CARMEN EN EL CAMINO

Carmen y Estrella aprietan el paso bajo la lluvia que arrecia. La carretera por la que transitan no ofrece refugio posible a las caminantes que, si bien al principio tomaron las primeras tímidas gotas de la tormenta estival casi como un bálsamo benefactor capaz de ahuyentar el terrible calor que soportaban, ahora veían con preocupación como el cielo se licuaba encima de ellas con la furia de un marido celoso ausente de casa demasiado tiempo. Así son las tormentas de verano en esa parte del país; repentinas y rabiosas como una pataleta, como si el cielo estallase en un llanto colérico de niño pequeño que no consigue lo que quiere. Brutales y breves. Y por eso, víctimas de esa rabieta, Carmen y Estrella corren ahora hacia delante por la carretera encharcada, provocando en cada una de sus rápidas zancadas, nuevas y diminutas tormentas a sus pies. Ninguna de las dos se para a pensar en lo absurdo de correr hacia ninguna parte en medio de nada; no corren para encontrar abrigo de la lluvia porque saben de sobra que no lo va a haber en aquel páramo despoblado, corren porque cuando llueve hay que correr. Corren, tal vez, porque correr hacia ninguna parte es lo que  han hecho toda su vida. El aguacero termina como empezó, sin previo aviso. Ellas, sin embargo, no se dan cuenta hasta pasado un rato,  y prosiguen su alocada carrera empujadas por la inercia de la huída. La lluvia, impulsiva y caprichosa, se va dejándolas empapadas y exhaustas, doblados los cuerpos intentando encontrar algo de aire que llevar a sus pulmones, doloridos los músculos de las piernas poco acostumbrados a soportar el esfuerzo de carreras desbocadas.

Carmen es la primera en recobrar aliento. – Por lo menos ya no hace calor- dice entre jadeo y jadeo, y lo dice acompañado de una sonrisa de resignación que sale de su boca para cruzar el aire y contagiar la boca de Estrella, y allí, pasar de sonrisa a risa y acabar mutada en carcajada incontrolable que las dos comparten durante un rato sin ser capaces de detenerla ni de articular palabra.

–Estás patética- dice Estrella cuando consigue apaciguar un poco la convulsiva risa que la domina.

–Tú estás de pasarela- contesta su amiga.

Al rato, cuando los ecos de las risas de las dos mujeres toman el mismo camino que tomó la lluvia, todo queda, durante un tiempo, en un silencio opaco, solo aliviado por el sonido de sus respiraciones ya apaciguadas. Carmen se aparta con la mano el pelo mojado que cae sobre sus ojos

–¿Qué hacemos ahora? – pregunta y se extraña ella misma al tiempo que lo enuncia. Normalmente Estrella dice lo que hay que hacer sin necesidad de que se le pregunte.

Sin embargo, este pensamiento no lleva una carga de reproche hacia su amiga, simplemente Estrella es así. Ella siempre sabe lo que hay que hacer y a Carmen le gusta que así sea. Por eso esta mañana cuando escaparon siguiendo los planes de Estrella, Carmen no dudó ni un instante. A Carmen no le gusta dudar. Para ella el verbo dudar murió el día que conoció a Estrella.

- Seguir andando ¿Qué vamos a hacer? Más adelante igual encontramos un sitio para secarnos y cambiarnos la ropa. Venga, vamos.

Estrella empieza a caminar con paso firme, rompiendo los reflejos de los charcos a su paso, Carmen la sigue, un reflejo ella misma de su compañera.

- ¿Crees que nos siguen, Estrella? Pero Estrella no contesta. Estrella se desploma de pronto sobre el asfalto desgastado de la vieja carretera comarcal. El color azul de los charcos, reflejo del cielo que hace sólo un instante castigó con sus llantos caprichosos a  las dos mujeres, se va tiñendo lentamente de carmesí, y Carmen, en un delirio absurdo, sin comprender aún lo que le ha sucedido a su compañera, piensa que nunca ha visto pintados de ese color los labios de la mujer que ama, y por eso tal vez, se abalanza sobre el cuerpo inmóvil de Estrella y repitiendo su nombre  en letanía, moja la punta de sus dedos en el charco que se forma bajo su amiga, y pasa las yemas teñidas de rojo por los labios ya quietos de Estrella que yace en el suelo sin saberse muerta, alcanzada por un disparo que llegó, como la tormenta de verano de hace unos instantes, inesperado y lleno de furia.

Cuando los dos hombres armados descienden del coche desde el que se efectuó la detonación  que acabó con una bala en el pecho de Estrella, Carmen se abraza con más fuerza al cadáver y se deshace, como el propio cielo nuevamente sobre ellas, en lágrimas; lágrimas que según caen de sus mejillas se tiñen del mismo color carmesí que viste los labios de su amiga muerta. Con Estrella en el suelo, incapaz de decir ya lo que hay que hacer, vuelven a la cabeza de Carmen todas las dudas que ella ahuyentaba con su presencia. Los dos hombres se acercan. Las dudas no durarán mucho.

 

Hace algún tiempo escribí el texto que acabáis de leer. Pretendía ser el principio de mi primera historia algo más larga de lo normal, en realidad, nació con pretensiones de novela. Siempre sospeché que no tengo la  paciencia necesaria para escribir una novela. Sin embargo, poco a poco, fui avanzando. De hecho, esa fue una de las causas que me mantuvieron alejado de aquí durante tanto tiempo. Llegué a desarrollar un volumen de trabajo que me sorprendió incluso a mi mismo. En realidad, algo increíble para alguien como yo que tiene la inconstancia como bandera. Sin embargo, hace algunos meses, empecé a dudar no de mi constancia (indudable) sino de mi talento, El resultado de esas dudas fue el abandono de Carmen y de su historia… Y ahora, desde hace algunos días, noto que Carmen me llama de nuevo para que cuente su historia. Pero me temo que a la pobre Carmen la responden mis dudas y mi pereza. Por eso me he decidido a subir este primer texto aquí. Necesito ánimos, críticas, comentarios, preguntas… En realidad no sé lo que necesito. Creo que sólo quiero saber si con esta pequeña introducción Carmen consigue que queráis saber su historia. Eso es todo. Gracias por seguir por aquí, pese a mi inconstancia. Gabi.

 

  

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[7] Hablaron 


Los músicos no se retiran: paran cuando no hay más musica en su interior.

Louis Amstrong

No sé como podría describiros este silencio para que fueseis capaces de sumergiros en él conmigo. Yo, desde luego, hasta que me envolvió no había conocido nada similar y, por lo tanto, carezco de referencias para poder compararlo con algo que os pueda aportar el más mínimo dato. Creo que ni siquiera la palabra silencio es capaz de abarcar este vacío.

 

Tal vez lo mejor sea referir como empezó. No fue un estallido, ni una explosión atronadora capaz de destrozarme los tímpanos. Ojalá hubiese sido así. Eso podría explicarlo todo. Pero sólo fue eso, silencio, un silencio absoluto e incontestable, tiránico, una barrera infranqueable y cruel entre mi cerebro y los sonidos del mundo exterior.

 

Coincidió con el final de la última nota de la canción. Los armónicos de aquel postrer acorde vibraban aún en el aire, empecinados, queriendo sostener aún en su fragilidad todo el peso de la sincera emoción  que me había embargado nada más comenzar a escuchar los compases inaugurales de aquella desgarradora y ,hasta entonces, desconocida melodía. Pero un simple acorde no puede sobrellevar tal carga y, al igual que el cauce de un pequeño río no podría aunque quisiera albergar toda el agua del mundo, todos los sentimientos que se afanaban, casi desbocados, por encontrar un acomodo en mi pecho se desbordaron, incontenibles, por la débil grieta que les brindaron mis ojos. Y así, mis lacrimales fueron la esclusa por la que fueron desaguando; aquella fue la vía de escape que impidió que me reventara el pecho.  Y lloré. Lloré, y ojalá pudiera decir que como un niño, pero no sería cierto. Los niños saben casi siempre porque lloran. No era mi caso. Yo lo ignoraba por completo, o al menos ahora creo que elegí ignorarlo. De no ser así, tendría que plasmar aquí demasiado dolor y demasiada alegría, demasiada tristeza y demasiadas esperanzas; tal fue la mezcla de sensaciones que comenzaron a girar en mí, convertidas en un loco remolino, dueño absoluto aunque involuntario de mi corazón, apenas empezaron a llenar el aire viciado de aquel viejo y querido bar, las primeras notas de aquella última canción. Luego, al diluirse los ecos apenas ya perceptibles de aquel último acorde, como he dicho, llegó el silencio. Ni un sólo sonido ha vuelto a abrirse paso hasta mi entendimiento desde entonces.

 

Puede que mientras hayáis leído estas líneas os haya conmovido la compasión por mi estado, o incluso, ahora que releo mi propio escrito, haya sido yo culpable de trasmitir sin quererlo la sensación de ser digno de lástima. Siento si ha sido así. En realidad, desde que mis oídos decidieron cerrarse al mundo aquella tarde, con la indudable intención de capturar y hacer permanecer cautiva aquella melodía en mi cerebro, mi mundo se llenó de música. Debéis saber que jamás me sentí más lleno, y que aquellas notas evocadoras y mágicas, danzan ahora incansables y eternas por mi cabeza, sin distracciones ni equívocos. Es mi canción, pues, y la poseo sin posibilidad de alteraciones. Es mi canción y la conservo tal y como la escuché en aquel momento único y maravilloso. Es mi canción y la conservo en mi corazón, tal y como quiero conservarla.

¿Queréis tal vez saber el título de aquella canción?, ¿quizá su autor? Lo siento. No puedo ayudaros. Creo además que carece de importancia. Es más que probable que mi canción no sea la vuestra.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[16] Hablaron 


-         ¡Hay que hacer algo ya! –dice el más joven e impetuoso de la pequeña familia de cuatro miembros. Ayer mismo le dieron a Mamá un susto de muerte cuando entró en la despensa a buscar galletas.

-         ¡Menudo grito que pegó! –comenta divertido el padre- la oyeron hasta en la casa de al lado.

A la madre, es obvio, no le hace gracia recordar el incidente. Consiguió salir a  duras penas de la despensa, y ahora no es capaz de entrar en ella sin hacer antes mucho ruido para asustar a los posibles visitantes.

-         No tiene ninguna gracia. Era grandísimo y asqueroso –no puede evitar sentir un escalofrío al evocar su inesperado encuentro y se estremece. El padre la abraza tranquilizador.

La hija mayor, que hasta el momento ha escuchado la conversación apoyada en la pared, embutida en su cotidiano disfraz de absoluta indiferencia por todo lo que pase entre los muros de aquella casa, decide salir de su mutismo voluntario por primera vez desde que comenzase la improvisada reunión familiar.

-         Yo ayer ví a otro paseando tan tranquilo por el centro del salón.

-         ¿Por qué no lo has contado antes? Interroga el padre

-         ¿Para qué? Nunca me hacéis caso, y cuando me lo hacéis no entendéis lo que digo. Vosotros si que dais asco y no esos pobres bichos.

-         Ya estamos. Te voy a arrear un bofe….

-         ¡Ya está bien! -El grito casi histérico de la madre ha conseguido interrumpir el avance del padre hacia su hija- Vamos a ver, –continúa ahora más tranquila- la rebeldía preadolescente de la niña tendrá que esperar. Hay cosas mucho más urgentes. ¿Qué piensas hacer para acabar con ellos?

Todas las miradas se centran ahora  expectantes en el padre, a la espera de la sabia solución del patriarca de la familia.

-         Veneno. He oído que lo más efectivo es el veneno. Las trampas también van bien para estos casos,  al parecer, pero son mucho más engorrosas. Así que no hay duda, será veneno. De hecho, me han hablado de uno fulminante.

Dos días después…. 

La casa hierve de actividad. Un pequeño ejercito de policías y personal sanitario pulula en aparente caos, alrededor de los cuatro cadáveres sentados en la mesa de la cocina.

-         La familia típica al completo ¿eh? – Gonzalo Pas, inspector de homicidios recién llegado a la supuesta escena del crimen se dirige con su habitual acento socarrón a Emilio Dóriga, médico forense de la policía- Papá, mamá, jonathan y Vanesa, ¿no? ¿No tenían perro?.

Como toda respuesta, Dóriga señala un rincón de la cocina donde yace con la lengua fuera de la boca y tan desproporcionadamente hinchada como la de sus cuatro dueños, “Coco”, el Fox terrier de la familia.

-         Ya veo. ¿Qué coño ha pasado aquí, Dóriga?

-         Pues eso tendrás que decirlo tú, colega. Para eso te pagan. Yo lo más que te puedo decir es que las cuatro tazas de desayuno tenían más estricnina que corn-flex. Ah, y el cuenco del perro lo mismo.

Gonzalo Pas se rasca desconcertado la cabeza, en la que empiezan a bullir descabelladas hipótesis y posibles soluciones. Examina a fondo los cinco cadáveres, buscando la más mínima pista que le permita elaborar una conjetura creíble. Busca, en fin, un punto de partida.

El padre, mientras tanto, sigue las evoluciones de Pas por la cocina con sus inteligentes ojos negros, desde su privilegiada y oculta situación encima del armario.

-Funcionó, piensa, ha funcionado- Absorto en la escena que se desarrolla ante sus ojos no oye acercarse las pisadas diminutas y furtivas de sus dos hijos y su mujer.

- ¿Habéis visto? Ha funcionado.

- Si papá, si, ha funcionado. -la voz del pequeño ratón se llena de ironía- Antes sólo teníamos cuatro y el perro, y ahora mira que ejército.

- No pasa nada, hijo. Está todo previsto. Antes o después querrán tomar un café.

 

Dedicado a Elen que no sabe lo que es rendirse. :)  

Besos

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[18] Hablaron 


Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.

Pablo Neruda

Pongamos un sábado plomizo, pongamos un mes de agosto. Pongámoslo en una ciudad costera, prostituida y turística, una de esas ciudades que duplica en verano los cuerpos que la habitan, que comprime sus almas para que le quepan todas,  que satura sus rincones, que atasca sus calles. Pongamos la lluvia además. Pongámosla para reducir aún más si cabe el espacio habitable, para confinar el cielo, para dar el toque de queda, para invocar el ridículo sobre el desquiciado festival de camisetas multicolores, bermudas y chancletas.  Pongamos la lluvia, si. Pero pongamos entonces un refugio, un salvamento, un faro guiando a los miles y miles de turistas descontentos. Pongamos, es obvio, un centro comercial, luz para polillas humanas privadas del sol del que se creen acreedoras. Pongámoslo  desbordado, rebosante, atascado. Pongamos los ríos de coches intentando llegar e impidiendo marchar, pongamos los pasillos repletos, las tiendas atestadas, los gritos, las risas, el murmullo incesante de miles de bocas, los llantos de los niños exigiendo caprichos, las discusiones de los padres, los móviles sonando sin parar; sumémosle la megafonía lanzando al aire enrarecido sus ofertas de última hora, sus niños perdidos y  sus interminables coches mal aparcados.

Pongamos ahora, una vez establecido el escenario, los actores principales de esta historia. Pongamos un hombre. Situémosle sentado en un banco de la arteria principal del centro comercial. Pongámosle inclinado, con los codos apoyados en los muslos, las palmas de las manos sujetando el peso, aparentemente insoportable, de su propia cabeza. Pongámosle con los ojos cerrados. No, mejor aún, los ojos abiertos, muy abiertos tal vez, pero mirando nada. Sí, la mirada fija y perdida a la vez en un punto desconocido para nosotros situado en el escaparate de la tienda de enfrente. ¿Dé qué es la tienda? No importa. Ya lo pensaremos más tarde si es que hay que definirlo. Tampoco es sustancial en el hombre su vestimenta ni su aspecto. Pongamos quizás  un hombre de unos cuarenta años, un hombre cualquiera, sin rasgos sobresalientes. Su apariencia, ya sabéis, no es fundamental. Dejémoslo de momento, sentado en su banco, inmóvil, casi una estatua, excepto quizá por el apenas perceptible movimiento de sus labios que se abren y cierran como si nuestro hombre hablara ininterrumpidamente. Es imposible saber si lo hace o no; el bullicio del centro comercial mata cualquier otro sonido antes de nacer. Dejémoslo así de momento decía, como un pez boqueante ante el cristal de su acuario imaginario.

Ahora busquemos más a fondo. Busquemos rápidamente entre la marea de clientes un segundo protagonista. Una mujer tal vez, quizás un niño. Sí, podría ser el niño pequeño incansablemente reclamado por megafonía: “Se ha perdido el niño de cuatro años Miguel Fernández. Lleva camiseta naranja con dibujo de spiderman…”. Si, fijémonos en él. Incluso así, a vista de pájaro, no es fácil localizarle con el único dato de la camiseta naranja entre el tropel policromado de compradores que rebosa nuestro escenario. Pero lo hacemos, le encontramos. Para eso la historia es nuestra y necesitamos encontrarle. El niño de la camiseta con dibujo de Spiderman, camina lloriqueando desconsolado entre la multitud. Por desgracia para él, aún no ha aprendido que para que le hagan caso tiene que llorar más fuerte. Por eso nadie se fija en él salvo para esquivarle como a un obstáculo, como a un estorbo; igual que esquivan al hombre que prosigue incansable su salmodia inaudible, sentado en el banco con la cabeza apoyada en las palmas de las manos. El niño perdido pasa por delante del banco de nuestro hombre y allí, se detiene. Se detiene porque sus pequeñas orejas son capaces de escuchar por encima del tumulto la letanía que surge de los labios del hombre y se reconoce en lo que escucha. Se detiene y con los ojos llorosos y la voz temblona habla al hombre, y éste, abandona por un segundo el lejano mundo más allá del cristal del escaparate de la tienda de enfrente, y fija su mirada en los ojos del niño, y comprende. Luego toma de la mano al niño, se levanta, y salvando un bosque impenetrable de cuerpos, camina con paso más o menos firme hasta el mostrador de información dónde, histérica de preocupación, la madre del niño de la camiseta naranja de spiderman, les recibe entre sollozos agradecidos y recriminaciones al niño. Luego, el hombre vuelve con paso cansado a su sitio en el banco, y se vuelve a sentar con la misma postura inmutable, y sus ojos se dirigen de nuevo a un mundo más allá del escaparate de la tienda de enfrente, y su boca comienza a entonar su impertérrita retahíla de murmullos. Bajemos ahora el volumen ensordecedor del bullicio, poco a poco, podemos hacerlo, es, al fin y al cabo, nuestra historia. Bajémoslo ahora, y acerquemos nuestro oído a la boca del hombre, que, ajeno a nuestra maniobra, sigue recitando sin parar. “Estoy perdido, estoy perdido, estoy perdido”.  Quitemos ahora la lluvia, dejemos sólo los charcos en el aparcamiento del centro comercial, turbios espejos que pronto reflejaran a la gregaria muchedumbre disponiéndose a volver a casa tras su agotadora tarde de compras. Alejémonos ahora, despacio, sin ruido. Así podremos oír todavía, mientras nos vamos, los ecos lejanos de la impersonal megafonía rezumando su eterna cantinela de ofertas y avisos, y, entre estos tal vez, solo tal vez, alguien anuncie al fin que un hombre se ha perdido.

 

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[34] Hablaron 


Muchacha en la ventana (Salvador Dalí)

Lo verdaderamente irónico de esta absurda historia es que a Jorge Leire jamás le gustaron los puzzles. Debido a ello, cuando terminó de rasgar el elegante papel que envolvía la caja que su mujer le regaló el día de su cincuenta cumpleaños, no pudo disimular una pequeña mueca de disgusto.

-         ¿Un puzzle? – preguntó.

-         Si, cariño – contestó ella- he pensado que ahora vas a tener más tiempo y que debes tener la cabeza entretenida.

La cabeza entretenida para no pensar. No pensar por ejemplo en la empresa que te prejubila a pesar de que tú sepas que tienes aún tanto que ofrecer; no pensar en los hijos que se han ido ya a estudiar lejos y que no llaman tanto como debieran; no pensar en las largas tardes de tedio a rellenar; no pensar tampoco en tu mujer que en ese momento te regala un puzzle de 10000 piezas, a pesar de saber que nunca te han gustado los puzzles; no pensar en que no eres lo que quisiste ser; no pensar, hacer puzzles.Y sin embargo, pese a su disgusto inicial, un mes después de su cumpleaños, en una tarde de lunes, estéril  y agria, como disfrazada de domingo, Jorge Leire comenzó el puzzle de 10000 piezas que una vez completado ofrecería al mundo el cuadro de Salvador Dalí “Muchacha en la ventana”. Dos días más tarde, Jorge Leire vivía por y para el puzzle, se detenía apenas para comer y aliviar sus necesidades y contestaba con monosílabos de circunstancias a las preguntas de su esposa, a la que ya ni siquiera fingía escuchar. No es exagerado afirmar que, para Leire, su mundo empezaba y terminaba en el tablero de madera  encima del cual desplegaba y manipulaba las pequeñas e interminables piezas de “Muchacha en la ventana”. Después de cinco días, en los que prácticamente no durmió, salvo pequeñas concesiones al sueño en la propia silla en la que trabajaba, una pequeña pero terrible intuición comenzó a abrirse paso en la obsesionada mente de Leire. Comenzó como un fogonazo, diminuto pero aterrador, restallando en ese rincón de la cabeza donde nacen nuestros peores temores, una pregunta incompleta que abría, sin embargo, un completo abanico de miedos, un ¿y si…? una interrogación  que el cerebro de Jorge se negaba a completar y descartaba con un: “No, es imposible”. La pregunta, no obstante, volvía con recurrencia a asomarse a su pensamiento consciente igual que la muchacha del puzzle se asomaba a la ventana. Pronto, la intuición empezó a convertirse en una convicción negada. ¿Cuántas veces insistimos en negar lo evidente? “No, no puede ser. Esto no puede estar pasando” –nos decimos- aunque todos nuestros sentidos nos digan lo contrario. El séptimo día la evidencia fue tal que ni el más esperanzado optimista hubiese podido negarla: faltaba una pieza en “Muchacha en la ventana”.La misma obsesión que había empleado en juntar, una a una, las nueve mil novecientas noventa y nueve piezas que ahora se acoplaban perfectamente encima del tablero, la empleó Leire en buscar la pieza diez mil. No quedó un rincón de la casa en que no mirase, incluso tres o más veces, movió los armarios, rajó las fundas de los sofás, arrancó los rodapiés por si la pieza, traviesa, se hubiese deslizado entre estos y el suelo. Después de tres días de búsqueda alocada e incesante, en la que no cejó un instante a pesar de las protestas desesperadas de su mujer, el cerebro de Jorge acabó por sucumbir a la realidad: la pieza diez mil no aparecería. En el número de teléfono que figuraba en el certificado de garantía del puzzle, una grabación de una voz de mujer, átona e impersonal, informaba del cese de operaciones de la empresa fabricante del puzzle, y rogaba fuesen disculpadas las molestias. Tras pulsar el botón de terminar llamada de su teléfono inalámbrico, Leire dejó la mirada tan perdida como parecía estar la pieza número diez mil. Una hora después salía a la calle sin dar ningún tipo de explicación a su esposa. No volvió hasta la noche, una vez que no quedó en la ciudad una sola librería por visitar, ni una sola juguetería en la que preguntar. La evidencia había sido tan abrumadora como desoladora: no quedaban existencias del puzzle de diez mil piezas “Muchacha en la ventana”.

Dos ausencias llamaron la atención de Leire esa noche cuando llegó a su casa. Al lado del hueco, oscuro, impenetrable y ya conocido de la pieza diez mil, otro hueco se abría paso. Faltaba otra pieza.

Cuando Jorge Leire quiso preguntar a su esposa por la ausencia de la segunda pieza se dio cuenta de que ella tampoco estaba. En su lugar una nota de despedida coronaba el fogón de la cocina. Sólo leyó la primera línea, no quiso saber nada de la desesperanza de su mujer, de su desolación, arrugó la nota, la tiró a la basura y comenzó a buscar enloquecidamente la segunda pieza desaparecida. Esa noche permaneció vigilante, la mirada, fija y enrojecida, en el hueco obsceno e inexplicable que mancillaba el centro del puzzle. Sólo descansó un minuto, rendido al fin a las innumerables noches sin dormir, sin embargo fue suficiente. Al abrir los ojos, una tercera pieza había desaparecido, y ampliaba la nada que parecía querer apoderarse del tablero. Cuando desapareció una quinta pieza, Leire no se molestó ya en buscarla.

Un mes después de que colocase la primera pieza de “Muchacha en la ventana”, Jorge Leire pasa las horas sentado en la silla, con la mirada perdida en un árido tablero de madera, tan vacío como su propia vida.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[16] Hablaron 


Estoy solo y no hay nadie en el espejo

Jorge Luis Borges

Él había adquirido poco a poco, desde niño, la virtud o el defecto según se mire, de adornarse de espejos. Es por esto que, desde siempre, le había resultado facilísimo relacionarse con los demás. Cualquiera que le viese tenía siempre la impresión de estar tratando con alguien realmente brillante (llevaba espejos, ¿recordáis?), alguien portador de una especie de luz propia que atraía inevitablemente al resto de personas. Si bien esta atracción era innegable, no bastaba por si sola  para que las personas permaneciesen por mucho tiempo a su lado. ¿Cuántos somos capaces de enfrentar permanentemente nuestro propio reflejo? Todos los que a él se acercaron acabaron por marchar desengañados; convencidos, eso sí, de haberle conocido perfectamente aunque en realidad nunca le hubiesen visto. Es por esto que aquel uniforme reflectante que él mismo se confeccionase, ya en su niñez, para ir por el mundo, acabó convirtiéndose en una mortaja iridiscente que, pese a todos sus brillos y destellos, no dejó nunca ya de ser una mortaja.

No puedo contestaros si eso le producía dolor. ¿Lo imagináis? Cuando intenté descubrirlo, asomando mis ojos escrutadores a sus ojos, sólo descubrí mi mirada solícita intentando descifrar los misterios que escondía, a través de su armadura de cristal. Me fue imposible por tanto, y sólo pude ver, en su andamiaje de espejos, el reflejo cansado de mi propia decepción. Me alejé de él,  como todos los demás.

No puedo saber si él lo sintió.

 

 

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[19] Hablaron 


La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo extremo hermosa.

Miguel de Cervantes 

Es tarde  –dice el poeta- Tal vez sea hora de que enciendas las luces.

Llevan una hora encendidas, señor –contesta la sirvienta.

 

Luego, la muchacha sigue con sus quehaceres sin prestarle demasiada atención, él mueve la cabeza persiguiendo los movimientos de ella por el salón, intuyendo su localización por los inevitables ruidos del continuo trajín. Mientras, más allá del territorio fronterizo formado por los ojos muertos del poeta, brotan de la tierra aún fértil de su imaginación siembras de versos que esperan la vendimia de una voz que los lance al aire. La vendimia no llega. Los versos pues, en escasos segundos, se marchitan y mueren.

 

La muchacha termina de ahuecar los cojines del sofá.

 

-         ¿Hoy no me dice versos el señor?

-         No. Hoy no. –contesta despacio, con un cansancio oscuro e impenetrable- Hoy son sólo para mí.

-         Se me está volviendo un triste, señor –reprocha ella llenando su voz de cascabeles- Anímese, que está  llegando la primavera.

-         No. La primavera se me va. Como tú. – Es difícil saber la profundidad de la tristeza que arrastran esas últimas palabras. Un agujero, una grieta, una sima, un abismo. Demasiada tristeza para que la soporten sólo dos pequeñas palabras de tan escasas sílabas “como tú” por eso, a la altura de la “m”, la voz se le quiebra en un pequeño sollozo que intenta ocultar. Ella finge no darse cuenta de nada.

-         Ya estamos otra vez –dice ella simulando un enfado que no siente- Otra vendrá y no se acordará de mi. Ya lo verá.

-         Sí, es posible –dice él, aparentando una entereza que no tiene- Vete ahora. Si debes irte es mejor que sea cuanto antes.

 

A ella le duele cada sílaba de aquellas palabras, y piensa en renunciar a todo y quedarse con él, tal vez un día más, una semana, un mes, un año… Piensa en seguir siendo la luz delante de sus ojos clausurados y la espita que abre sus versos más allá de aquellos velos, pero ya se ha entretenido demasiado. Las reglas que la guían son tan viejas como el mismo mundo.

 

-         Podría quedarme un rato más, señor, tal vez un último soneto.

 

Y se acerca a él, y apoyada en su hombro acerca sus ancianos labios al oído inquieto del poeta y susurra, y sus susurros llevan el viento y el mar hasta la triste habitación, y son el aire frío que corona las montañas, y son el cielo y el infierno ardiendo al mismo tiempo, y son el sol y la lluvia; y él se estremece y, una vez más, quizá la última, abre los labios y comienza a recitar, y sus palabras llenan el aire del sabor salado de las olas azotadas por el viento cabalgando en el lomo de sus versos.

 

Cuando todo termina, él, agotado y satisfecho, vuelve su mirada inútil al rincón de la habitación.

 

-         ¿Lo has anotado todo? –pregunta ansioso.

-         Como siempre, señor. -responde el joven- Es maravilloso. Desde el primero hasta el último verso.

-         Sí, lo es. -afirma el poeta- Pásalo a limpio, por favor. Y mañana llamas a mi editor, le mandas todo el material y le dices que hemos terminado. Este ha sido el último poema.

-         ¿El último señor?

-         Sí. Ella se ha ido ya.

-         ¿Ella? ¿Quién señor?

-         No importa.  Vete ahora.

Mientras el joven recoge sus cosas y apaga las luces, ve como en los límites de los lagos de agua estancada que son los ojos del poeta, brotan, apenas perceptibles, dos pequeños ríos de tristeza.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[21] Hablaron 


El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer.
Mariano José de Larra

Mentiré… pequeñas mentiras cotidianas para ir viviendo.
Bien… todo va bien.


Pulsa aquí para descargarla

Hay veces que mi cerebro se concilia con mis pies,
se van, absurdos y necios, buscando no saben qué,
ven rostros que son el eco de un grito que se escuchó
en la noche de los tiempos cuando aún no existía Dios.
Mentiré, mentiré…
No te preocupes por nada que aquí todo sigue bien.
Todo está oscuro, calles sin vida aún a las luces del mediodía,
del mediodía.
Cada tres baldosas una me pregunta que por qué
si suelo ir de siete en siete ahora voy de tres en tres,
luego de regreso a casa no hay nada especial que ver,
carril nuevo en la Atalaya, derribaron el cuartel.
Mentiré, mentiré…
No te preocupes por nada que aquí todo sigue bien.
Todo está oscuro, calles sin vida aún a las luces del mediodía,
del mediodía.
GM
 

Bueno, después del trabajo que supuso cambiar de casa, que hizo que no funcionasen algunas cosas, poco a poco (muy poco a poco lo reconozco) me voy poniendo al día. Ya se escuchan las canciones y en “Inventario de Cantos” las tenéis todas juntas.
Para que luego digan que no trabajo ;)

 

Lo escribió Gabi y lo guardó en Mis Canciones
[25] Hablaron 


Si no conocéis las anteriores historias de Monigote os invito a leerlas por orden cronológico en la sección La Increíble Historia de Monigote.
Monigote pasó una eternidad viviendo con la niña, aprendiendo de ella, llenando su bocadillo de letras para enseñarla todo lo que puede enseñar un monigote, respondiendo las ingenuas preguntas de la niña, dejándose hacer y deshacer mil veces.

Los dos disfrutaban especialmente jugando a disfrazar a Monigote. A veces de vaquero, añadiéndole un sombrero de cow boy y una sencilla pistola de dos rayas; otras de pirata sanguinario, con un improvisado parche ocultando el pequeño punto que le servía de ojo izquierdo; las más de las veces de aguerrido espadachín. En cuanto la punta del lápiz se apoyaba en su mano y trazaba la filosa línea de una espada, Monigote corría como un loco por todo el papel dando mandobles a diestro y siniestro, derrotando a imaginarios villanos que huían espantados ante la fiereza de su ataque. Por las noches, antes de que la madre de la niña la llamase para ir a lavarse los dientes y dormir, ella dibujaba una pequeña cama y Monigote se tendía en ella, agotado después de una dura jornada de juegos y aprendizaje. Buenas noches –decía ella- Buenas no… y aparecían estas letras en el globo del pequeño dibujo, pero antes de terminar, antes de llegar a la CH, ésta ya se había convertido en una Z, y luego en otra, y luego otra más, y el globo en el que, como por arte de magia, aparecían siempre los pensamientos del pequeño ser, se convertía en una nube, atravesada por una agotada procesión de somnolientas zetas.

Una noche todo cambio. Después de disfrazar a monigote de hombre importante, poniéndole corbata, bigote y un maletín, la niña se olvidó de borrarle el disfraz antes de acostarse. En todos los cuentos de amistad entre un niño y sus juguetes, el niño crece y el juguete es olvidado, y esos cuentos son tristes pero suelen acabar bien porque el niño, ya mayor, recuerda a su olvidado compañero y le sitúa en un sitio de honor. Esta historia, como veréis, no es una de esas historias.

La mañana siguiente a quedarse Monigote dormido con el bigote, la corbata y el maletín dibujados, se despertó con la extraña idea de que estaba malgastando su vida. Cuando al poco rato llegó la niña con el lápiz preparado, dispuesta a reanudar sus juegos, Monigote torció el gesto y el normalmente redondeado y algodonoso globo de sus diálogos se transformó en una especie de explosión inesperada al tiempo que, letra a letra, se iba llenando para formar la frase “Déjame, no tengo tiempo para juegos”. La punta del lapicero quedó inmóvil en el aire, incapaz de avanzar hasta acariciar el papel como tantas veces.

Perdona –dijo la niña- No sabía que estuvieses ocupado.

Lo estoy  –contestó Monigote- debo medir bien todo esto. Sus delgados brazos intentaron abarcar el cuadriculado papel donde residía. Vuelve más tarde si quieres –añadió- Ahora tengo mucho trabajo.

Ella borró la cama, limpió el papel y se fue.

Monigote se fue hasta la esquina superior izquierda del folio y comenzó a recorrerlo de margen superior a margen inferior al tiempo que iba contando sus pasos, cuando llegó abajo continuó hacia la derecha, sin dejar de llevar la cuenta. Luego, comenzó a inventariar cada uno de los pequeños cuadraditos de su actual mundo. Así estuvo ocupado durante todo aquel día y por eso, cada vez que la niña se acercaba para proponerle reanudar sus juegos, él la despedía, malhumorado y contrariado como ella nunca le había visto, porque la niña le molestaba y le hacia perder la cuenta y no le quedaba más remedio que volver a empezar.

Al acabar aquel día, Monigote sabía exactamente cuantos pies de monigote medía su mundo de derecha a izquierda y de arriba abajo, sabía también la longitud de la diagonal que atravesaba el folio y podía afirmar sin temor a equivocarse el número de pequeños cuadrados que ordenaban su universo. Así que ya estaba dispuesto a marchar a su pequeña cama para coger fuerzas para el próximo día que prometía ser también agotador, cuando reparó en que la niña no le había dibujado su cama ese día. Llamó y llamó, con toda la fuerza de su pequeño cuerpo, llamó y llamó tanto, que el globo donde aparecían sus gritos llegó a adueñarse de todo el papel. Pero no sirvió de nada. Al rato dejó de llamar y se dispuso a pasar la noche lo mejor posible, apoyada la espalda en el margen derecho. Pero echaba de menos las buenas noches de su niña y en su globo no acababan de aparecer las reparadoras zetas, y notó que le empezaba a picar el bigote y que le apretaba la corbata, y se sintió de repente muy sólo. Y supo con total certeza que nada de lo que en ese día había aprendido, ninguno de los dígitos que ahora atesoraba en su cabeza, le confortarían en ese momento, le arroparían, le harían sentir mejor y le darían, calidos y amables, las buenas noches.

Para Elen y sobre todo para Chiqui que me lo pidió. A las dos os lo debía hace tiempo. Besos.
 

Lo escribió Gabi y lo guardó en La Increíble Historia de Monigote
[20] Hablaron 


Los tres hombres forman un triángulo equilátero perfecto, sentados en las austeras sillas de madera, el tronco perfectamente pegado al respaldo, la cabeza erguida y la vista perdida en el infinito. En el punto central de esa irreprochable figura geométrica de vértices humanos me encuentro yo, vestido de blanco, hecho un ovillo espectral sobre mi mismo, maquilladas también manos y cara con un color pálido inmaculado, contrapunto perfecto del negro absoluto que visten mis tres compañeros. De pronto, uno de los vértices se incorpora e impostando la voz, habla:-         Soy el miedo a cambiar. – Me señala acusador– tu miedo absoluto, tu inmovilismo.Lo ha hecho perfecto. Los ensayos sirvieron para acentuar el dramatismo de la frase, de manera que al señalarme todo el público se sienta señalado. Yo, fiel al guión permanezco impasible. Desde el patio de butacas se oyen carraspeos incómodos, no es la primera vez desde que comenzó el segundo acto. He aprendido el lenguaje de los carraspeos, se diferenciar a la perfección los inevitables de los que trasmiten información. Este, sin duda, dice: “¿dónde me has metido? vamos a casa”. No estamos consiguiendo conectar, se palpa perfectamente en el denso ambiente del teatro. Las toses, el ruido de la gente removiéndose inquieta en sus asientos, al fondo incluso me parece escuchar risas mal disimuladas.

Otro de los vértices se levanta y señala al anterior.

-         Por tu culpa estamos como estamos –le reprocha inquisidor- Estancados.

El nerviosismo del público va en aumento. Cuando yo me levanto y con los brazos extendidos profiero un alarido espeluznante, prácticamente todo el aforo del teatro en vez de interpelarse por los motivos de mi grito (como pretendía y argumentaba el director de la obra), estalla en una sonora carcajada y empiezan a oírse los primeros silbidos. Por fortuna, el guión me obliga a recluirme nuevamente en mi postura de ovillo espectral (no olvidemos que según el director de la obra soy un feto, el embrión de un hombre nuevo) en la que no me resulta difícil disimular mi vergüenza. Enroscado sobre mi mismo, intento entrar de nuevo en situación –eres un feto, eres un feto- me repito incansable –eres un gilipollas- acabo concluyendo.

Mientras tanto, el tercer vértice del triángulo se sube encima de la silla y en cuclillas comienza a cacarear. Empiezan los insultos desde las filas traseras (siempre son las más valientes), entonces el vértice interrumpe su cacareo, se lleva una mano al pecho y con la otra se agarra al respaldo de la silla, de la que consigue bajarse a duras penas. Las otras dos intersecciones de las tres líneas imaginarias se miran interrogantes, aguantando el tipo. El tercer vértice se está saliendo absolutamente del guión, ahora de hecho, ha roto el triángulo y se dirige trastabillando al proscenio, desde mi posición fetal (en la que aún me mantengo) puedo ver que su rostro va adquiriendo una tonalidad cada vez más albina, abre y cierra la boca sin emitir sonidos y adelanta la mano derecha crispada, casi formando una garra (no sabría decir si en actitud de súplica o amenaza) hacia el público. Este ha enmudecido. La fuerza de la interpretación de mi compañero ha conseguido frenar las burlas y los insultos, todos los espectadores están ahora pendientes de sus movimientos casi agónicos por el escenario. Su recorrido ha durado apenas treinta segundos y, sin embargo, ha parecido prolongarse mucho más allá en el tiempo. Casi se diría que el propio tiempo se hubiese quedado a la expectativa, como todos nosotros, de lo que fuese a suceder.

Por fin, detiene su avance y en un susurro que solo el sepulcral silencio que se ha adueñado del teatro nos permite entender articula una palabra. ¡Ayuda!.

Luego se desploma, su cuerpo choca con las tablas del escenario percutiendo contra ellas, como el martillo de un juez imaginario que acabase de dictar sentencia. Sentencia de muerte. Atraviesa ese pensamiento mi mente mientras percibo que alguien, entre bambalinas, ha dado orden de bajar el telón y este está descendiendo ya, (acostumbrada barrera infranqueable entre lo real y lo ficticio, hoy sin embargo la realidad la ha atravesado). Nadie encima del escenario ha sido capaz de reaccionar aún. Tanto yo, embrión de la nueva humanidad, como mis compañeros, el progreso y el inmovilismo, miramos alucinados el cuerpo sin vida de quien hasta hace un minuto representaba el papel de la imaginación. Desde detrás del telón comienzan a hacerse oír los primeros aplausos. Tímidos y aislados al principio, pujantes y entusiastas luego, absolutamente enloquecidos después, atronadores y desbocados por último. Noto, casi como en un sueño, que alguien nos está empujando, forzándonos a atravesar el telón. Al otro lado nos espera todo el público puesto en pie. Como autómatas, saludamos y agradecemos los aplausos. Al inclinarme puedo ver el rictus que adorna el rostro inmóvil del cadáver de mi compañero (¿una sonrisa?), Eduardo Campano, cincuenta años, actor de quinta fila que odiaba el teatro moderno gracias al cual subsistía malamente y que jamás en sus treinta años de carrera escuchó una ovación como la que el público le está dedicando justo cuando él ya no puede escucharla; y pienso que ningún espectáculo nos fascina tanto como la propia muerte y no puedo dejar de preguntarme si el público ignora que la última escena no estaba en el guión o si, por el contrario, aplauden a rabiar precisamente porque lo saben y asimismo, no me abandona la metafórica idea de que a nadie entre el público parece importarle realmente la muerte de la imaginación.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[20] Hablaron 

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