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A Malaquías Montero le cambió la vida el pasado día 6 de Febrero de 2005, concretamente a las 11:00 A.M. Había amanecido como un día cualquiera, uno más en una monótona sucesión de eternas jornadas no laborables. Todas sus jornadas eran no laborables desde que se acabase, hacía ya dos años, su último contrato basura. Su más reciente relación con el mundo del trabajo, finiquitó de forma drástica cuando la editorial que le había subcontratado, obligándole a darse de alta como trabajador autónomo, prescindió de sus servicios argumentando que no aportaba un verdadero valor añadido como promotor “door to the door”. Y eso que Malaquías había dedicado todo su ingenio, buen hacer y entusiasmo a la venta y promoción “at home” de una fabulosa enciclopedia en fascículos de reproducciones en miniatura de soperas de porcelana, denominada “Las soperas de tu vida” y subtitulada “Aquellas maravillosas soperas”. Sin embargo, todo su ingenio, buen hacer y entusiasmo, no fueron suficientes para superar la cifra de ventas de su predecesor en el puesto, ya que a Malaquías ni siquiera su propia madre tuvo a bien adquirirle la extraordinaria colección. Después del procedente despido de Malaquías, la editorial optó por una agresiva campaña de marketing en televisión que acabó dando sus frutos con la venta de dos colecciones de soperas. Malaquías se derrumbó al comprobar que su propia madre había preferido adquirir el producto en la teletienda. ¡Pero mamá!- dijo él- ¡Hijo, es que tu tienes más poca gracia…! -contestó ella.

Toda esta serie de acontecimientos llevaron a Malaquías a la cola del INEM (Instituto Nacional de Empleo) el 6 de Febrero de 2005, a las 11:00 A.M.

- Psss. Eh, oiga! Usted!
- ¿Es a mí?  -Malaquías se dirigió al hombre que parecía estar llamándole, parapetado tras unas gafas oscuras, y medio oculto por una de las grandes plantas de plástico del vestíbulo del I.N.E.M.
La misma pregunta que hizo Malaquías la hicieron las otras quince personas que esperaban en la fila de la ventanilla siete. Unos a otros se miraban y se señalaban, avisándose de que les reclamaba el hombre tras la planta. Cuando el desconcierto estaba a punto de cundir en la cola de desempleados, el hombre misterioso abandonó su escondite tras la enorme “kentia” de plástico, agarró a Malaquías por el brazo y se lo llevó aparte.
- Eh oiga! -protestó indignado Malaquías.
- Cállese -El hombre de la gabardina, las gafas oscuras y el bigote recortado no parecía acostumbrado a ser desobedecido- Trabajo para el Gobierno, para un departamento cuyo nombre es mejor que no conozca, incluso yo lo he oído sólo una vez y he procurado olvidarlo. ¿Cómo se llama?
- Malaquías Montero, señor, para servirle a usted.
- A mí no, Malaquías. ¡Al país!¡Usted va a servir al país!
- ¿Quién?, ¿Yo?
- Usted Malaquías, usted. Si acepta no tendrá ya vida propia, deberá olvidarse de todo lo vivido hasta ahora y no podrá hablar nunca de su trabajo con nadie, repito, ¡con nadie!
- Bueno, en realidad, yo nunca he hablado con nadie de mi trabajo. No creo que note la diferencia.
Así empezó todo. Malaquías pasó tres meses recluido en un centro gubernamental altamente secreto, donde fue formado junto con otros doscientos hombres y mujeres, de toda clase y condición. Fue un entrenamiento duro y agotador, no todos llegaron al final. Malaquías lo consiguió. Sus tiempos de técnico especialista en promoción comercial de soperas en miniatura habían terminado por forjarle un carácter de hierro.
Tras tres meses de infierno, todos los aspirantes que fueron capaces de aguantar el ritmo pasaron a formar parte de la vigésimo tercera promoción de la Agencia Central para la Expansión e Infiltración Taimada en el Estado de Coletillas Refranes y Frases Hechas, más conocida entre las pocas personas que la conocían como ACEITE. El discurso del Director de la Agencia el día de la graduación fue especialmente emotivo:
“Denle al populacho todo pensado y ya no pensará. Pongan en su cabeza lo que tiene que decir, y no buscará otras palabras. Denle cuatro frases para usar en cada situación y la comodidad del ser humano hará el resto. Son ustedes hombres y mujeres del ACEITE, portadores y conservadores de una sacrosanta misión. Cumplan con su trabajo”.
Desde entonces, Malaquías realiza su labor con especial maestría. En la parada del autobús, en la cola de la pescadería, en la peluquería, rápidamente, en cuanto cualquier conversación deviene complicada o comprometida, o puede hacer a la gente llegar a conclusiones peligrosas, Malaquías interviene con un “no sé donde iremos a parar” o un “A perro flaco todo son pulgas”, o tal vez un “Si yo le contara…”, o quizás “no le pidamos peras al olmo”, o cualquier otra expresión vacía capaz de zanjar un diálogo en un momento. Así Malaquías encontró su verdadera vocación.
Desconfiad pues de la persona que se os acerque con coletillas como “como anda el patio” o refranes del tipo “No por mucho madrugar”. Puede ser Malaquías o cualquiera de sus compañeros. Son legión.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[29] Hablaron 


Este relato, basado en hechos reales, está dedicado a la A.P.M.A. (Asociación Protectora de Monigotes Anónimos) y a todos los que, espontaneamente, se sumaron a su iniciativa de liberación de Monigote.
Tanto él como yo os lo agradecemos de todo corazón

Los primeros meses de su cautiverio, Monigote se rebeló contra su suerte. Acometía regularmente como un salvaje contra los barrotes, pero eran sólidos y sólo conseguía acabar con las rayas magulladas. Con el paso del tiempo, consiguió por si mismo eliminar de su cara la sonrisa hipócrita que su captora le dejara dibujada. Eso al menos supuso un alivio. Abrir la boca para gritar también ayudaba, pero la impotencia al ver que era incapaz de emitir sonido alguno acababa por empeorar las cosas.

Al final acabó por asumir la situación, y se sentó en el centro de su jaula, a esperar, a añorar a sus pájaros y a su perro, y a soñar con el regreso al lugar del que, ahora estaba seguro, nunca debió salir.

- Bueno, ya está. Siento haber tardado, pero hoy tocaba merendar fruta y me cuesta un poco, y tardo más que cuando es “Nocilla”.

La voz de la niña interrumpió su melancolía. Se puso de pie de un salto, y se colocó de espaldas a los barrotes, en actitud defensiva. Crispó su boca, intentando adquirir un aspecto amenazador.

- ¿Qué te pasa? ¿Estás enfadado? Siento haberte encerrado, pero tenía que ir a merendar. Mamá se enfada mucho si no voy en cuanto me llama, pero no he tardado casi nada. A ver, ¿Quién eres tú?

Monigote calló. No podía hablar. Intentaba con todas sus fuerzas comunicarse con aquel ser todopoderoso que podía, sin ningún esfuerzo, hacerle y deshacerle a su antojo y capricho; capaz también de robarle la libertad con apenas cuatro movimientos de mano; y aunque intentaba hablar, no conseguía más que boquear como un pez fuera del agua.

- ¿No puedes hablar? ¡Pobrecito! Espera, tengo una idea.

Una vez más, Monigote vio acercarse aquel objeto, puntiagudo y mágico, al que debía su encarcelamiento. Esta vez sintió como un pequeño picotazo en la cabeza. Cuando miró lo que había producido el pinchazo, vio dos líneas juntándose en un extremo en su pequeño cerebro. Las líneas nacían de su cabeza, pero se alejaban de ella, y se separaban entre sí, aumentando la distancia, hasta volverse a curvar y acercarse nuevamente formando un globo. Un globo, blanco y gordo, que salía directamente de la coronilla de Monigote.

Es probable que desde el principio de esta historia, cuando a Monigote se le rompió su mundo, no hayas creído nada de lo que aquí se cuenta. Es probable, también, que pienses que todo esto no es más que una fantasía procedente de mi cerebro. Es probable que pienses eso. Si es así, es del todo imposible que llegues a creer lo que sucedió a continuación. Como por arte de magia, los pensamientos de Monigote comenzaron a tomar forma, y a ordenarse, y a aparecer, uno tras otro, en el globo que salía de su cabeza. Monigote no conocía aquellos extraños signos que surgían de su mente, pero aquella extraña niña gigante parecía ser capaz de descifrarlos.

- ¡Estoy hablando! -fue lo primero que dijo al tiempo que convertía su boca en un gran círculo de asombro.

-¡Claro! ¿Para qué crees que sirven los “bocadillos” en los tebeos?

Monigote no entendía nada. Pero sabía que ahora era capaz de hacerse entender, y no pensaba desaprovechar aquella oportunidad.

- Quiero ser libre  -Escribió en su globo de pensamientos. - ¡Por favor!-  Y acompañó su petición con toda la angustia de aquellos largos meses encerrado. Sus ojos y boca, ayudaron a la súplica forzando al máximo la poca expresividad que permiten tres líneas.

La niña no dijo nada, pero comprendió. Comprendió porque supo ver el dolor de Monigote y de alguna forma entendió que aquel pequeño ser llevaba encerrado mucho más tiempo de lo que dura una sencilla merienda.

- Perdón -dijo con los grandes ojos pardos ligeramente enrojecidos.

Y comenzó a borrar, con tiento, con mucho cuidado. Uno tras otro los barrotes fueron desapareciendo, dejando en su lugar pequeñas virutas de goma de borrar que Monigote esquivaba.

- Ya está -dijo al terminar- ¿Te encuentras mejor?

En el “bocadillo” de Monigote, letra a letra, apareció la palabra gracias y de sus ojos de garabato brotaron pequeñas lágrimas, que arrastraban el dolor de todos sus días y noches de encierro.

Y con cada lágrima del pequeño dibujo, la niña aprendió que a veces sin querer hacemos daño y que, incluso la vida más pequeña y más frágil tiene dentro un corazón, aunque sea diminuto, capaz de sufrir y de llorar, y que con ese corazón hay que tener cuidado, e intentar no producir nunca más dolor que el que produce una brizna de polvo al caer sobre nuestra piel.

La niña y Monigote aprendieron juntos muchas más cosas pero esto ya, es posible, sólo posible, que sea otra historia.

Lo escribió Gabi y lo guardó en La Increíble Historia de Monigote
[16] Hablaron 


 Para Insanity que me pidió noticias de un amigo común

Años después de su última aventura Monigote se cansó de su nueva vida. Así, sin más.
Cuando su mundo se rompió, él no sabía nada del exterior. Ni siquiera podía imaginar que existiese nada, más allá de los cuatro márgenes de su hoja de papel. No conservaba buen recuerdo de su breve estancia en aquel universo extraño y tridimensional, y nunca sintió mayor alegría que cuando encontró un nuevo hogar, más colorido y luminoso aún que el anterior. Y, sin embargo…

Sin embargo los días se le habían convertido en una sucesión interminable de tediosos minutos, la compañía de su sol sonriente y de su perro amarillo no le confortaba como antes, y en sus ojos de puntos se fue instalando la tristeza como una inquilina de pensión completa, incomoda e ineludible. Intentó volver a entusiasmarse con sus aficiones de siempre: cuidaba el jardín, daba de comer a los pájaros, jugaba con su perro. Pero ya, todo era nada, y ninguna de estas cosas conseguía hacerle esbozar, en su fina boca, ni siquiera un amago de sonrisa. Monigote se sentía hueco, completamente hueco, tan hueco como puede sentirse un monigote de 4 rayas y un círculo, pero hueco, al fin y al cabo. Él, pobre dibujo, no podía explicarse que es lo que había cambiado para no conseguir disfrutar como antes. Su nuevo mundo era, sin duda, mucho mejor que el anterior pero ahora, conocía un concepto que nunca antes había formado parte de su diminuto catalogo de sentimientos. Monigote se sentía profundamente sólo, aunque él era incapaz de ponerle nombre a ese sentimiento. Había algo en su escueto interior que le decía que no podía permanecer allí por más tiempo, y notaba también, que desde el exterior una fuerza le atraía, de nuevo, hacía lo incierto. Decidió intentar poner respuestas a todas las preguntas que le interrogaban.
Dejó cerrada la casa y la llave escondida en un lugar secreto. Se despidió de su perro que le miraba con las orejas gachas intuyendo el adiós y se alejó por el camino que se perfilaba al fondo del dibujo, flanqueado por infantiles árboles verdes y una valla de madera vieja, hacía el margen izquierdo, donde terminaba un mundo y empezaba otro.
Se fue sin equipaje, ¿qué equipaje puede precisar un monigote?
Cuando llegó al borde del papel, cerró los ojos y dio un fuerte salto. Mientras le daba, en algún rincón de su cerebro de bola, se iluminó la idea de que tal vez no podría conseguirlo, de que quizás era mejor retroceder, y acomodarse en su rutinario mundo de celulosa, y vivir como siempre había vivido. Pero ya era tarde. Aterrizó dando vueltas en el mantel de cuadros azules que ya conocía. El dibujo en que había estado habitando los últimos años, no se había movido de encima de la mesa. Sé que es extraño, pero ¿quién ha dicho que nuestro tiempo y el tiempo de los monigotes se midan igual?
Rodó por el mantel, aturdido y conmocionado, hasta chocar con un objeto blando de color blanco, cuadrado y, para nuestro protagonista, literalmente enorme. Se apoyó con las dos manos sobre el extraño objeto intentando levantarse. Lo consiguió, pero sólo para ver como las líneas que él llamaba manos estaban desapareciendo, desdibujándose, pasando del tono negro bien definido que siempre le había caracterizado a un gris claro, casi invisible. Monigote tuvo miedo ¡cómo culparle! Miedo a haber tomado la decisión más importante de su vida sólo para conseguir desvanecerse poco a poco. Observó sin embargo que el resto de sus trazos permanecían tan claros y firmes como siempre y suspiro aliviado. Había sido, sin duda, aquel extraño objeto el que había provocado aquello en sus manos. Furioso, concentro toda su rabia, toda la soledad acumulada en los últimos tiempos, toda su frustración, toda su amargura; todo ello, lo concentro en una patada que descargó, con una fuerza que desconocía poseer, sobre el objeto que le había dejado sin manos, sólo para ver como le desaparecía medio pie.

- Tú no eres de este dibujo. ¿Qué haces aquí?

La sorpresa que sintió al ver como le iban desapareciendo partes de su cuerpo, no fue nada comparada con la que le produjo escuchar aquella voz infantil, dirigiéndose a él.
Intentó hablar, contestar, pero no pudo. ¿Desde cuando un monigote tiene cuerdas vocales? Así que sólo pudo quedarse quieto, mirando hacia arriba, con la boca en zigzag y los ojos temblones.
. ¿Tienes miedo? Estás temblando. ¡Y estás incompleto!

Una mano infantil le levantó, cogiéndole por la cabeza, con los dedos pulgar e índice. Luego sintió como le arrojaban sobre un papel en blanco. Intentó levantarse, pero no pudo. Sintió cosquillas en el pie y en las manos, y cuando pudo mirar lo que las producía lo que observó le dejó asombrado. Estaba completo de nuevo. De pronto notó como, por arte de magia, aparecían unas gruesas rayas alrededor y encima de él. Se agarró con las manos a dos de ella y empujo, pero no consiguió nada. Aquellas rayas estaban solidamente dibujadas.

- ¡Mira que jaula más bonita! ¡Es para que no te escapes mientras meriendo! Ahora vuelvo. ¡Hasta luego!

Monigote había cambiado en un instante la seguridad de su hermoso dibujo por una jaula monocromática dibujada improvisadamente. En un instante también se había borrado y, luego, le habían rehecho. Suspiró profundamente, y se sintió más frágil, pequeño e indefenso que nunca; y se preguntó que hacía él allí y cual era el sentido de todo aquello. Y no encontró respuesta alguna. Pero sentado allí, en su improvisada cárcel de líneas, como un pájaro enjaulado, más triste de lo que nunca podréis creer que pudiera llegar a estar un ingenuo dibujo infantil, decidió dedicar todos sus esfuerzos a seguir buscando respuestas.

- ¡Eh! ¡Espera, no puedo dejarte así de triste!

Monigote vio venir directo hacía él al extraño objeto que había borrado sus manos solo con tocarle. Ahora apuntaba a su boca, notó como le raspaban la cara, y después otro objeto, este duro y puntiagudo, volvía a apretar con fuerza contra su rostro.

- ¡Eso ya está mejor!

La voz se alejó, dejando a monigote encarcelado, inmensamente triste pero con una forzada sonrisa de felicidad que no conseguía ocultar su sufrimiento.

Como podéis suponer, monigote no pasó el resto de su vida en aquella jaula de negros barrotes. Pero esto es ya, como siempre, otra historia.

Lo escribió Gabi y lo guardó en La Increíble Historia de Monigote
[31] Hablaron 


Esta historia no empieza aquí, sino hace tiempo en una estación de metro
…..Empezamos por curarnos las heridas el uno al otro. Las suyas eran recientes y aún sangraban. Sobre todo cuando algún recuerdo inoportuno se colaba de polizón en el barco de su memoria. Entonces ella era un naufragio y yo me dedicaba a rescatar sus restos, y a devolverla al mar. En aquella época ella era como un puzzle que yo construía pacientemente, pieza a pieza, sólo para ver como se deshacía ante mis ojos, por un detalle, un brillo o, quizás, una canción. Ella no me quería entonces. Lo sé perfectamente, pero necesitaba un bastón. Y yo nunca dejé que tropezara.

Mis heridas eran viejas, pero aún dolían con el frío extremo o con los cambios de tiempo. Mis heridas eran cicatrices ya hacía tiempo, pero a veces aún palpitaban. Entonces ella me abrazaba y apretaba fuerte, muy fuerte, hasta que mi dolor era también su dolor. Lo hacía suyo y así era menos mío y más de nadie. Me extirpaba el dolor sin más instrumental que sus caricias, y algún beso. Yo no recuerdo si la quería entonces, pero sí sé que necesitaba encontrar un camino. Y ella nunca dejó que me perdiera.

Poco a poco, los dos volvimos a sentirnos vivos. Nunca completos, nunca del todo. Los perros apaleados nunca vuelven a recuperar del todo la confianza. Pero, poco a poco, el juego cambió de reglas, y, sin darnos cuenta, dejamos de lamernos las llagas mutuamente, para empezar a inventar motivos para la sonrisa, y pronto nosotros fuimos suficiente motivo. Las miradas también cambiaron. Sus ojos pasaron de decir “Te necesito” a insinuar “Te quiero”, gradualmente, como cambia el invierno a primavera, en pequeños detalles, en ligeros deshielos. Llegó un día en que sus ojos no dejaban ya rastro de dudas. Para entonces, los míos eran un ejército rindiendo sus armas, y ella, vencedora, las recibía. Ella no me pidió promesas y yo no quise juramentos. A estas alturas los dos sabíamos ya que una palabra es un papel mojado.

A veces ahora, cuando salgo a la calle y me enfrento a la prisa, o me asalta el absurdo cotidiano, o cuando miró a los rostros de los otros y me responde el vacío, cuando paseo irresponsable por el borde del abismo, o cuando mi razón es más razón que nunca y no me da razón que me convenza de que estar aquí vale la pena; entonces vuelvo a casa y siempre está ella, y me extirpa el dolor con un abrazo, y a veces yo, por la noche, la regalo algún poema.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[33] Hablaron 


Abrió los ojos lentamente. Los párpados se alzaron, pesados como yunques. La visión tardó en acomodarse nuevamente en sus pupilas. Cuando volvió, él deseó que no lo hubiese hecho. Cincuenta pisos más abajo apenas se podía distinguir el duro suelo, y sobre éste coches y gentes en un loco deambular nocturno. Cincuenta pisos más abajo la muerte se perfilaba en el asfalto. En un río de asfalto habitado por luciérnagas homicidas, recorriendo el cauce negro, sin cesar, arriba y abajo.
Gritó por la sorpresa. Gritó porque regresaba de un plácido sueño y despertaba en una pesadilla. Gritó y su grito no sirvió para nada, salvo para espantar a las palomas que hasta ese instante dormitaban en la cornisa cercana. Luego sintió el frío y la lluvia. Estaba calado hasta los huesos. ¿Cuánto tiempo llevaba allí colgado? Porque esa era la palabra exacta, estaba colgado, suspendido en el vacío, únicamente sujeto por una fina cuerda amarrada a… Volvió a gritar. Esta vez mucho más fuerte aún que la primera. La primera vez el grito fue hijo de la sorpresa y el vértigo, esta segunda vez lo que desgarró su garganta fue el puro terror a lo sobrenatural. Ese miedo que llevamos todos dentro y que a veces estalla como una oscura pompa de jabón. El miedo que fue compañero de nuestras noches en blanco, preguntándonos que es lo que había debajo de la cama. ¿Lo recordáis? El miedo del que nos reímos y al que despreciamos cuando crecemos. El miedo que nos la tiene guardada y que siempre espera, agazapado, para volver a darnos un susto, y reírse de nosotros. El miedo se parte de risa cuando, ya adultos, hombrecitos hechos y derechos, nos da un susto de muerte y nos volvemos a orinar encima. Como Alberto aquella noche.
La cuerda que era su único punto de unión con la vida, pasaba por encima del lomo de una bestia fantástica que asomaba su cuerpo al vacío, y abría unas fauces feroces capaces de desgarrar fácilmente la cabeza de Alberto. Los ojos huecos de la bestia miraban sin ver y el atronador grito del humano que era su presa, no hizo ninguna mella en sus orejas puntiagudas. De piedra.
- Una gárgola.

El grito cesó, pero no el miedo. Éste sería ya su camarada fiel para lo que quedaba de noche, pero tuvo la consideración necesaria para apartarse un poco y dejar paso al asombro.

- ¿Quién demonios? -Se atrevió a balbucear.

-No es correcto, Alberto. No es un demonio. Es una gárgola. ¡Vamos! Las has visto mil veces. Tal vez no te hayas fijado, pero ésta, en concreto, la has visto un millón de veces. ¡Sueles fijarte tan poco en los que te rodean!

Alberto entornó los ojos. Sujeto, como él, al otro extremo de la cuerda que le mantenía con vida había un hombre. La silueta de los dos hombres, colgando en el vacío, unidos por la cuerda sobre el lomo de la gárgola, conformaba una figura fantasmal. Una especie de balanza humana.
Alberto no conseguía reconocer aquella cara. La oscuridad y la lluvia no ayudaban en absoluto.
-¿Quién eres? ¿Qué hacemos aquí?  gritó Alberto con un tono de exigencia en la voz, al que, normalmente, sus empleados no solían oponer resistencia. Se dio cuenta rápidamente de que aquel desconocido no sería tan fácil de impresionar como un empleado asustadizo. El desconocido volvió la cabeza despacio, y luego, con toda la calma del mundo, le sonrió.
- Vamos por partes  -dijo- Lo primero de todo es saber dónde es aquí. Puede que al fin hayas reconocido ya, la impresionante gárgola que está situada justo debajo de la ventana de tu bonito y caro despacho. Bien. Esto es el aquí.  -Volvió a sonreír, con una calma que a Alberto le hizo estremecerse y dar una sacudida a la cuerda.
- ¡Cuidado! Esto es frágil y no queremos que la cuerda se rompa antes de tiempo y nos prive de terminar esta entretenida conversación.

No le cupo duda de que estaba loco, y de que pretendía matarle. En segundos valoró alguna posibilidad de escapar de allí. No la encontró. Aquel demente lo había calculado perfectamente. Era imposible alcanzar la cornisa. La única oportunidad era trepar por la cuerda hasta alcanzar la parte superior de la gárgola, pero era imposible hacerlo con las manos atadas a la espalda. Aquel desquiciado lo había tenido todo en cuenta. Había llegado el momento de pedir socorro. Y lo hizo, con todas sus fuerzas, sin importarle desgarrar su garganta para hacerse oír.

-¡Mala idea! -Le reprendió el hombre.- Es lo malo de “dirigir” el mundo desde el despacho más alto de la ciudad. Los de abajo no te oyen. Claro que podría oírte el vigilante de seguridad del edificio. ¡Qué buena idea, Alberto! Lástima que el vigilante esté, ¿Cómo decirlo?, “literalmente” colgado.

Entonces Alberto comprendió porque le resultaba tan conocido aquel rostro.

- Deberías haberme reconocido antes, Alberto. Han sido veinte años dándote las buenas noches, invariablemente, todos los días laborables. También podríamos contar los festivos en que te has traído aquí a alguna amiguita, a enseñarle las vistas y otras cosas. Tendrías que haberme reconocido Alberto. Me has hecho enfadar.

Al decir esto agitó la cuerda, balanceándose en su extremo. El extremo que sujetaba a Alberto comenzó a moverse también.
-¡Quieto! ¡Por favor!- Ni una sola vez. Ni un solo día me has contestado. Ni una puta vez ALBERTO. ¡¡¡NI UNA PUTA VEZ!!!-¡Quieto por favor! ¡Por favor quieto!- ¡¡¡NI UNA PUTA VEZ!!! ¡DI MI NOMBRE!…¡DI MI NOMBRE! “No puedo, lo siento, no pue… ¡DI MI NOMBRE!¡CABRÓN!¡DI MI NOMBRE!

Alberto rompió a llorar, como un niño, como un niño que no está acostumbrado a que le regañen. Ese era Alberto. Poco a poco el balanceo se fue suavizando.

- Adrián. Me llamo Adrián.

- ¿Por qué me hace esto, Adrián?  -Alberto, que hacía rato que ya no era Alberto “ejecutivo agresivo” sino Albertito, niño llorón con pis en los pantalones, seguía sollozando.

Adrián cesó el balanceo. Alberto le vio fijar la mirada en el suelo, cincuenta pisos más abajo, o incluso más allá del suelo. Era imposible saber donde estaba esa mirada.

- Porque hace un mes decidí quitarme de en medio, Alberto. Cuando murió la única persona que aún me contagiaba ganas de vivir. Pero no es esto lo que te interesa a ti. La lluvia arreció y el hombre llamado Adrián tuvo que aumentar el volumen de su voz para hacerse oír. -Lo que te interesa a ti, Alberto, es que antes de borrarme de ésta mierda de mundo, he decidido convertirlo en un lugar mejor para todos. Y marcharme con lo que nunca he tenido: estilo. -Sonrió, pero su sonrisa era más una mueca. No había gran diferencia entre su rostro y el de la gárgola- Dejarte sin sentido ha sido fácil, y preparar todo esto también. El hecho de que pesemos más o menos lo mismo ha ayudado bastante. Debería haberlo hecho antes. -Se paró a pensar-Me ha gustado hacerlo.

- ¿Por qué yo?- ¿Es necesario seguir diciendo que sollozaba?-

- Porque durante veinte largos años te he visto pasar por encima de todo el mundo, sin importarte el daño. Veinte largos años de desprecios, de mirar a todos por encima del hombro. Porque eres el hombre con más cadáveres a tu espalda que he conocido nunca, Albertito.
- Yo nunca he matado a nadie. -Se atrevió a protestar-
- Eso es cierto. -Por primera vez desde que había empezado a hablar le miró a los ojos.- Pero yo no hablo de esos “cadáveres”. El último “muerto” que se puede anotar en tu cuenta trabajaba para ti. En el departamento de administración. Murió hace un mes, de tristeza, después de que la echaseis a patadas, sin importar que llevase toda una vida dedicada a esta mierda de empresa. Se fue apagando poco a poco, Albertito. Se me apagó poco a poco. Tú tendrás mejor suerte. Lo tuyo será rápido.

- Te puedo dar dinero. Mucho dinero. -Se arrepintió de haberlo dicho nada más cerrar la boca- La mirada del viejo vigilante de seguridad le hizo entender que no había hecho más que empeorar las cosas-

Por primera vez Alberto vio el machete en la mano derecha de Adrián, al tiempo que éste le levantaba. -Te vienes conmigo, Alberto- . Golpeó la cuerda con fuerza. El ruido de la hoja del machete al cortar la soga fue lo último que recordaría Alberto.

Dicen que cuando vas a morir, bueno, ya sabéis, lo de que pasa toda tu vida como una película por delante de tus ojos. Es verdad. Pasó. Yo la vi. Y también es verdad que cuando me llegue otra vez el momento de que proyecten mi vida, empezará desde el momento en que Adrián cortó la cuerda. Porque yo nací ese día. Nací en el momento en que abrí los ojos y vi caer a Adrián, mientras yo seguía sujeto aún a la gárgola. Nunca dependimos el uno del otro. Era, en efecto, la misma cuerda, pero cada extremo tenía nudos independientes. Adrián cortó sólo su extremo.

Cumplió su palabra. Se fue con estilo. Yo, de algún modo, me fui con él y, como consecuencia, el mundo que dejó atrás era, indudablemente, mejor.
Cuando me rescataron, seguían llamándome Don Alberto. Sólo yo sabía que Don Alberto yacía, muerto y desparramado, sobre el asfalto, al lado de Adrián.

Fotografía: M. Fernández
Osea, que la hizo él no que el de la foto sea M.Fernández

Me encantaría dedicar este post a todos los que han hecho o han intentado hacer comentarios en blogs de bitacoras.com desde ayer por la noche.
JOB era un hooligan comparado con vosotros
Besos y Abrazos

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[36] Hablaron 


 Ahora tenemos alas.
Vuela mientras haya cielo

GM

Hace hoy exactamente tres meses “soñé” Helio. Anoche volvi a soñar

Anoche soñé que era un globo inflado con Helio.
Miré hacía arriba y descubrí ante mis ojos el cielo, abierto e infinito. Me lancé hacía él con el entusiasmo de un niño corriendo cuesta abajo. De pronto note un tirón y no pude ascender más. Miré hacía abajo y te descubrí, disfrazada de niña, al otro extremo del cordel que me sujetaba.
Te sonreí y te tendí una mano. Tú dudaste un momento. Pude ver en tu mirada un atisbo de miedo. Apreté tu mano con fuerza y volví a mirar al cielo. Al fin, noté que ascendía.

Cuando mire de nuevo hacía abajo te descubrí, eras como yo, un globo inflado de helio y subías a mi lado. El cordel aún nos mantenía unidos. Te sonreí agradecido.

Canción: Mientras haya Cielo.

Pulsa en el “Play” para escuchar la canción o en este enlace para descargarla

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves , Mis Canciones
[28] Hablaron 


De pequeño no se dio cuenta de nada.

Ni siquiera sus padres mientras le grababan con aquella recién comprada cámara de video, -felices, con las sonrisas de oreja a oreja, bocas profidén, los ojos llenitos de ilusión, riendo las gracias del peque, ¡qué gracioso que está el niño!, ¡mira qué mono!,¡mira cómo intenta coger su sombra! ¡graba!¡graba cariño! Ya voy, es que me dejé la tapa puesta ¡Uy, qué torpe llegas a ser cariño! ¡Pero graba!.- se dieron cuenta de nada.

Aquel día, por supuesto, no logró coger su sombra. Ni ningún otro día. De hecho, desde aquella vez, que quedó registrada en la cinta convenientemente etiquetada “Ricardín- 1 año”, Ricardín se aburrió de aquel absurdo compañero que se estiraba y se encogía, le precedía o le perseguía, sin que nada lógico pareciese guiar sus actos. La verdad es que Ricardín se aburría pronto de todo.

Ricardín no volvió a interesarse por su sombra hasta el primer día en que ésta le habló. Sucedió a la edad de 9 años -cinta situada en la segunda balda por la izquierda del mueble del salón y etiquetada como “Ricardín 9 años”- en el patio de recreo de la “Saint James Evory School of Madrid”  -mamá había insistido en llevar al niño al colegio bilingüe más prestigioso del país- después de una pelea con Jaime de la Torre Pérez. Ricardín estaba en el suelo; Jaime le había derribado de un solo empujón después de que Ricardín le llamase “Maricón de Mierda”. Entonces -estando con el culo pegado a tierra, apoyado en los codos, intentando sorber los mocos que la pura rabia había colocado fuera de su nariz- fue cuando la oyó hablar por primera vez. “¿Vas a dejar que esto se acabe así?” Lo oyó con total claridad. Desvió su mirada hacia el suelo y pudo comprobar que era su propia sombra la que le hablaba, al tiempo que le miraba con desprecio, -casi tanto como el nutrido grupo de “compañeros” que al grito de “¡pelea!, ¡pelea!” habían formado ya un considerable corro-.

Supongo que será difícil creer que Ricardín no se asombró. En realidad creo que ni siquiera le extrañó un poco. Sólo sintió rabia. Una rabia salvaje, incontenible e incontrolable, que nació desde el extremo más extremo de sus terminaciones nerviosas y fue avanzando, como un torrente, hasta desembocar en el centro mismo de su sistema neuronal. El resultado fue una explosión pulmonar, un alarido de rabia tan fuerte que temblaron los cimientos mismos de la muy respetable “Saint James Evory School of Madrid”. Cuando escuchó el grito, Jaime, que ya se alejaba, intentó darse la vuelta para hacer frente a lo que pudiese venir. No le sirvió de nada. Un amasijo de odio hecho carne se subió a caballo de su espalda. Sintió que unos brazos le rodeaban con fuerza el cuello y luego notó un dolor indescriptible, como de desgarro, en su oreja derecha. Después de esto, afortunadamente, perdió el conocimiento.

A Ricardín tuvieron que retirarle de la espalda de Jaime entre cuatro fornidos educadores. El resto del profesorado se afanaba en atender a Jaime y, de paso, a Alvarito Reina, que se había desmayado al ver resbalar la sangre de la boca de Ricardín, mientras éste intentaba zafarse de los ocho brazos que lo sujetaban.

Podéis creerlo o no, a mi me da igual, pero mientras los profesores se llevaban a Ricardín, mientras él gritaba aún como un poseso “Maricón de Mierda”, mientras la sangre goteaba por su barbilla, mientras intentaban hacer que Alvarito Reina volviese en sí, mientras Jaime “una oreja maricón de mierda” de la Torre estaba inmóvil en el patio del recreo de la “Saint James Evory School of Madrid”, mientras en el suelo, la sombra de Ricardín, se mezclaba con las sombras de los profesores para imitar a un pulpo gigante y su presa, …podéis creerlo o no, a mi me da igual, pero aquella sombra no estaba gritando, aquella sombra se reía.

Ricardín fue expulsado del colegio al día siguiente. Papá y mamá -¡la culpa es tuya que le das todo lo que te pide!,¡que le tienes consentido!,¡mira quien habla!¡vete a la mierda!- movieron influencias, y al día siguiente del día siguiente Ricardín fue readmitido en la “Saint James Evory School of Madrid”. Papá y mamá -¡ves cariño como el tío Ernesto podía hacer algo!, ¡sí, cariño tenías razón! ¡No todo el mundo tiene un tío secretario de estado!- llevaron a Ricardín a clase.
Podéis creerme o no, a mi me da igual, pero fue recibido por el resto de alumnos de la muy noble “Saint James Evory School of Madrid” como un auténtico héroe. Los padres de Jaime “Maricón de etc” de la Torre recibieron un suculento ingreso en cuenta y les fue facilitado el traslado de su hijo a otra prestigiosa institución docente bilingüe. El incidente quedó archivado en la sección “cosas de críos” y, poco a poco, se fue olvidando. Incluso yo lo olvidé. Yo, que estuve allí, en aquel corro, gritando “pelea, pelea”, enardecido como una bestia igual que los demás.

ESTE NO ES EL FINAL

Sé perfectamente que me he desviado de la línea habitual de mis “post”. Francamente: hoy no me apetecían muchas trascendencias. La historia de “Ricardín y su sombra” me vino a la cabeza esta mañana, y sentí que si la dejaba dentro me iba a acabar mordiendo. Así que había que escribirla. Prometo volver a mi línea habitual. El caso es que hoy nace una nueva categoría en el “blog”: Relatos interactivos.¿Motivo?: me surgieron no uno sino dos posibles finales. Difícil elección. Ante la disyuntiva renuncié a optar por uno u otro y resolví poner los dos. No contenta con eso, mi mente febril (estoy con gripe), maquinó intentar involucraros a vosotros, desprevenidos visitantes, en la historia.
Tenéis una encuesta para poder optar por uno de los posibles finales. Agradeceré infinito vuestra colaboración en este juego, y no sólo eso sino que os invito a añadir variaciones y nuevos finales usando los comentarios. (No es imprescindible. También podéis comentar sólo para mandarme besos y abrazos y eso ;) -insultos no que estoy malito y con las defensas bajas) Los nuevos posibles finales que inventéis se irán añadiendo a la encuesta. Hasta siete :( .
Un saludo y gracias por participar en el experimento :)

POSIBLES FINALES:

FINAL 1(Gabi)

Sí. Yo también lo olvidé. Hasta ayer mismo cuando al leer el periódico me encontré en la primera página con Ricardín, de frente y de perfil, más mayor, el pelo más largo, pero Ricardín al fin y al cabo. “Parricidio en Madrid”. La foto inferior mostraba un par de cadáveres convenientemente tapados por mantas. No me costó nada imaginar a mamá y a papá -¡dile al niño que suelte el cuchillo!¡Ricardín Cariño!¿Qué haces? ¡Suelta eso!- debajo.

Podéis creerme o no, a mi me da igual, pero en la foto de perfil de Ricardín, con su cara oponiéndose a la luz del flash del fotógrafo de la policía, se proyectaba sobre la pared una sombra bien definida. Esa sombra se reía.

FINAL 2 (Gabi también)

Sí. Yo también lo olvidé. Hasta ayer mismo cuando al leer el periódico me encontré en la primera página con un rostro que me resultó vagamente familiar. Encima el titular: “Detenido el presunto asesino del industrial Ricardo de la Vega”. Las líneas inferiores ampliaban la noticia: “La policía detuvo en la noche de ayer a J.T.P. como presunto asesino del conocido industrial. La detención fue posible gracias a la información facilitada por un testigo ocular del crimen, el cual afirmó que al asesino le faltaba una oreja”.
Había también una foto del lugar de los hechos. El cuerpo sin vida, convenientemente tapado por una manta, proyectaba sobre la pared su sombra. Podéis creerme o no, a mi me da igual, pero la sombra no estaba tumbada, sino erguida, y, podéis creerme o no, pero juro que la sombra se reía.

FINAL 3- SELEKA(Inconcluso y abierto a continuaciones)
Sí. Yo también lo olvidé. Hasta ayer mismo cuando acudí con un antiguo compañero de colegio, aquel que gritaba “¡la oreja y el rabo!” a una representación teatral, la obra era, podéis creerme o no, Peter Pan. Y allí estaba con mallas y a lo loco, el amigo Ricardín, que tras ir y venir de colegios bilingües (en los que tanto él como su sombra habían perdido el acento madrileño…y otras cosas) había conseguido acallar a su psicópata interior a base de pintar con los pies, tocar el piano con la nariz, y representar obras para niños vestido con mallas ajustadas (que poco le favorecían) y colgado de una cuerda que no pocas veces había cedido.
Pero lo que pocos sabían, tenían suficiente con que no mordiese más orejas, era que otra sombra mayor y más poderosa tenía a ambos, a Ricardín y su pequeña sombra infantil, bajo su poder…Podéis creerme o no, pero ni el más loco enajenado ido y descerebrado, podría imaginar lo que ocurrió a continuación…

FINAL 4-Zarem - Erótico Festivo

Sí, yo tambien lo olvidé. Hasta esta mañana, cuando me ha llamado mi amiga Clara, estaba histerica, y me pedía que fuera a su casa, de fondo se oían voces, de hombre.
Al llegar, no me abría la puerta, y he tenido que usar la tarjeta del banco, al menos para eso sí sirve.
Al entrar, he oido tres voces, la de mi amiga alterada, y otras dos inconfundiblemente varolines, algún llanto…
Lo que no esperaba es encontrarme a Ricardin sentado en una silla, sollozando.
Y en la cama… Clara se había rendido al fin a la sombra… que le hacía el amor mientras reía.

FINAL 5- Marea Blanca - Final Arrepentido.
Sí. Yo también lo olvidé. Hasta ayer mismo cuando al despertarme descubrí que tampoco yo proyectaba ninguna sombra. Nunca más volví a ver a Ricardín, el motivo no lo recordaba, pero tras esa pelea no volvimos a hablarnos y, podéis creerme o no, hubo un tiempo en que fue mi mejor amigo, inseparables.

Me encantaría verle una sola vez más, para disculparme, rogarle que fuese él quien olvidase que hubiese gritado en esa pelea, por haber jaleado, debí haberle ayudado, era mi hermano del alma. Pero reí.

He encontrado el vídeo de la estantería, creo que vuelvo a él, a esa cinta, no olviden, la situada en la segunda balda por la izquierda del mueble del salón y etiquetada como “Ricardín 9 años” sabrá que allí, siempre que quiera, me encontrará.

FINAL 6 - Elen - Hippy End

No pude olvidar tan rápidamente a Ricardín, fueron terribles años de terápia de grupo en las que explicaba mis profundas pesadillas en las que se me aparecía con la oreja colgando de su boca y sus ojos inyectados en sangre. Toda la clase quedó tocada por aquel escalofriante suceso y los psicólogos no daban a basto con tanto crio traumatizado, se hicieron de oro.

Se nos conoció con el sobrenombre de los “niños poseidos bilingües de Saint James”, ya no te digo más….

De él no supe gran cosa, al cabo de un tiempo me enteré que sus padres lo habian internado en un prestigioso centro psiquiatrico bilingüe durante unos años, allí se enamoró de una psicóloga, a las pocas semanas se casaron en un ritual hindú que duró tres semanas y sé que ahora viven en Ibiza.

Ella se dedica a hacer collares con cuentas de madera, a leer el futuro en los posos del café y a trenzar el pelo a los extranjeros.

Él por su parte se dedica a vender unas extrañas urnas de cerámica que hace con sus propias manos, según dicen…..y podéis creerlo o no….sirven para encerrar a tu propia sombra…. atrapa-sombras lo llama y duerme muy tranquilo desde el día que encerró la suya en una de esas urnas, selló la tapa con pegamento loctite y la tiró al mar ante la mirada atónita de la gente que estaba tomando el sol en la playa, mientras cantaba imitando a Nino Bravo…..

“Libreeeeee, como el sol cuando amananece yo soy libreeeee, como el marrrrrr.
Libreeeee, como el ave que escapó de su prisión y puede, al fin, volaaaaar…”

Ritual que repite cada solsticio de verano, por si queréis ir a verlo….

FINAL 7 Gatopardo- Un arañazo al final. :)
Lamentablemente no le puedo poner en la encuesta(No me cabe :( )
pero se le pueden dejar apoyos y adhesiones por la injusticia en los comentarios :)

Sí. Yo también lo olvidé. Hasta ayer mismo que el enfrentamiento con Ricardo trajo a mi mente el suceso. Y juro haber escuchado esa risa, la misma que hace doce años oí cuando “maricón de mierda” perdió aquella oreja. No es que quiera justificarme, se que no me van a creer y de todos modos no puedo cambiar lo pasado. Sólo diré a mi favor que Ricardo perdió los estribos. Pongan eso en el expediente. Y ya estando en el suelo no me quedó más opción. Era más fuerte que yo. Más violento. Por eso no dudé en estrenar la navaja. No dudé en hacer caso a la voz tras de mí: ‘¿Vas a dejar que esto se acabe así?’

FINAL 8 - Mayka- La sombra en el asfalto.
Idem que el anterior. :) Apoyos en los comentarios ;)

Sí. Yo también lo olvidé. Hasta ayer mismo cuando al pasear por el parque, unos niños jugaban a pisar la sombra del otro. En aquel instante, las dos se juntaron en una sola sombra que provenia del ensalzamiento de los dos niños, una pelea provocada por los achuchones que se propiciaron jugando… Cuando corrimos a separarlos uno quedaba inconsciente en el suelo, conmocionado por los golpes que se intercambiaron. La ambulancia no tardó en llegar. Cuando levantaron el cuerpo de uno de los niños y se lo llevaron, se preocuparon de echar serrín sobre aquella mancha que quedó en el suelo, supuestamente de sangre.

Al pasar cerca del lugar de los hechos pude comprobar que aquella mancha no era consecuencia de ninguna herida. En mi interés por el niño me dijeron que se apellidaba de la Vega… y recordé a Ricardín, cierto… tenía un leve parecido…

Podéis creerme o no, a mi me da igual, pero a la vuelta y con un ritmo más acelerado, pasé cerca de aquella mancha casi indistinguible por mezclarse con las de grasa de coche… pero aquel ruido que provenía del asfalto… os lo aseguro, no era el rujir de los motores.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos , Relatos Interactivos :)
[38] Hablaron 


 …las ropas empapadas y el suelo por almohada, y lentamente amaneció.

Joan Bautista Humet.

La recuerdo desde muy niña.
Cuando ella tenía apenas cinco años trasladaron a su padre a la sucursal de mi ciudad del Banco del Norte, y se vinieron para acá, cargados de esperanza. Recuerdo perfectamente el día en que el camión de mudanzas estacionó justo enfrente de mí y empezaron a sacar todos sus muebles. Recuerdo la expectación de la gente del barrio, las cotillas de la pescadería asomándose curiosas, el de la vieja tienda de ultramarinos, haciendo ver como que no miraba pero mirando, y toda la expectación que despertaron. En aquellos tiempos el barrio apenas empezaba a crecer, y no era ni una sombra de lo que es ahora. Entonces era mejor. Nos conocíamos todos y, aún con los habituales problemas, éramos como una gran familia.
Ellos aparcaron detrás del camión. Ella bajó la última del coche, abrazada con fuerza a una muñeca, como si ésta pudiera protegerla de todo lo que la esperase en aquella nueva vida. Recuerdo que miró con miedo hacia todos lados, hasta que reparó en mí. Entonces sucedió algo mágico: me sonrió. Me sonrieron sus ojos y su boca, me sonrieron sus mejillas y su frente, me sonrieron sus coletas y su flequillo rebelde. Toda ella se convirtió en sonrisa… y yo, que nunca había visto algo más bello en mi vida, me enamoré perdidamente. Entonces fui incapaz de articular palabra, ni siquiera pude devolverla la sonrisa. Tan sólo me quedé inmóvil, mirándola embobado y sabiendo que ya nunca podría amar a nadie más que a ella.

No puedo contar a partir de aquel día el número de veces que me quedé, como aquella primera vez, contemplándola en silencio. Cuando salía del portal de la mano de su madre, cuando la mandaban a la tienda a comprar el pan, cuando jugaba en el parque con su hermano, dos años mayor que ella, o cuando se asomaba a la ventana, a esperar la llegada de su padre, que cada vez llegaba más tarde o que, a veces, ni llegaba. Ella sólo se fijó en mí el primer día. Sólo aquella vez conseguí llamar su atención. Supongo que al no responder a su sonrisa aquel primer día, pasé a ser para ella alguien insignificante. Sin embargo, yo no dejé nunca de amarla y de admirarla.
Vi como crecía, como fue cambiando de juegos, vi como en la cara de su madre se instaló una sombra de perenne tristeza, vi la vez que su padre salió de casa, por última vez, cuando ella contaba tan sólo once años.
Sí. La vi crecer, igual que vi crecer al barrio. Se abrieron nuevas tiendas, cerraron otras. El barrio dejó de ser la casa de aquella pequeña familia que éramos, para convertirse en una pequeña jungla donde la tristeza y la marginalidad campaban a sus anchas. La esperanza se mudó a otras zonas de la ciudad.
No podéis imaginar el dolor que me envolvió el corazón cuando ella se enamoró por primera vez. No. No fue de mí. Ella era la más guapa de toda la barriada, ¡cómo iba a fijarse en mí!. El elegido fue el más “gallito” del corral. No duró mucho. El la rompió el corazón. Luego vinieron otros. Les vi pasar a todos, mientras me devoraba la indignación de saber, que ninguno de aquellos idiotas, la amaba la décima parte de lo que la amaba yo.
Vi cuando a su hermano se lo llevaron detenido por aquel robo y la vi a ella abandonar, definitivamente, sus juegos de niña en el parque, para pasar a jugar a juegos más peligrosos. Su banco preferido estaba al lado de donde yo solía espiar su casa y aquel fue su santuario para empezar a rezar a dioses de humo y polvo. Empezó por pequeñas cosas, y al principio fue divertido. No era la única chica que lo hacía, de hecho, lo hacían casi todos los del barrio. Ya sabéis, por hacerse los mayores. Algunos pararon, ella nunca quiso parar.
De nada servía mi adusta mirada de reproche. Ella, como siempre, me ignoraba.
Nadie puede ni siquiera imaginar lo que he llorado, viendo como pasó de ser princesa, a ser un despojo que recorría la acera, suplicando a los que pasaban, “para hincarse fuego una vez más”*. Y yo nunca supe que hacer para ayudarla. ¿Su madre? Su madre se había convertido en una sombra inmóvil en la ventana, esperando un regreso que nunca sucedería, con el rostro devorado por unas ojeras que se habían apoderado de la vida, que alguna vez brilló en sus ojos.
Mi princesa murió en la calle, en su banco favorito, a mi lado. Una yonki más, muerta por sobredosis, en una ciudad en la que eso ya no era noticia.
Yo la vi morir. Vi como su cuerpo se quedó sin vida y como sus ojos, aquellos ojos a los que no supe devolver la sonrisa el primer día, se fueron quedando huecos. Casi tan huecos como los míos.
No pude hacer nada. No supe avisar a nadie. No pude mover mi cuerpo. Me quedé mirando como siempre, embobado, inútil, inmóvil, como una estatua. Al fin y al cabo es lo que soy, lo que siempre fui para ella, la vieja estatua del parque, a cuya sombra jugaba.
Van a construir en el parque. He oído decir que se desharán de mí. Probablemente me fundan. No me importa.

* “para hincarse fuego una vez más” está tomado de “CLARA” canción de Joan Bautista Humet.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[33] Hablaron 


…amo a una mujer clara que amo y me ama
sin pedir nada, o casi nada, que no es lo mismo
pero es igual…

Silvio Rodríguez 

 

Prometo no cerrar puertas
y atrincherarme en tus grietas,
prometo abrir tus ventanas,
prometo abrir mis barreras.

Prometo quitarte el frío
en la primavera de este invierno.
Prometo no clavarme
como un clavo, en el silencio.
Prometo no perderme
en laberintos insolubles
de inútiles palabras.

Prometo encender las luces
y besarte con los ojos cerrados,
para así verte. Verte por dentro
y aprenderme, uno a uno,
tus caminos secretos.
Prometo darte mi abrigo
y resguardarte del agua.

Pero no pidas promesas
más allá de lo que puedo…

aún es demasiado pronto
para atizar tanto el fuego.
El rescoldo ya ha hecho brasa,
la brasa ya prendió llama,
la llama va haciendo hoguera
y en esta hoguera prometo
calentarme hasta que arda.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[23] Hablaron 


Melytta y Leo Mares me invitan a jugar.
Estas son las reglas.
Se comienza este juego con el título “Cinco extraños hábitos de … (tu nombre). Las personas que son invitadas a escribir un post a próposito de sus extraños hábitos, deben también indicar claramente esta regla. Al final se escogen cinco nuevas personas y se añade el link de su blog o diario web. No olvidaros de dejar un comentario en su blog o diario web con el mensaje “has sido elegido” y añadir que lean el vuestro.

Cinco extrañas costumbres
me pedís que os relate
y ante tal brete me hallo,
confundido y consternado,
porque soy hombre normal
sin apenas vicios raros
y no se me ocurre nada
que pudiera interesaros.


A una puerta que este abierta
la espalda no puedo darle
que se me erizan los vellos
y se me altera la sangre.


Un sombrero de pensar
en casa tengo colgado,
para escribir me lo pongo
y de esa guisa trabajo.


Al “enviar y recibir”
del Outlook tengo agotado
le doy compulsivamente
pa’ ver si habéis comentado.


La prensa leo al revés
y de esta forma el humor
a medida que yo avanzo,
desde mejor a peor,
a menudo va cambiando.


La lectura es mi pasión
en “todo momento y lado”
de forma que si no leo
a veces tampoco ca.. (la última palabra queda a la libre imaginación del lector).

La misión está cumplida,
espero no tengáis queja.
Como dijo Kunta Kinte
no soporto estas “cadenas”

Es broma. Me ha encantado hacerla, pero… tengo el extraño hábito de romper cadenas, así que no se lo endoso a nadie en particular, quien quiera, quién le apetezca, quién le plazca…

(Espero que por no cumplir fielmente las normas no me caiga una terrible maldición de esas que hacen crecer cuernos y rabo, y me empiecen a ocurrir desgracias y sobre todo que nadie me guarde rencor, porfa!)

Parece que…
Stalmat se anima a seguir…

MArea Blanca también parece interesada

y Zarem sigue el juego.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[29] Hablaron 

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