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Hace diez años comenzó el secuestro más largo en la historia de España.
El 17 de Enero de 1996, E.T.A. secuestraba a José Antonio Ortega Lara. Lo mantuvo retenido durante 532 días, en un zulo diminuto. Según cuentan, cuando fue liberado, confundiendo a los agentes con sus secuestradores, pedía la muerte.
Al poco tiempo de su puesta en libertad, hice el experimento de intentar ponerme en la piel de un ser humano en una situación como esa. El resultado fue esta canción que es, mi humilde y personal himno, contra cualquier afrenta a la libertad del individuo, venga de donde venga, proceda de donde proceda.
No es justificable. No importan las siglas, no importan los colores. La realice quién la realice, grupos terroristas, países, guerrillas, agencias gubernamentales,… No vale para nada ni puede valer…
Siento si me quedó un panfleto. 

 

EL DÍA PERPETUO

No vale para nada ni puede valer,
si al menos entendiera en nombre de qué
me han robado la noche y me han dado la sed
de este día perpetuo.

No sé si seré fuerte. No lo quiero saber.
Tantas horas tan sólo se me hacen de hiel.
Este sol de bombilla que no da cuartel
quitándome las fuerzas.

Sin motivo y sin rumbo me pongo de pie
en mi pequeño mundo, tan estrecho y cruel.
Confieso que he llorado hasta más no poder
añorando mi cielo.

Te juro que tu rostro nunca se me fue,
que estaba en cada mancha de cada pared,
que tu risa fluía como acto de fe
dentro de mi cabeza.

Cuando al fin me asesinen tu nombre diré
para ahuyentar el miedo que albergo en la piel.
Cuando al fin me asesinen seré libre otra vez
como gaviota en vuelo.

Como gaviota en vuelo.

 

Pulsa en el “Play” para escuchar la canción o en este enlace para descargarla

Lo escribió Gabi y lo guardó en Mis Canciones
[38] Hablaron 


Monigote estuvo tres días deambulando perdido por el suelo de la cocina, esquivando escobas y fregonas, huyendo aterrorizado de los pies de los niños que trotaban incansables, evitando ser aplastado por las patazas del perro de la familia.
Cualquiera en su situación hubiera, probablemente, renunciado a vivir en aquel extraño mundo de gigantes tridimensionales. Cualquier otro se hubiese derrumbado después de ver toda su vida tirada, literalmente, a la basura. Monigote, sin embargo, se repuso y, aunque sabía que jamás conseguiría borrar de su memoria el paraíso perdido, decidió sobrevivir y buscar un nuevo hogar.

El suelo de aquella cocina no era, definitivamente, un lugar seguro. Así que elevó al techo su pequeña cabeza de globo, apretó fuerte la raya que le servía como boca y se dispuso a salir de allí. Su primer plan consistió en abandonar el suelo para subir a la mesa. Desde allí tendría, sin duda, una mejor vista del nuevo mundo y podría aclarar sus ideas. La ascensión por el mantel hasta coronar la mesa le llevo dos días completos. En estos dos días tuvo numerosas veces la tentación de dejarse caer. Al fin y al cabo, nada cierto le esperaba en la cima, y son pocos los que escalan montañas sólo por el placer de escalarlas.

Cuando la primera luz del fluorescente de la cocina anunciaba el comienzo del tercer día, Monigote llegó a la cumbre. Allí, tumbado sobre el mantel de cuadros azules, descansó su pequeño cuerpo de la dura prueba superada. No había raya que no le doliese, y su redonda cabeza parecía a punto de estallar. Pero lo había conseguido y allí, a su alcance, estaba el premio: un nuevo paraíso que habitar. Olvidado del día anterior, con manchas de cacao en una esquina, pero absolutamente radiante y lleno de un colorido que Monigote jamás pensó que pudiera existir, estaba el dibujo más bello del mundo. Sorteando cajas de cereales y tazones de desayuno, Monigote avanzó por la mesa, todo lo rápido que se lo permitían sus pequeñas piernas.

Frondosos árboles de color verde; un sol sonriente, como el que él contemplara desde su antigua casa, pero de un amarillo intenso; un cielo de rayas azules sobrevolado por pájaros verdes; la casa, un pequeño palacio y, al pie de un árbol protector, un nuevo amigo al que acariciar. Monigote saltó sobre el papel, desbordado de esperanza y con toda la ilusión de la que es capaz un diminuto garabato. Lo consiguió. Se metió dentro del dibujo como si este hubiese sido dibujado para él, como si el sol, los pájaros, la casa, el árbol llevasen toda su vida esperándole. Y una vez dentro, la raya que le servía de boca curvó sus extremos hacia arriba, y así permaneció, hasta que un día… Pero esa ya es otra historia.

Dibujo: Beatriz M.

Para Seleka a la que prometí colorear el monigote. ;)

Lo escribió Gabi y lo guardó en La Increíble Historia de Monigote
[24] Hablaron 


La primera noche ella le dijo: ¡píntame esta noche!

Él la miro, la sonrió, salió de la cama y, aún desnudo, colocó un lienzo en el caballete y comenzó a pintar. Ella, desnuda, le observaba en silencio, regalándole a la almohada sus cabellos, sus ojos llenos de él, vencido y humillado el sueño.
Cuando él le dio la vuelta al caballete ella se incorporó. Las palabras tardaron en acudir a su boca, luchando por abrirse camino entre el mar de admiración que la pintura había provocado. ¡Es maravilloso! Dijo al fin, con la felicidad rociando sus ojos claros. No tuvo que decir nada más para que él lo entendiera todo. Se levantó y le beso. Interminablemente. De fondo, un cuadro bañado de azules, en el que se intuía una luna redonda, pintada con trazos claros y firmes, coronando e iluminando un mar preñado de espumas blancas.

Anoche ella le dijo: ¡píntame esta noche!

Él la miro un instante, luego bajo los ojos con una ligera mueca de fastidio, con el pijama puesto colocó un nuevo lienzo en el caballete. Ella desde la cama se dio la media vuelta y se quedó dormida, derrotada por el sueño.
Cuando despertó, ya de mañana, él dormía a su lado. Se levantó y observó, con las pupilas huecas de ilusión, un lienzo completamente blanco, esperando aletargado en la soledad total del caballete.
No le despertó. Hizo sus maletas sin apenas ruido, descolgó de la pared aquel primer cuadro que él la hiciera hace ya tantos años, y se marchó. Se volvió sólo una vez más para mirar al lienzo vacío, esperando ver aparecer una pincelada de color. Pero el lienzo la miró, con su aséptico blanco inmaculado, desafiando a sus recuerdos y afirmando que anoche, había sido la última noche.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[30] Hablaron 


Lo tengo perfectamente localizado. Está en la parte central del cráneo, en medio del frontal, donde acaba mi flequillo. Es justo ahí donde me duele. Es cada vez más intenso, casi como un clavo que algún carpintero loco se empeñase en hundir en mi pobre cabeza, milímetro a milímetro, martilleando incansable. La punta del clavo está llegando ya a mi cerebro. Lo noto. De hecho, cada vez me cuesta más pensar. Incluso redactar esta carta está suponiendo un enorme esfuerzo. Visité ya a todos los médicos posibles y a todos los especialistas, supuestamente oficiales. Siempre fue igual: no se aprecia nada en las radiografías, las resonancias no muestran nada anómalo, no hay ningún motivo físico que origine ese dolor, parece algo psicosomático… - Pero a mí me duele… Ponen cara grave, una mirada entre paternal y acusadora, y preguntan: -¿Ha visitado ya algún psiquiatra? Por supuesto. Los he visitado a todos, uno tras otro. Me he inflado a pastillas, me he dejado hipnotizar, he hecho regresiones, terapias revolucionarias y, por descontado, cuando todo esto no ha funcionado he pasado por las manos de naturópatas, homeópatas, curanderos esotéricos, milagreros, chamanes, brujos y brujas, impositores de manos, pitonisos…La lista es interminable. Sólo en enumerarles a todos podría gastar lo poco que parece quedarme de vida. Todos ellos presumieron de poder sanarme. Ninguno lo consiguió. Lo único bueno que podría sacar de todo esto es que están documentando mi caso, y es posible que le pongan mi nombre al nuevo síndrome. ¿Recuerdas que decías que nunca llegaría a nada? Pues ahí me tienes, dando mi apellido a una nueva y rara enfermedad. ¡Estoy terriblemente orgulloso de mi mismo! Perdona. Ya no recordaba que no te gustaban ni mi ironía ni que me compadeciese de mi mismo. ¿No fue por eso por lo que te marchaste? Eso, al menos, es lo que dijiste aquella última tarde. Y que te agobiaba, y que necesitabas tu espacio, y que siempre seriamos amigos… Yo, como siempre, no supe que decir. Luego me miraste, por última vez, con aquella mirada entre maternal y acusadora. Yo estaba sentado en el banco. Tú te levantaste, y ,ya de pie, antes de marcharte para siempre, te inclinaste para darme un suave beso de despedida en la frente. Justo en la parte central de mi cráneo, en medio del frontal, donde acaba mi flequillo.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[24] Hablaron 


 Cuando nadie nos vea sube al desván

Victor Manuel San José

Amor
Yo te haré
una escalera
de versos rotos,
para que asciendas,
pasito a paso, sin miedo,
y sin las bromas del tiempo
transformando en hiel el cuerpo.
Para levantar el suelo hasta el cielo,
para sentirnos etéreos, libres y eternos,
iré, peldaño a peldaño, quebrando cadenas,
aflojando ataduras, haciendo callar los perros
que ladraron en el día en que bajamos del cielo.
No te dé miedo pisar mis pobres peldaños viejos.
Ha de aguantar su madera de rima quebrada y ciega
hasta que pises la cumbre que allá en la cumbre aletea
como bandera sin dueños que nos reclamara en silencio
la vuelta de caricias, de la risa, de los labios, de los besos,
de las mañanas, felices y eternas, acostados cuerpo a cuerpo.
Sube sin miedo. Sube. Voy a tu lado.Ya llega el primer peldaño.
Allá en la cima te espera lo que estabas esperando. Empieza ahora.
Son estos versos peldaños para llegar al futuro.Posa aquí tu primer paso.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[33] Hablaron 


Estimados Reyes Magos del Oriente lejano ese:

Heme aquí, otra vez, en el brete de redactar mi tradicional misiva a Vuestras Majestades. Sé que abordo tarde la tarea y que, tal como anda el servicio de correos en mi país, es más que probable que mi epístola llegue fuera de fecha, pero no es menos cierto que parte de la culpa os pertenece, Majestades. Porque, vamos a ver, ¿es razonable que en esta era de las nuevas tecnologías no seáis capaces de implementar alguna “interface” para que nosotros, los niños y no tan niños, podamos comunicaros más fácilmente nuestros deseos?. Me permito sugerir un simple buzón de correo electrónico, o, mejor aún, el típico servicio de “SMS”: envía REYES seguido de tu deseo al 5589.
Si bien es cierto que entiendo que para gente que lleva, como vosotros, tantos siglos hollando la tierra, no es fácil adaptarse a las nuevas telecomunicaciones, seguro que disponéis entre vuestros pajes, de algún jovencillo avezado que os pueda echar una mano. Esto redundaría en el bien de todo el planeta, porque contribuiría a disminuir la tala indiscriminada de árboles, que en estas fechas se incrementa alarmantemente debido a todo el tráfico postal que generáis. ¡Un poquito de sensibilidad ecológica, por amor de Dios!

Supongo que siguiendo la estructura obligada en la correspondencia que normalmente se os dirige, debería ahora proceder a reflexionar sobre mi comportamiento en este año transcurrido desde vuestra última visita hasta la fecha de hoy. Bien. ¡No me da la gana!

Siento mostrarme así de desagradable, pero no comprendo por qué para ser merecedor de vuestros obsequios tengo que daros cuentas de mis acciones. ¿No existe la privacidad?, ¿no son vuestros regalos desinteresados?, ¿es que sois vulgares chantajistas?-si te portas bien: regalo- Y aún más, ¿coincide mi criterio sobre la bondad con el vuestro? No olvidemos que el bien y el mal no son parámetros absolutos sino absolutamente relativos y que, lo que para mí puede haber sido una acción ejemplar a todas luces, para vosotros puede haber sido un acto merecedor de todas las reprobaciones. Vuestra moral y la mía pueden diferir, Majestades.
Me temo que nunca llegaríamos a ponernos de acuerdo y, por lo tanto, es conveniente que evitemos entrar en conflicto, obviando esta parte, así como la relativa al propósito de enmienda. En caso de ser esto inexcusable me mandáis un sms al móvil y procedo a realizar el acto de contrición y su inseparable declaración de buenas intenciones.

Asimismo me abstengo de hablar del sistema político que representáis porque tampoco es cuestión de heriros la sensibilidad en fechas tan cercanas a vuestra visita, sólo decir que espero no morir sin poder ir con mis hijos a ver la cabalgata de los Presidentes Republicanos Magos.

La lista de obsequios materiales que podéis tener a bien traerme os fue remitida ya por vía ordinaria, así que no abundaré en el tema.

Dentro de los deseos no materiales que me asaltan me gustaría resaltaros únicamente algunos:

Inspiración: Estoy escribiendo una bitácora y si me priváis de ella voy a tener que recurrir más menudo a “posts” de relleno como éste. Los visitantes del “blog” no se merecen esto.

Ilusión: Sabéis, vosotros que sois magos, que no ando sobrado de ella así que cualquier pizca que podáis traerme será bienvenida.

Imaginación: Para seguir esculpiendo nubes, besando ranas, llorando estrellas, vigilando sombras, siendo poesía…

Tiempo: Para seguir visitando a todos los maravillosos habitantes de este universo de imágenes y letras que me ha aprisionado con cadenas de seda.

Sé que no he realizado la liturgia con lógica y que, probablemente, estéis bastante disgustados con mi carta, pero confío en que comprendéis mis motivos, sobradamente explicados ya. Si de todas formas decidieseis obsequiarme con algo estaría dispuesto incluso a revisar mi posicionamiento ideológico sobre el modelo de estado.

Antes de despedirme hasta el próximo año, sólo una duda, que me gustaría que me respondieseis, majestades: ¿Vuestros propios hijos saben que Los Reyes Magos son sus padres? Resulta chocante.

Hasta el año que viene, con inmenso afecto.
Gabi.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[20] Hablaron 


 ya hay un primero de enero
que fundó a sus compañeros

Silvio Rodriguez

Decidí permanecer a su lado hasta el final.
Al fin y al cabo, él había estado a mi lado incondicionalmente durante toda su vida, y, aunque no puedo decir que siempre se había comportado bien conmigo, sí es cierto que en su presencia, yo había vivido algunos de los momentos más intensos de mi vida.

Así es que me quedé a su lado, agarrándole la mano huesuda ya casi sin fuerza, y, dentro de mi escasa capacidad, confortándole, más con el cariño de la mirada que con el calor de mis palabras.

No sé muy bien de dónde sacó fuerzas para hablar, pero con su boca reseca y agonizante emitió un susurro, casi imperceptible. Tuve que acercar mucho mi oído a su boca, y el esfuerzo de repetir sus palabras a punto estuvo de adelantar el inevitable final, pero al final le entendí: ¿Tan mal te he tratado?. Sus ojos suplicaban perdón por el mal que pudiera haberme hecho. No era distinto al resto de moribundos que yo había conocido. Al final todos necesitan lo mismo: redención.

Moví la cabeza a un lado y a otro, y la expresión de mi cara le quitó importancia a todo lo que él estaba pensando.
Ya casi no duele -le dije- y me has hecho hacer cosas y llegar a sitios que jamás había soñado. He llorado a mares -continué- pero también he vuelto a reír como un niño. No voy a poder olvidarte nunca. Nunca.

En ese momento había asomado una lágrima en sus ojos. También en los míos. Nos la secamos, incómodos, rápidamente. Los hombres y los años no lloran.

Me miró agradecido. Sólo quería eso: redención.

Afuera el mundo pareció detenerse. Había llegado el momento. Desde otra casa se oía el ruido de la televisión anunciando cuartos, campanadas, uvas,… Él apretó mi mano con fuerza y pude ver temor en sus ojos acuosos. No es fácil partir -pensé- Para nadie.

Fueron doce estertores. Luego marchó. Mientras afuera el mundo estallaba, él cerró los ojos y murió en paz.
Hasta siempre-dije- Me puse el abrigo y salí a la calle. Me uní a la fiesta.
Había un nuevo amigo al que recibir.
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En este 2005 que se nos va, empecé a escribir esta bitacora, cargado de prejuicios sobre lo que me fuese a encontrar. Apenas tres meses han bastado para que, todos y cada uno de vosotros, os hayáis hecho un hueco en mi cabeza (justo en el lugar de la cabeza que nos gusta llamar corazón). Gracias a todos. Disfruto escribiendo, disfruto leyendo vuestros comentarios, disfruto sobrevolando vuestros blogs.
En el 2006 más y mejor.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[18] Hablaron 


La sombra que se esconde entre las sombras no dice nada, sólo observa, con ojos predadores e inteligencia afilada, observa y calla.

Fuera de las sombras, a la luz amarillenta de las farolas, las diminutas gotas de lluvia brillan fugaces, antes de morir y formar charcos. Desilusionadas por su breve viaje, ahora se entretienen, imitando a la luna en la punteada superficie del agua encharcada. La luna, medio embozada por nubes oscuras, mira desde arriba y, como la sombra que se esconde entre las sombras, calla. A la sombra no le importa mojarse, lo prefiere, le mantiene atento y despierto. Vigilante.

El destartalado inmueble de cuatro plantas que la sombra acecha, ha ido cerrando, uno tras otro, los párpados de sus ojos de 60 vatios. La sombra piensa: los edificios se duermen de pronto, con el ruido cortante de persianas viejas, como guillotinas ejecutando a la luz. Pronto, sólo un ojo se mantiene abierto. En ese ojo, como pupila errante, la sombra de una mujer aferrada a un teléfono, se mueve de un lado a otro, nerviosa. La sombra sonríe y piensa que el edificio ha entrado en fase REM.

Desde donde está, la sombra no puede oír la voz de la mujer. Pero la adivina, asustada, nerviosa, como el resto de noches, alterándose a medida que no la hacen caso, reclamando sus derechos, rogando, suplicando al fin. También puede imaginar las excusas del otro lado del hilo: “falta de personal, no existe orden de alejamiento, no ha cometido ningún delito, bla, bla, bla”. Sonríe cuando ve la sombra de la mujer tirar el teléfono contra la pared. Después, la persiana baja de golpe, violenta. Pero no cierra del todo,-benditos edificios viejos-, el ojo único es sustituido por cientos de pequeños ojos a través de los cuales la silueta de la mujer aún se adivina, con la frente pegada al cristal, llorando y mirando hacia donde intuye a la sombra.

A la sombra le encanta saber que ella está llorando. Sí. Merece la pena empaparse, congelarse de frío e incluso las aburridas esperas. Todo lo da por bueno sólo a cambio de saber que ahora es ella la que llora. Cuando ella se marchó de casa por aquella estupidez, por dos bofetadas de nada, fue él quien lloró. Por hoy ya está bien - piensa - y se marcha calle abajo, una sombra entre las sombras, para que ella, desde la ventana, no pueda saber si sigue ahí o no. -Hasta mañana cariño- dice sin mover los labios.
Más abajo se cruza con dos ratas. Las ratas salen huyendo. Él no.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[20] Hablaron 


 Había una vez un lobito bueno
al que maltrataban todos los corderos

José Agustín Goytisolo 

La soledad no está sola.
Tiene una legión de acompañantes
que son incapaces de darse compañía.
Por eso la soledad nunca está sola.

La libertad no es libre.
Hay millones de labios aprisionándola,
haciéndola suya, reclamándola,
obligándola a ceder su nombre.
No. La libertad no es libre.

La esperanza está desesperanzada.
A ella, que es lo último que se pierde,
la encantaría perderse.
Cansa ser el último refugio.
Agota tanta gente, desesperada, aferrándose a ti.
Por eso la esperanza no tiene esperanza
y se reclina en divanes de psiquiatras.

El hambre está saciada.
No tiene hambre.
Revienta de cadáveres que atrapa
entre sus dedos, pulcros y rechonchos.
Obesa, en su mantel de tierra seca,
el hambre come todos los días.

La verdad nos ha engañado desde siempre,
y la mentira es la única en quien podemos confiar,
porque ella es cierta, e inmutable, y siempre está.

Y además, contradictoriamente, hoy…
mis ganas de vivir están desganadas,
mi risa llora, y mi llanto se ríe a carcajadas.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[22] Hablaron 


Nací con la marca de los que persiguen lunas.

Quisiera poder adocenarme entre vosotros, ser uno más, un traje gris diluido en este océano de grises que os inunda…pero me está vedado, porque nací con el estigma de los que anhelan estrellas y las persiguen, en vano, atravesando prados blancos de escritura, y no conozco otro mar que el de las rimas, ni navego hacia otras costas, que los erizados acantilados de mis versos.
Sí, llevo esa marca. Y por llevarla, debo observar todo con otros ojos distintos a los vuestros.
Quisiera poder ser un engranaje más en ésta máquina infernal que habéis construido, andar entre vosotros, hablar como vosotros, desfilar a vuestro lado, camuflarme, en definitiva, como una sombra más entre las sombras…Pero esto… me está negado, porque nací con la señal en el alma, de los que arrastran versos por la lluvia, persiguiendo la belleza en cada cosa.
No sé muy bien porque soy heredero y portador de ésta cicatriz que hoy me condena y que hace mi alma distinta de las vuestras.
Pero sé que no puedo renunciar a ella.

Me ofrecéis que me retracte y me diluya.
Me conmináis a renunciar a la belleza.
Me invitáis, amablemente, a que resulte productivo igual que se lo ofrecisteis antes que a mí al último músico, al último de los pintores…
Me lo ofrecéis igual que a ellos, e igual que ellos hoy yo os digo:
No puedo.

Porque prefiero caer hoy como el último poeta
que malvivir como una pieza entre las piezas.

Estas fueron las últimas palabras del último poeta, antes de que le hicieran callar. No diré su nombre. No es importante.
Cuando regresábamos a nuestros habitáculos de reposo, desfilando en columna de a cuatro, después de haber presenciado la ejecución, comencé a notar sensaciones extrañas en la cabeza. Mientras atravesábamos la calle 10A en perfecta formación no pude evitar alzar un momento los ojos al cielo. Empezaba a llover.
El cielo lloraba.
El encargado de la vigésima planta de producción, que desfilaba a mi lado, llamó mi atención y tuve que mirar de nuevo al cogote del productor 75RRT que caminaba, marcial, delante de mí.
Al llegar a mi habitáculo de reposo no he podido evitar escribir estas líneas.
Estoy en el ángulo muerto de la cámara de “control automatizado de correcto descanso”, pero aún así tengo miedo.

Miedo que me muerde las entrañas
y la sangre de las venas envenena,
miedo de haber nacido con la marca
del que persigue la luna y las estrellas.

Madrid. 15 de diciembre del 2070

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[23] Hablaron 

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