena Esperanza, por entonces conocido como cabo de Las Tormentas.

Tres días después de alterar su rumbo se acercaban, a través de un mar, como la tripulación, cada vez más inquieto, al Cabo de Buena Esperanza. Allí les esperaba, amenazante, la mayor tormenta que hubiesen visto sus ojos.

El capitán ordenó poner rumbo al corazón de la tormenta. Fue entonces cuando, después de años y años de fidelidad absoluta sirviendo bajo su mando, la tripulación desobedeció. Uno tras otro, sin decir nada, los hombres fueron abandonando sus puestos y arriando los botes. Poco después, todos los marineros remaban en silencio hacía la cercana costa africana.

El capitán no gritó ni trato de hacerse obedecer. Se dirigió al timón y puso rumbo al alma de la tormenta. Por última vez sus ojos se iluminaron como el rayo, su risa se mezclo con el creciente oleaje y su voz desafió al cielo para elevarse por encima de los truenos.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
1 Me acompañó 


El animal que yo llevo dentro
no me ha dejado nunca ser feliz
Franco Battiato
 

 

Cuando la bestia ruge el corazón del hombre de afuera se encoge.

Es el rugido de un animal acorralado.
Es el quejido de quien sabe que ya nunca será libre.
Es el último recurso del cazador cazado.

Hubo un tiempo en que la bestia intentó ser libre, pero el hombre de afuera, puesto a salvo por inquebrantables barrotes, disparó dardos tranquilizantes a la bestia. Esta se tumbo entonces en la esquina más oscura de su jaula y, metiendo la cabeza entre las patas, lloró.

Pero, de vez en cuando, la bestia aún ruge.
Empieza a pasear de un lado a otro de su cárcel, al principio muy despacio, luego cada vez más deprisa. Y nota que le falta aire y el pecho le comprime y, entonces, estalla en un rugido fiero, salvaje y desmedido.
Cuando esto sucede el hombre de afuera recarga su escopeta de dardos somníferos y dispara. Entonces la bestia se desploma nuevamente en su rincón y, por un tiempo, calla.

Entonces el hombre de afuera se siente a salvo y, confiado, llega a olvidarse de la bestia. No recuerda que hubo noches enteras sin poder dormir, nervioso y excitado, por los sonidos de la bestia. En aquel tiempo incluso el hombre pensó en matarla de una vez por todas. Sin embargo, al hacerlo se sintio morir, le dío miedo y prefirío acallarla, dormirla y olvidarla. Al fin y al cabo la bestia siempre acaba callando.

Sabe que hay hombres capaces de amaestrar a su bestia. Hombres que incluso la sacan de paseo y llegan a soltarla por el parque. Sabe también que él no es uno de esos hombres. La Bestia entonces ya no sería la Bestia y el hombre entonces ya no sería el hombre.

Así el hombre sigue viviendo en extraña simbiosis con la Bestia.
Porque él necesita alimentarla de vez en cuando y ella le necesita para que la alimente.
Porque él necesita tenerla encerrada y ella necesita que la encierren.
Porque el mundo de fuera no está hecho para una Bestia y tras de los barrotes no hay sitio para un hombre.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[2] Hablaron 


Todos somos monigotes. Esbozos sin terminar 

Hay una ventana pequeña.

Es la única de una casa que es como todas las casas: Tres palitos para hacer la fachada, dos más para completar el tejado, coronado, a su vez, por una chimenea rectangular que arroja al cielo volutas de humo gris.
La casa no tiene puerta.

La ventana, como digo, es muy pequeña. Está situada, además, casi a ras del suelo. Un niño podría mirar por ella. Un adulto tendría que agacharse demasiado, tanto que le dolerían los riñones.
No es una ventana para adultos.

Encima de la ventana hay un cartel que reza: “asomate”.

Dentro está oscuro. ¡Claro!. ¡No hay más ventanas que la que ahora estás tapando con tu cabeza!.

Poco a poco, tus ojos se van acostumbrando a la oscuridad, (ya se sabe que en esta vida a todo se acostumbra uno) empiezas a distinguir formas dentro de la minúscula estancia. En medio de la habitación hay un garabato sentado. Su cabeza es un círculo, una linea forma el tronco y cuatro rayas más hacen de brazos y piernas. En medio de su cabeza dos puntitos parecen ser sus ojos y el trazo que forma su boca está recto. Ni curvado hacía abajo como una comba, ni curvado hacía arriba como una montaña. Así es dificil saber si nuestro monigote está triste o alegre.

Al lado del habitante de la casa, dos medias verdades discuten acaloradamente mientras una mentira mira a una y a otra sin atreverse a tomar partido todavía. En una esquina, acurrucada, una verdad está temblando de miedo. Teme que se la coman entre las otras tres. No se distingue ningún dogma. Al morador no le gustan los dogmas.

Arriba, colgando del techo, una lágrima se queja amargamente de su suerte a una sonrisa que , sin embargo, se mantiene. En el otro extremo, el odio y el amor se abrazan y se golpean mutuamente.

Trepando por la pared, como en una loca carrera, están la rabia y la esperanza, a la derecha de estas un sueño intenta alcanzarlas. La frustración y el tedio hacen apuestas sobre el resultado. A este último no parece importarle mucho ganar o perder.

Oyes pasos detras de tí. Parece que más gente decide asomarse a la pequeña ventana. Deberías dejarles sitio pero ¡vuelve mañana!.
¡Mira!. El monigote te dice adios con su brazo sin mano.
¡Hasta pronto!.

Lo escribió Gabi y lo guardó en La Increíble Historia de Monigote
1 Me acompañó 


Pulsa en el “Play” para escuchar la canción o en este enlace para descargarla

Ocurre que el milenio se diluye
como si fuera una nube
se difumina y se va.

Ocurre que debajo de las piedras
nos nacen nuevos profetas
escupiendo su verdad.

Ocurre que hay mas de cien mil caminos
donde erramos, pereginos,
sin un sitio al que llegar.

Ocurre que hay que cruzar el pantano
sin más guias que las manos
palpando la oscuridad.

Ocurre que no ocurre nada nuevo,
que nos muerde el mismo perro
que ha cambiado de collar.

Ocurre que vivir es utopía,
que sangramos por heridas
que no acaban de cerrar.

Ocurre que el milenio permanece,
enquistado y en sus trece,
y no nos deja avanzar.

Ocurre que no escalera al cielo
ni carretera al infierno,
que nadie juzga al final.

Ocurre que esta noche es agonía,
como estertor es el día
que golpea al clarear.

Ocurre que el silencio es melodía
entre tanto ruido absurdo
que no nos deja escuchar.

Ocurre que no ocurre nada nuevo,
que nos muerde el mismo perro
que ha cambiado de collar.

Ocurre que vivir es utopía,
que sangramos por heridas
que no acaban de cerrar.

Ocurre que inventamos nuestros sueños
para agarrarnos a ellos,
para poder caminar.

Ocurre que el disfraz de seguir vivo
se me ha pegado a los huesos
y no lo puedo arrancar.

Ocurre que sólo es cierto el invierno,
ocurre que es el refugio tu cuerpo
donde lo quiero pasar.

Gabriel Martín.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Mis Canciones
[9] Hablaron 

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