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Por si acaso viniese alguién por aquí, a revisitar estas ruinas, que sepa que levanté una nueva casa:

Breves desencuentos

Será bien recibidos.

Lo escribió Gabi y lo guardó en General
Nadie dijó nada aún 


Ya está publicado el segundo número de la revista literaria “Prosofagia”. Recoge una selección de cuentos de los miembros del foro Prosófagos y, entre ellos, hay uno, “Puro teatro”, de un tal Gabi. ¿A alguien le suena?

Haciendo “click” en la imagen podréis conseguir la revista en formato pdf o en sus versiónes para calameo e issue.

A por ella…

Gracias a Pepsi por la imagen. ¡Artistaza!   

 

 

 

 

Lo escribió Gabi y lo guardó en General , Noticias Breves
[2] Hablaron 


Donde nos llevo la imaginación…

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[2] Hablaron 


En el Foro literario “Prosófagos”, en el que tengo el placer de participar desde hace algún tiempo, ha visto la luz una nueva revista literaria, Prosofagia, en la que he tenido la oportunidad de colaborar. Aquí os dejo los enlaces:

 

 

 

Revista Literaria Prosofagia

 

Espero poder volver a escribir aquí  en cuanto el trabajo me deje un poco de tiempo.

Mientras tanto, saludos a todos.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
Nadie dijó nada aún 


            Querido Pablo:

          Sé, sin ninguna duda, que no te llegarán estas letras. Sin embargo, esta cruel certeza no me resta un ápice de entusiasmo en mi intención de, al menos, intentarlo.  Mañana echaré esta carta, como tantas otras, al atestado buzón de correos, con la vana esperanza de que algún día las autoridades decidan abrir la mano en lo respectivo a las comunicaciones con nuestra amada tierra. Este aislamiento, nefasto y absurdo, se mantiene ya por demasiado tiempo. Yo, por mi parte, no desisto porque, como supondrás, sigo siendo la misma cabezota de siempre. Es demasiado tarde para cambiar.

         Sin embargo, el ostracismo al que os veis sometidos no es efectivo en ambos sentidos. El éxodo de nuestra gente se sigue produciendo como un goteo lento e interminable. Algunos llegan en un estado realmente deplorable, que hace que se me encoja el corazón. Llegan desde todos los rincones de nuestra patria, desconcertados y exhaustos, pero con un inconfundible brillo de esperanza en los ojos. Cada vez que advierto ese fulgor en sus miradas, no puedo evitar sentir una terrible congoja al recordar esa misma luz en mis pupilas, cuando me vi obligada a emprender, hace ya tantos años, su mismo viaje. El anhelo de libertad es un poderoso combustible, Pablo; tú lo sabes. Sin embargo, administrar sin ti esta libertad de la que ahora dispongo se me está haciendo largo y terrible. No quiero con esto criticar la vida acá fuera. Sería injusto y desagradecido con esta nueva tierra acogedora y cálida. Sólo es que, invariablemente, cada mañana, sin poder evitarlo, se me instala en el pecho una nostalgia insoportable.

         Con cada nuevo desembarco de recién llegados, suelo acercarme al muelle para buscar entre sus rostros rasgos conocidos, por si alguno pudiera darme nuevas de ti. Ayer, al fin, tras fijarme con detenimiento, reconocí en un hombre alto y delgado a Simón, nuestro antiguo y querido vecino. ¡Dios mío! Observar sus arrugas y la multitud de canas que ahora le pueblan la cabeza me hizo ser consciente de todo el tiempo transcurrido. Él, sin embargo, me reconoció de inmediato; se le llenaron los ojos de lágrimas y nos fundimos en un interminable abrazo. ─No has cambiado nada─ me dijo emocionado. Por supuesto, es cierto; no he cambiado nada. Simón estaba enormemente aliviado y agradecido por encontrar una cara amiga. El instante del desembarco puede llegar a ser un momento de soledad terrible, Pablo; mi presencia lo tranquilizó y lo animó. Ahora le estoy ayudando a instalarse y espero que, con mi apoyo, su adaptación sea más fácil de lo que fue la mía. Le irá bien aquí.

        Sé por él de tu absoluta soledad desde mi marcha, y del abatimiento crónico en que te has sumido en los últimos tiempos. Creo que hubiese preferido no saberlo. Me duele imaginarte aún más sólo desde la partida de Simón. Me ha contado que cada vez hablas con mayor frecuencia de salir de allí, de reunirte conmigo. Me ha contado que estás casi decidido; y me cuesta creerlo, Pablo; a ti siempre te dio terror el viaje. No quiero que lo hagas; aún no. No soportaría que pudiese perderte para siempre en la travesía. He visto los rostros desencajados y pálidos de los que esperaban impacientes, al recibir la noticia de que aquellos a quienes aguardaban no lo habían conseguido. No quiero pasar por eso.

        Deja actuar al tiempo, Pablo; sólo te pido eso: un poco más de paciencia. Yo la tendré también. Existo sólo para el día en que el rostro que vea descender al muelle sea tu rostro, los brazos que me abracen sean tus brazos, y estemos, al fin, juntos de nuevo. Rezo hasta la extenuación por ello. Así, tal vez, juntos como siempre quisimos,  el tiempo no parezca estirarse hasta el infinito para hacer de los días una espera interminable, y esta eternidad en que te espero, sea, al fin, algo más corta.

        Tuya siempre,

        Alicia.

Espero que os haya gustado. Carmen, me temo, tendrá que seguir esperando algún tiempo en el cajón; aunque no consigo olvidarme de ella por completo. Mientras tanto llegó Alicia y me susurro estas líneas. Vuevo a lamentar (ya es una costumbre) mi ausencia y mi falta de comentarios. Estuve siempre por aquí y agradecí de corazón cada comentario, cada recuerdo y cada sonrisa.

Gracias por todo

Gabi

 

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[13] Hablaron 


CARMEN EN EL CAMINO

Carmen y Estrella aprietan el paso bajo la lluvia que arrecia. La carretera por la que transitan no ofrece refugio posible a las caminantes que, si bien al principio tomaron las primeras tímidas gotas de la tormenta estival casi como un bálsamo benefactor capaz de ahuyentar el terrible calor que soportaban, ahora veían con preocupación como el cielo se licuaba encima de ellas con la furia de un marido celoso ausente de casa demasiado tiempo. Así son las tormentas de verano en esa parte del país; repentinas y rabiosas como una pataleta, como si el cielo estallase en un llanto colérico de niño pequeño que no consigue lo que quiere. Brutales y breves. Y por eso, víctimas de esa rabieta, Carmen y Estrella corren ahora hacia delante por la carretera encharcada, provocando en cada una de sus rápidas zancadas, nuevas y diminutas tormentas a sus pies. Ninguna de las dos se para a pensar en lo absurdo de correr hacia ninguna parte en medio de nada; no corren para encontrar abrigo de la lluvia porque saben de sobra que no lo va a haber en aquel páramo despoblado, corren porque cuando llueve hay que correr. Corren, tal vez, porque correr hacia ninguna parte es lo que  han hecho toda su vida. El aguacero termina como empezó, sin previo aviso. Ellas, sin embargo, no se dan cuenta hasta pasado un rato,  y prosiguen su alocada carrera empujadas por la inercia de la huída. La lluvia, impulsiva y caprichosa, se va dejándolas empapadas y exhaustas, doblados los cuerpos intentando encontrar algo de aire que llevar a sus pulmones, doloridos los músculos de las piernas poco acostumbrados a soportar el esfuerzo de carreras desbocadas.

Carmen es la primera en recobrar aliento. – Por lo menos ya no hace calor- dice entre jadeo y jadeo, y lo dice acompañado de una sonrisa de resignación que sale de su boca para cruzar el aire y contagiar la boca de Estrella, y allí, pasar de sonrisa a risa y acabar mutada en carcajada incontrolable que las dos comparten durante un rato sin ser capaces de detenerla ni de articular palabra. –Estás patética- dice Estrella cuando consigue apaciguar un poco la convulsiva risa que la domina. –Tú estás de pasarela- contesta su amiga. Al rato, cuando los ecos de las risas de las dos mujeres toman el mismo camino que tomó la lluvia, todo queda, durante un tiempo, en un silencio opaco, solo aliviado por el sonido de sus respiraciones ya apaciguadas. Carmen se aparta con la mano el pelo mojado que cae sobre sus ojos

–¿Qué hacemos ahora? – pregunta y se extraña ella misma al tiempo que lo enuncia. Normalmente Estrella dice lo que hay que hacer sin necesidad de que se le pregunte.

Sin embargo, este pensamiento no lleva una carga de reproche hacia su amiga, simplemente Estrella es así. Ella siempre sabe lo que hay que hacer y a Carmen le gusta que así sea. Por eso esta mañana cuando escaparon siguiendo los planes de Estrella, Carmen no dudó ni un instante. A Carmen no le gusta dudar. Para ella el verbo dudar murió el día que conoció a Estrella.

- Seguir andando ¿Qué vamos a hacer? Más adelante igual encontramos un sitio para secarnos y cambiarnos la ropa. Venga, vamos. Estrella empieza a caminar con paso firme, rompiendo los reflejos de los charcos a su paso, Carmen la sigue, un reflejo ella misma de su compañera. - ¿Crees que nos siguen, Estrella? Pero Estrella no contesta. Estrella se desploma de pronto sobre el asfalto desgastado de la vieja carretera comarcal. El color azul de los charcos, reflejo del cielo que hace sólo un instante castigó con sus llantos caprichosos a  las dos mujeres, se va tiñendo lentamente de carmesí, y Carmen, en un delirio absurdo, sin comprender aún lo que le ha sucedido a su compañera, piensa que nunca ha visto pintados de ese color los labios de la mujer que ama, y por eso tal vez, se abalanza sobre el cuerpo inmóvil de Estrella y repitiendo su nombre  en letanía, moja la punta de sus dedos en el charco que se forma bajo su amiga, y pasa las yemas teñidas de rojo por los labios ya quietos de Estrella que yace en el suelo sin saberse muerta, alcanzada por un disparo que llegó, como la tormenta de verano de hace unos instantes, inesperado y lleno de furia. Cuando los dos hombres armados descienden del coche desde el que se efectuó la detonación  que acabó con una bala en el pecho de Estrella, Carmen se abraza con más fuerza al cadáver y se deshace, como el propio cielo nuevamente sobre ellas, en lágrimas; lágrimas que según caen de sus mejillas se tiñen del mismo color carmesí que viste los labios de su amiga muerta. Con Estrella en el suelo, incapaz de decir ya lo que hay que hacer, vuelven a la cabeza de Carmen todas las dudas que ella ahuyentaba con su presencia. Los dos hombres se acercan. Las dudas no durarán mucho. 

Hace algún tiempo escribí el texto que acabáis de leer. Pretendía ser el principio de mi primera historia algo más larga de lo normal, en realidad, nació con pretensiones de novela. Siempre sospeché que no tengo la  paciencia necesaria para escribir una novela. Sin embargo, poco a poco, fui avanzando. De hecho, esa fue una de las causas que me mantuvieron alejado de aquí durante tanto tiempo. Llegué a desarrollar un volumen de trabajo que me sorprendió incluso a mi mismo. En realidad, algo increíble para alguien como yo que tiene la inconstancia como bandera. Sin embargo, hace algunos meses, empecé a dudar no de mi constancia (indudable) sino de mi talento, El resultado de esas dudas fue el abandono de Carmen y de su historia… Y ahora, desde hace algunos días, noto que Carmen me llama de nuevo para que cuente su historia. Pero me temo que a la pobre Carmen la responden mis dudas y mi pereza. Por eso me he decidido a subir este primer texto aquí. Necesito ánimos, críticas, comentarios, preguntas… En realidad no sé lo que necesito. Creo que sólo quiero saber si con esta pequeña introducción Carmen consigue que queráis saber su historia. Eso es todo. Gracias por seguir por aquí, pese a mi inconstancia.

Gabi.       

   

    

  

 

 

 

 

Lo escribió Gabi y lo guardó en Historia de Carmen
[21] Hablaron 


Los músicos no se retiran: paran cuando no hay más musica en su interior.

Louis Amstrong

No sé como podría describiros este silencio para que fueseis capaces de sumergiros en él conmigo. Yo, desde luego, hasta que me envolvió no había conocido nada similar y, por lo tanto, carezco de referencias para poder compararlo con algo que os pueda aportar el más mínimo dato. Creo que ni siquiera la palabra silencio es capaz de abarcar este vacío.

 

Tal vez lo mejor sea referir como empezó. No fue un estallido, ni una explosión atronadora capaz de destrozarme los tímpanos. Ojalá hubiese sido así. Eso podría explicarlo todo. Pero sólo fue eso, silencio, un silencio absoluto e incontestable, tiránico, una barrera infranqueable y cruel entre mi cerebro y los sonidos del mundo exterior.

 

Coincidió con el final de la última nota de la canción. Los armónicos de aquel postrer acorde vibraban aún en el aire, empecinados, queriendo sostener aún en su fragilidad todo el peso de la sincera emoción  que me había embargado nada más comenzar a escuchar los compases inaugurales de aquella desgarradora y ,hasta entonces, desconocida melodía. Pero un simple acorde no puede sobrellevar tal carga y, al igual que el cauce de un pequeño río no podría aunque quisiera albergar toda el agua del mundo, todos los sentimientos que se afanaban, casi desbocados, por encontrar un acomodo en mi pecho se desbordaron, incontenibles, por la débil grieta que les brindaron mis ojos. Y así, mis lacrimales fueron la esclusa por la que fueron desaguando; aquella fue la vía de escape que impidió que me reventara el pecho.  Y lloré. Lloré, y ojalá pudiera decir que como un niño, pero no sería cierto. Los niños saben casi siempre porque lloran. No era mi caso. Yo lo ignoraba por completo, o al menos ahora creo que elegí ignorarlo. De no ser así, tendría que plasmar aquí demasiado dolor y demasiada alegría, demasiada tristeza y demasiadas esperanzas; tal fue la mezcla de sensaciones que comenzaron a girar en mí, convertidas en un loco remolino, dueño absoluto aunque involuntario de mi corazón, apenas empezaron a llenar el aire viciado de aquel viejo y querido bar, las primeras notas de aquella última canción. Luego, al diluirse los ecos apenas ya perceptibles de aquel último acorde, como he dicho, llegó el silencio. Ni un sólo sonido ha vuelto a abrirse paso hasta mi entendimiento desde entonces.

 

Puede que mientras hayáis leído estas líneas os haya conmovido la compasión por mi estado, o incluso, ahora que releo mi propio escrito, haya sido yo culpable de trasmitir sin quererlo la sensación de ser digno de lástima. Siento si ha sido así. En realidad, desde que mis oídos decidieron cerrarse al mundo aquella tarde, con la indudable intención de capturar y hacer permanecer cautiva aquella melodía en mi cerebro, mi mundo se llenó de música. Debéis saber que jamás me sentí más lleno, y que aquellas notas evocadoras y mágicas, danzan ahora incansables y eternas por mi cabeza, sin distracciones ni equívocos. Es mi canción, pues, y la poseo sin posibilidad de alteraciones. Es mi canción y la conservo tal y como la escuché en aquel momento único y maravilloso. Es mi canción y la conservo en mi corazón, tal y como quiero conservarla.

¿Queréis tal vez saber el título de aquella canción?, ¿quizá su autor? Lo siento. No puedo ayudaros. Creo además que carece de importancia. Es más que probable que mi canción no sea la vuestra.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[15] Hablaron 


-         ¡Hay que hacer algo ya! –dice el más joven e impetuoso de la pequeña familia de cuatro miembros. Ayer mismo le dieron a Mamá un susto de muerte cuando entró en la despensa a buscar galletas.

-         ¡Menudo grito que pegó! –comenta divertido el padre- la oyeron hasta en la casa de al lado.

A la madre, es obvio, no le hace gracia recordar el incidente. Consiguió salir a  duras penas de la despensa, y ahora no es capaz de entrar en ella sin hacer antes mucho ruido para asustar a los posibles visitantes.

-         No tiene ninguna gracia. Era grandísimo y asqueroso –no puede evitar sentir un escalofrío al evocar su inesperado encuentro y se estremece. El padre la abraza tranquilizador.

La hija mayor, que hasta el momento ha escuchado la conversación apoyada en la pared, embutida en su cotidiano disfraz de absoluta indiferencia por todo lo que pase entre los muros de aquella casa, decide salir de su mutismo voluntario por primera vez desde que comenzase la improvisada reunión familiar.

-         Yo ayer ví a otro paseando tan tranquilo por el centro del salón.

-         ¿Por qué no lo has contado antes? Interroga el padre

-         ¿Para qué? Nunca me hacéis caso, y cuando me lo hacéis no entendéis lo que digo. Vosotros si que dais asco y no esos pobres bichos.

-         Ya estamos. Te voy a arrear un bofe….

-         ¡Ya está bien! -El grito casi histérico de la madre ha conseguido interrumpir el avance del padre hacia su hija- Vamos a ver, –continúa ahora más tranquila- la rebeldía preadolescente de la niña tendrá que esperar. Hay cosas mucho más urgentes. ¿Qué piensas hacer para acabar con ellos?

Todas las miradas se centran ahora  expectantes en el padre, a la espera de la sabia solución del patriarca de la familia.

-         Veneno. He oído que lo más efectivo es el veneno. Las trampas también van bien para estos casos,  al parecer, pero son mucho más engorrosas. Así que no hay duda, será veneno. De hecho, me han hablado de uno fulminante.

Dos días después…. 

La casa hierve de actividad. Un pequeño ejercito de policías y personal sanitario pulula en aparente caos, alrededor de los cuatro cadáveres sentados en la mesa de la cocina.

-         La familia típica al completo ¿eh? – Gonzalo Pas, inspector de homicidios recién llegado a la supuesta escena del crimen se dirige con su habitual acento socarrón a Emilio Dóriga, médico forense de la policía- Papá, mamá, jonathan y Vanesa, ¿no? ¿No tenían perro?.

Como toda respuesta, Dóriga señala un rincón de la cocina donde yace con la lengua fuera de la boca y tan desproporcionadamente hinchada como la de sus cuatro dueños, “Coco”, el Fox terrier de la familia.

-         Ya veo. ¿Qué coño ha pasado aquí, Dóriga?

-         Pues eso tendrás que decirlo tú, colega. Para eso te pagan. Yo lo más que te puedo decir es que las cuatro tazas de desayuno tenían más estricnina que corn-flex. Ah, y el cuenco del perro lo mismo.

Gonzalo Pas se rasca desconcertado la cabeza, en la que empiezan a bullir descabelladas hipótesis y posibles soluciones. Examina a fondo los cinco cadáveres, buscando la más mínima pista que le permita elaborar una conjetura creíble. Busca, en fin, un punto de partida.

El padre, mientras tanto, sigue las evoluciones de Pas por la cocina con sus inteligentes ojos negros, desde su privilegiada y oculta situación encima del armario.

-Funcionó, piensa, ha funcionado- Absorto en la escena que se desarrolla ante sus ojos no oye acercarse las pisadas diminutas y furtivas de sus dos hijos y su mujer.

- ¿Habéis visto? Ha funcionado.

- Si papá, si, ha funcionado. -la voz del pequeño ratón se llena de ironía- Antes sólo teníamos cuatro y el perro, y ahora mira que ejército.

- No pasa nada, hijo. Está todo previsto. Antes o después querrán tomar un café.

 

Dedicado a Elen que no sabe lo que es rendirse. :)  

Besos

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[18] Hablaron 


Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.

Pablo Neruda

Pongamos un sábado plomizo, pongamos un mes de agosto. Pongámoslo en una ciudad costera, prostituida y turística, una de esas ciudades que duplica en verano los cuerpos que la habitan, que comprime sus almas para que le quepan todas,  que satura sus rincones, que atasca sus calles. Pongamos la lluvia además. Pongámosla para reducir aún más si cabe el espacio habitable, para confinar el cielo, para dar el toque de queda, para invocar el ridículo sobre el desquiciado festival de camisetas multicolores, bermudas y chancletas.  Pongamos la lluvia, si. Pero pongamos entonces un refugio, un salvamento, un faro guiando a los miles y miles de turistas descontentos. Pongamos, es obvio, un centro comercial, luz para polillas humanas privadas del sol del que se creen acreedoras. Pongámoslo  desbordado, rebosante, atascado. Pongamos los ríos de coches intentando llegar e impidiendo marchar, pongamos los pasillos repletos, las tiendas atestadas, los gritos, las risas, el murmullo incesante de miles de bocas, los llantos de los niños exigiendo caprichos, las discusiones de los padres, los móviles sonando sin parar; sumémosle la megafonía lanzando al aire enrarecido sus ofertas de última hora, sus niños perdidos y  sus interminables coches mal aparcados.

Pongamos ahora, una vez establecido el escenario, los actores principales de esta historia. Pongamos un hombre. Situémosle sentado en un banco de la arteria principal del centro comercial. Pongámosle inclinado, con los codos apoyados en los muslos, las palmas de las manos sujetando el peso, aparentemente insoportable, de su propia cabeza. Pongámosle con los ojos cerrados. No, mejor aún, los ojos abiertos, muy abiertos tal vez, pero mirando nada. Sí, la mirada fija y perdida a la vez en un punto desconocido para nosotros situado en el escaparate de la tienda de enfrente. ¿Dé qué es la tienda? No importa. Ya lo pensaremos más tarde si es que hay que definirlo. Tampoco es sustancial en el hombre su vestimenta ni su aspecto. Pongamos quizás  un hombre de unos cuarenta años, un hombre cualquiera, sin rasgos sobresalientes. Su apariencia, ya sabéis, no es fundamental. Dejémoslo de momento, sentado en su banco, inmóvil, casi una estatua, excepto quizá por el apenas perceptible movimiento de sus labios que se abren y cierran como si nuestro hombre hablara ininterrumpidamente. Es imposible saber si lo hace o no; el bullicio del centro comercial mata cualquier otro sonido antes de nacer. Dejémoslo así de momento decía, como un pez boqueante ante el cristal de su acuario imaginario.

Ahora busquemos más a fondo. Busquemos rápidamente entre la marea de clientes un segundo protagonista. Una mujer tal vez, quizás un niño. Sí, podría ser el niño pequeño incansablemente reclamado por megafonía: “Se ha perdido el niño de cuatro años Miguel Fernández. Lleva camiseta naranja con dibujo de spiderman…”. Si, fijémonos en él. Incluso así, a vista de pájaro, no es fácil localizarle con el único dato de la camiseta naranja entre el tropel policromado de compradores que rebosa nuestro escenario. Pero lo hacemos, le encontramos. Para eso la historia es nuestra y necesitamos encontrarle. El niño de la camiseta con dibujo de Spiderman, camina lloriqueando desconsolado entre la multitud. Por desgracia para él, aún no ha aprendido que para que le hagan caso tiene que llorar más fuerte. Por eso nadie se fija en él salvo para esquivarle como a un obstáculo, como a un estorbo; igual que esquivan al hombre que prosigue incansable su salmodia inaudible, sentado en el banco con la cabeza apoyada en las palmas de las manos. El niño perdido pasa por delante del banco de nuestro hombre y allí, se detiene. Se detiene porque sus pequeñas orejas son capaces de escuchar por encima del tumulto la letanía que surge de los labios del hombre y se reconoce en lo que escucha. Se detiene y con los ojos llorosos y la voz temblona habla al hombre, y éste, abandona por un segundo el lejano mundo más allá del cristal del escaparate de la tienda de enfrente, y fija su mirada en los ojos del niño, y comprende. Luego toma de la mano al niño, se levanta, y salvando un bosque impenetrable de cuerpos, camina con paso más o menos firme hasta el mostrador de información dónde, histérica de preocupación, la madre del niño de la camiseta naranja de spiderman, les recibe entre sollozos agradecidos y recriminaciones al niño. Luego, el hombre vuelve con paso cansado a su sitio en el banco, y se vuelve a sentar con la misma postura inmutable, y sus ojos se dirigen de nuevo a un mundo más allá del escaparate de la tienda de enfrente, y su boca comienza a entonar su impertérrita retahíla de murmullos. Bajemos ahora el volumen ensordecedor del bullicio, poco a poco, podemos hacerlo, es, al fin y al cabo, nuestra historia. Bajémoslo ahora, y acerquemos nuestro oído a la boca del hombre, que, ajeno a nuestra maniobra, sigue recitando sin parar. “Estoy perdido, estoy perdido, estoy perdido”.  Quitemos ahora la lluvia, dejemos sólo los charcos en el aparcamiento del centro comercial, turbios espejos que pronto reflejaran a la gregaria muchedumbre disponiéndose a volver a casa tras su agotadora tarde de compras. Alejémonos ahora, despacio, sin ruido. Así podremos oír todavía, mientras nos vamos, los ecos lejanos de la impersonal megafonía rezumando su eterna cantinela de ofertas y avisos, y, entre estos tal vez, solo tal vez, alguien anuncie al fin que un hombre se ha perdido.

 

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[34] Hablaron 


Muchacha en la ventana (Salvador Dalí)

Lo verdaderamente irónico de esta absurda historia es que a Jorge Leire jamás le gustaron los puzzles. Debido a ello, cuando terminó de rasgar el elegante papel que envolvía la caja que su mujer le regaló el día de su cincuenta cumpleaños, no pudo disimular una pequeña mueca de disgusto.

-         ¿Un puzzle? – preguntó.

-         Si, cariño – contestó ella- he pensado que ahora vas a tener más tiempo y que debes tener la cabeza entretenida.

La cabeza entretenida para no pensar. No pensar por ejemplo en la empresa que te prejubila a pesar de que tú sepas que tienes aún tanto que ofrecer; no pensar en los hijos que se han ido ya a estudiar lejos y que no llaman tanto como debieran; no pensar en las largas tardes de tedio a rellenar; no pensar tampoco en tu mujer que en ese momento te regala un puzzle de 10000 piezas, a pesar de saber que nunca te han gustado los puzzles; no pensar en que no eres lo que quisiste ser; no pensar, hacer puzzles.Y sin embargo, pese a su disgusto inicial, un mes después de su cumpleaños, en una tarde de lunes, estéril  y agria, como disfrazada de domingo, Jorge Leire comenzó el puzzle de 10000 piezas que una vez completado ofrecería al mundo el cuadro de Salvador Dalí “Muchacha en la ventana”. Dos días más tarde, Jorge Leire vivía por y para el puzzle, se detenía apenas para comer y aliviar sus necesidades y contestaba con monosílabos de circunstancias a las preguntas de su esposa, a la que ya ni siquiera fingía escuchar. No es exagerado afirmar que, para Leire, su mundo empezaba y terminaba en el tablero de madera  encima del cual desplegaba y manipulaba las pequeñas e interminables piezas de “Muchacha en la ventana”. Después de cinco días, en los que prácticamente no durmió, salvo pequeñas concesiones al sueño en la propia silla en la que trabajaba, una pequeña pero terrible intuición comenzó a abrirse paso en la obsesionada mente de Leire. Comenzó como un fogonazo, diminuto pero aterrador, restallando en ese rincón de la cabeza donde nacen nuestros peores temores, una pregunta incompleta que abría, sin embargo, un completo abanico de miedos, un ¿y si…? una interrogación  que el cerebro de Jorge se negaba a completar y descartaba con un: “No, es imposible”. La pregunta, no obstante, volvía con recurrencia a asomarse a su pensamiento consciente igual que la muchacha del puzzle se asomaba a la ventana. Pronto, la intuición empezó a convertirse en una convicción negada. ¿Cuántas veces insistimos en negar lo evidente? “No, no puede ser. Esto no puede estar pasando” –nos decimos- aunque todos nuestros sentidos nos digan lo contrario. El séptimo día la evidencia fue tal que ni el más esperanzado optimista hubiese podido negarla: faltaba una pieza en “Muchacha en la ventana”.La misma obsesión que había empleado en juntar, una a una, las nueve mil novecientas noventa y nueve piezas que ahora se acoplaban perfectamente encima del tablero, la empleó Leire en buscar la pieza diez mil. No quedó un rincón de la casa en que no mirase, incluso tres o más veces, movió los armarios, rajó las fundas de los sofás, arrancó los rodapiés por si la pieza, traviesa, se hubiese deslizado entre estos y el suelo. Después de tres días de búsqueda alocada e incesante, en la que no cejó un instante a pesar de las protestas desesperadas de su mujer, el cerebro de Jorge acabó por sucumbir a la realidad: la pieza diez mil no aparecería. En el número de teléfono que figuraba en el certificado de garantía del puzzle, una grabación de una voz de mujer, átona e impersonal, informaba del cese de operaciones de la empresa fabricante del puzzle, y rogaba fuesen disculpadas las molestias. Tras pulsar el botón de terminar llamada de su teléfono inalámbrico, Leire dejó la mirada tan perdida como parecía estar la pieza número diez mil. Una hora después salía a la calle sin dar ningún tipo de explicación a su esposa. No volvió hasta la noche, una vez que no quedó en la ciudad una sola librería por visitar, ni una sola juguetería en la que preguntar. La evidencia había sido tan abrumadora como desoladora: no quedaban existencias del puzzle de diez mil piezas “Muchacha en la ventana”.

Dos ausencias llamaron la atención de Leire esa noche cuando llegó a su casa. Al lado del hueco, oscuro, impenetrable y ya conocido de la pieza diez mil, otro hueco se abría paso. Faltaba otra pieza.

Cuando Jorge Leire quiso preguntar a su esposa por la ausencia de la segunda pieza se dio cuenta de que ella tampoco estaba. En su lugar una nota de despedida coronaba el fogón de la cocina. Sólo leyó la primera línea, no quiso saber nada de la desesperanza de su mujer, de su desolación, arrugó la nota, la tiró a la basura y comenzó a buscar enloquecidamente la segunda pieza desaparecida. Esa noche permaneció vigilante, la mirada, fija y enrojecida, en el hueco obsceno e inexplicable que mancillaba el centro del puzzle. Sólo descansó un minuto, rendido al fin a las innumerables noches sin dormir, sin embargo fue suficiente. Al abrir los ojos, una tercera pieza había desaparecido, y ampliaba la nada que parecía querer apoderarse del tablero. Cuando desapareció una quinta pieza, Leire no se molestó ya en buscarla.

Un mes después de que colocase la primera pieza de “Muchacha en la ventana”, Jorge Leire pasa las horas sentado en la silla, con la mirada perdida en un árido tablero de madera, tan vacío como su propia vida.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[18] Hablaron 

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