La pena de muerte es signo peculiar de la barbarie.

Victor Hugo

 

Nunca había visto tanto odio reunido en una sola mirada como el que anida en esos ojos oscuros. Es el que está situado en el centro del grupo. Puedo verle incluso a través del saco de tela que cubre mi rostro. Quisiera poder decir que sus rasgos me son familiares, que le conozco, eso explicaría tanto odio. Pero no es así. No creo haberle visto en mi vida. Y sin embargo, él está ahí, a la espera de que den la voz de comenzar, con las manos ya cargadas. Se nota que es un buen observador de la ley. Lo que aprieta en sus manos tiene el tamaño exacto que está marcado. No puede matarme de un solo golpe y es lo suficientemente grande para recibir el nombre de piedra. ¿Por qué hay ese odio en sus ojos? Está impaciente, como el resto. Están deseando que esto empiece, seguramente tendrán planes para después. Yo también quiero que acabe cuanto antes, tengo el cuerpo entumecido, hace rato que no siento nada de cintura para abajo. Quieren que les de el gusto de llorar y suplicar, de entonar mis plegarias sollozando. Sé que no servirá de nada, sus corazones son más duros que las piedras que sujetan en sus manos. Están deseando palpar mi miedo, escuchar mis gritos. Ojalá pudiera hacerlo, ojalá pudiera permanecer erguida y orgullosa para negarles su última humillación. Pero tengo dormida la mitad de mi cuerpo, y tengo miedo. Mucho miedo. Ojalá confiase en que mi alma fuese más fuerte que sus piedras. Quizás lo sea. El del centro parece ir a estallar de odio. Sus ojos cargados de ira me duelen, me llevan a refugiarme en otros ojos. Él me miraba como ningún hombre me había mirado nunca, y el amor que sentía por mi me atravesaba como un relámpago, haciendo que nada importase, ni la ley, ni el castigo. Nada. Nuestro amor morirá hoy aquí, sepultado, pero al menos sus ojos me acompañan, están aquí conmigo, venciendo con su amor todo el rencor de los que me matan, y llevándome de la mano hasta él. Después de que arrojen la última piedra, iré con él, donde no puedan alcanzarnos con su filo  las aristas de las piedras. Hace un rato ya que les regalo mis llantos.Ya viene la primera. No ha dolido demasiado. La ha tirado el del centro, el de los ojos oscuros como la noche. También tirará la última.

Me permito reproducir un correo que llegó el otro día a mi buzón. Visitar el enlace no cuesta nada y tal vez, sólo tal vez, sirve de algo.

Gracias. 

Querido amigo,
Querida amiga,

Parisa, Iran, Khayrieh, Shamameh, Kobra, Soghra y Fatemeh son siete mujeres iraníes condenadas a morir lapidadas.
Quizá no tengamos mucho tiempo para actuar.

La República Islámica de Irán trata el adulterio como un delito castigado con la pena de muerte por lapidación, violando el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que garantiza el derecho a la vida y prohíbe la tortura.

Parisa, Iran, Khayrieh, Shamameh, Kobra, Soghra y Fatemeh han sido injustamente condenadas a la pena más cruel, inhumana y degradante, la de la pena de muerte.

Pero aún estamos a tiempo de parar su ejecución. Sabemos que podemos contar contigo. No te quedes en silencio.
Alza tu voz para intentar salvarlas.
 
Gracias por tu apoyo,

Esteban Beltrán
Director - Amnistía Internacional

 

 

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[35] Hablaron 


Me quedé como un cuadro a su pared pegado.

Enrique Urquijo.

Ella viene a verme todas las mañanas. Se sienta silenciosa en el sobrio banco de madera situado a tres metros de la pared en que descanso, con la espalda bien recta, las manos reposando sobre las piernas, la cabeza ligeramente inclinada, mirándome como si me descubriera por vez primera, como si no me hubiese visto durante una hora completa todas las mañanas desde hace cinco años.

 

No sé qué extraño imán esconderé que consigue atraerla invariablemente día tras día; no sé qué oculta belleza descubre en mi que hace que no haya faltado ni una sola ocasión a la cita. Es más extraño aún si cabe sabiendo como sé, que no soy ninguna obra cumbre. No soy la cúspide de ningún movimiento pictórico, ni el cuadro más representativo de ningún periodo, ni siquiera el mejor exponente de ningún artista. Soy, lo sé hace tiempo, una obra menor, colgada en un pasillo secundario de un museo de provincias, pintada hace mucho tiempo por un pintor mediocre al que sólo los muy entendidos conocen. Me pintó además entre dos periodos bien diferenciados de su carrera artística. Soy un cuadro de transición entre dos épocas pictóricas de mi insignificante creador; lo sé, y lo tengo asumido, aunque a veces por la noche, en la oscuridad del museo, atenazado por el eco de las pisadas del aburrido guardia de seguridad, duele saberse así de intrascendente. Es por esto que no consigo explicarme su constante presencia. No sé que es lo que consigo deslizar más allá de sus pupilas, tal vez hasta su corazón, para hacer de mi contemplación una rutina inexcusable. Si lo supiera tal vez podría hacer lo mismo con otra gente. Pero, ¿sabéis? No es necesario.

 

Cada mañana, de nueve a diez, yo también aprovecho para contemplarla a ella. Al principio recuerdo que no me pareció gran cosa, ahora no podría aguantar estar aquí colgado sin sus perpetuas visitas. Sí, yo también aprovecho para contemplarla a ella, y mientras ella se pierde en mis ocres oscuros y en el contorno de mis imperfectas formas, yo me pierdo en el azul de sus ojos y en las olas que alborotan el mar de su pelo. Al principio, repito, no me pareció gran cosa, pero ahora, cuando inclina interesada la cabeza para admirar en mi esa belleza que ella sabe descubrir y que los demás no ven, ya no me siento un mero óleo sobre lienzo, un cuadro de transición en la obra de un artista intrascendente, perteneciente a una corriente pictórica sin importancia. En ese instante, rutinario y mágico, en que ella inclina la cabeza y me mira, y yo me veo reflejado en sus pupilas, este viejo y polvoriento cuadro se siente, podéis estar seguros, como la obra cumbre de la pintura universal.

 

 

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[40] Hablaron 


Existe (estoy seguro) un limbo en el que habitan todas las canciones que aún no han nacido. Está muy próximo, según me contaron, a áquel en el que esperan los cuentos que aún no fueron inventados, y limita, a veces hasta confundirse, con aquel otro en el que aguardan las poesías, antes de ser llamadas por la pluma del poeta.

Algunas de esas canciones, me consta, son perezosas y esquivas. Se acostumbraron a deambular en su etéreo mundo inexistente, y sólo el trabajo y la constancia, hace que acerquen sus melodías a nuestro mundo (para ellas frío y banal) y salen casi a regañadientes, y algunas inundan el aire, suenan, brillan y luego, son olvidadas, efímeras víctimas de un mundo que necesita consumirlo todo, (y consumirlo rápidamente), y así sin remedio, son consumidas.

Otras canciones, en cambio, buscan por si mismas la salida, porque necesitan hacerse oír. Soy canción -se dicen- quiero existir para ser cantada, necesito que me escuchen, quiero hacer llorar, o sonreír, o enamorarse. Soy canción -se dicen-, y buscan la forma de serlo. Y así, comienzan a mostrarse, y a insinuarse, y a enseñarse, sólo a retazos.
Alba es una de esas canciones. Yo no la conocí hasta hace un tiempo, pero cuando llegó a mí ya llevaba días y días intentando escapar de su limbo imperfecto. Utilizó un medio que ya habían utilizado antes otras canciones para escapar. Ella quería contar una historia, así que se asomó al mundo real, capturó el dolor de una niña pequeña maltratada, tomó para si su nombre, y se la mostró a un artista llamado Adrià, con los ojos y el corazón abiertos. Alba se deslizó del cerebro de Adrià hasta sus dedos, se adueñó de su guitarra y allí, se convirtió en melodía, casi ya en canción.

(Adrià forma junto con Susana el dúo puntos suspensivos, los dos juntos han rescatado del limbo un buen número de canciones que podréis encontrar en su rincón. Pulsando aquí por ejemplo)

El caso es que Adrià, Susana y Alba (la canción que empezaba a asomar su cabeza) entrelazaron acordes, voces (la maravillosa voz de Susana) e ideas, pero Alba se aferraba aún, terca e incompleta, a su mundo. Nunca sabré por qué, pero Alba miraba recelosa las palabras que la ofrecían. Nunca sabré por qué, repito, pero debo agradecerlo, porque eso me permitió a mí formar parte de ésta historia. Cuando Adrià contactó conmigo por correo electrónico, para explicarme la historia que querían contar y ofrecerme formar parte de ello, debo reconocer que mi primer impulso fue decir que no, aducir exceso de trabajo y alguna otra excusa, pero una vez más, Alba (la canción) inventó su propio camino y supo hacerme cambiar de la mejor manera en que se me puede hacer cambiar: planteándome retos(Ella debía saberlo). Retos, porque yo nunca había escrito para otros, porque el tema era duro y complicado, porque la música sobre la que descansaría lo que escribiese no era mía. Retos. Y a pesar de que no conocía a Adrià y a Susana más que por un par de comentarios en el blog, me encantan los retos (y sus canciones).
Recibí por correo los primeros pasos de Alba, ella me susurró algunas ideas, las deseché, reconvertí algunas(”el monstruo del armario”), luego, una noche, sin esperarlo, Alba encendió la chispa, junté algunas palabras para ver si empezaba a andar y le dí un humilde empujoncito. Luego, Susana y Adrià la cogieron cada uno de una mano y la enseñaron a caminar, ya con paso firme.
Hoy la han puesto en su BLog , allí podéis escuchar a la pequeña canción recién nacida. Ha sido un parto largo y difícil, pero creo sinceramente que ha merecido la pena.

Alba ha nacido. Gracias Puntos suspensivos por dejarme formar parte de ello.
A vuestra disposición.

Pdta: No dejéis de usar el enlace para ir a su blog y escuchar la canción, y el resto de sus canciones. Merece la pena.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[27] Hablaron 


 No es la carne y la sangre sino el corazón lo que nos hace padres e hijos
Friedrich Von Schiller

Tiene en la mirada todo el brillo y el ardor del que está deseando entrar en batalla. Es lógico, aún no recibió heridas graves, más allá de los ligeros rasguños (y alguna que otra magulladura) propios de los pequeños guerreros. En nuestras incruentas guerras es mal estratega. Se lanza siempre abiertamente al ataque, sin tregua. Yo, que para mi pesar soy perro viejo, sé aprovechar la fuerza de su ataque, y sé que es mejor esperar a encontrar un flanco abierto que abalanzarse como un loco a la conquista. Justo allí, en los flancos que descuida, es donde hicieron nido sus cosquillas. La estrategia pues, es clara, reventar al enemigo a carcajadas, y levantarle del suelo, y subirle y bajarle, y ponerle boca a bajo hasta que pide clemencia, e indultarle luego, pero no tiene palabra (el muy traidor) y renueva siempre los ataques con redobladas fuerzas, incansable y feroz, y me dobla de la risa, y se me sube a horcajadas, y se me cuelga del cuello, y acabo siempre rindiéndome y rendido. Y jamás un fracaso tuvo un sabor más dulce, y cuando al fin entrego mis armas y me declaro vencido, encuentro en su sonrisa, mágica y clara, la recompensa a mi derrota, y así, aún y después de todo, celebro satisfecho mi victoria.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[23] Hablaron 


 Siempre hay un poco de locura en el amor, pero siempre hay un poco de razón en la locura.
Friedricht Nietzsche

- La luna es un agujero por el que se va a otro mundo de luz, distinto y mejor a este tuyo tan oscuro y frío.

Ella solía decirme esto, en las noches en que la luna desplegaba toda su oronda belleza, asomada a la ventana de nuestro pequeño piso, fijos sus ojos pardos en el cielo de nuestra vieja ciudad.

- Yo soy de allí y algún día te llevaré. Estoy deseando volver.-decía haciéndome gestos para que fuese a su lado a la ventana.- Cuando estés preparado.

Por aquel entonces yo era incapaz de resistirme a su llamada, a sus gestos de niña pequeña, asustadiza y traviesa a la vez, y a su invitación a jugar.
- Ya. ¿Y las estrellas que son? -contestaba yo, sacando a pasear mi tono más burlón de incrédulo empedernido.

- Pues lo mismo, tonto. Pero por una estrella tú no cabrías.- Luego me sacaba la lengua, con gesto de fastidio, y se hacía la enfadada, pero no era más que una invitación a la reconquista, que yo iniciaba inmediatamente hasta doblegar sus defensas de niña contrariada y hacerme dueño y señor de su sonrisa (su eterna sonrisa).

Yo no sé si ella era de verdad de un mundo de luz, pero puedo afirmar que desde el día en que apareció en mi vida, no quedaron rincones sin iluminar, ni resquicios de penumbra. La amé casi desde que la vi, y aún soy incapaz de comprender como ella pudo elegirme a mi, pero lo hizo, y no puedo explicar lo que me hacía sentir. Si un hombre nacido ciego, abriese los ojos y descubriese de pronto todas las formas y los colores del mundo, desplegándose alrededor suyo, supongo que se sentiría como me sentí yo al conocerla, maravillado pero también asustado, incrédulo y feliz ante el milagro.

La noche en que ella despegó, me recibió desnuda cuando llegué a casa. Sonreí, imaginando todo lo que el recibimiento prometía. Pero ella no sonreía, me miraba seria con sus enormes ojos color de tierra mojada, y yo me sentía incapaz de aguantar su mirada.
- Ya estás preparado -me dijo- Ha de ser hoy. Desnúdate y sígueme. Tiene que ser hoy, antes de que todo se estropee.
Pensaréis que estaba loco, pero la seguí. Me desnudé y la seguí, escaleras arriba en dirección a la azotea del antiguo edificio en que vivíamos. De habernos sorprendido algún vecino sin duda hubiera llamado a la policía, pero afortunadamente era ya tarde y todos dormían.
Cuando llegamos arriba la pregunté divertido -¿por qué desnudos?- sin poder aguantar la risa. Ella no se unió a mi, más bien al contrario me hizo un gesto de reproche -Allí no se puede viajar con ropa, podría engancharse en la punta de alguna estrella-.
Me dio la mano y se subió a la barandilla de piedra que coronaba la azotea.
- No hagas locuras- comencé a protestar, tirando suavemente de su brazo.
- ¿Locuras? -me dijo- Pensé que me amabas, que confiabas en mí, que estabas preparado.
- Te amo más que a nada en el mundo. - y no mentía -
- Entonces, sube aquí conmigo, yo no puedo hacerlo sola. Será maravilloso, verás.
Y en ese momento supe que iría con ella a cualquier parte que ella fuese.
La luna nos esperaba. El viento ayudó, alejando un pequeño grupo de nubes que amenazaban con ocultar nuestro objetivo.
- AHORA.  gritó ella, y saltó y vi recortarse su cuerpo (que tantas noches había sido mio), moreno y desnudo, contra la redonda puerta que nos daría paso a su mundo, su maravilloso mundo, luminoso y mejor.
Cuando ella gritó y saltó, me falto el valor, quise hacerlo, lo juro, pero mis pies se negaron a obedecerme. Me quedé en la azotea, alucinado, contemplando como ella iniciaba su vuelo. Sin mí.
Entonces, transcurrido apenas un interminable segundo desde que sus pies abandonaron la precaria seguridad de la barandilla para emprender su mágico viaje, comenzó a caer y os puedo asegurar que todo el tiempo que duro la caída, hasta que la perdí de vista, me estuvo mirando directamente a los ojos con sus pupilas negras reflejando la luna llena. Y os juro que, aunque cada segundo de mi vida repaso esa imagen en mi mente, no he conseguido ver en su mirada el más mínimo reproche. Solo un infinito amor.

Días más tarde los doctores que me atendieron me hablaron de su historial médico, de sus múltiples ingresos, de sus “delirios”, los llamaban ellos, de su patología. Podían hablar horas y horas, no importaba. Yo sabía que si en ese último segundo no la hubiese fallado, si hubiese saltado junto a ella, su vuelo no se hubiese interrumpido, hubiésemos entrado por la luna y ahora estaríamos juntos, por siempre, en su maravilloso mundo de luz. Y así, tal vez, yo ya no estaría aquí, solo, en la penumbra.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[25] Hablaron 


 Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos.
Martín Luther King

Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena.
Mahatma Ghandi

La verdad viaja a pie
Ramón Toca

El primer cadáver apareció hace cinco días a las seis de la mañana. Coincidió con las nevadas más fuertes de todo el invierno que, como hace veinte años, dejaron al pueblo totalmente aislado. Todos los indicios apuntaban a un suicidio, y sólo la insistencia de la viuda del finado, relatando el magnífico estado de ánimo de su marido en los últimos tiempos, podía inducir a pensar en otra cosa que no fuese que aquel desgraciado se había quitado de en medio, utilizando la poco original manera de colgarse de un viga. Jacinto Vergel, juez de paz titular del pequeño pueblo de doscientos habitantes, lo constató así cuando procedió a levantar el cadáver, aunque sus pensamientos sobre la poca imaginación de la gente a la hora de mandarlo todo al carajo se los guardó para sí mismo. Este penoso suceso no hubiera supuesto nada más que un triste acontecimiento en la leyenda negra del pueblo, si Vergel, en el momento de recibir aviso anunciándole la aparición de un segundo cadáver, no hubiese advertido un diminuto número uno dibujado con bolígrafo azul en la muñeca izquierda del ahorcado.

A lo largo de aquel día el viejo juez acabó hastiado de acudir a levantar cadáveres, todos ellos denotaban clarísimos indicios que hacían pensar en el suicidio, y no había más conexión entre ellos que el hecho de presentar en la muñeca, izquierda o derecha según el difunto fuese diestro o zurdo, una cifra numérica que se iba incrementando con cada muerte.

El alcalde del pequeño pueblo resultó de gran ayuda para Vergel ante la avalancha de trabajo, y su labor fue ímproba, hasta que apareció en los servicios del ayuntamiento con las venas cortadas y con un ochenta y nueve claramente escrito por encima del tajo, aunque prácticamente tapado por la abundante sangre. En la muñeca de la esposa de Vergel se pudo leer un noventa y nueve. Esto fue demasiado para el anciano juez, al que encontramos con un disparo en la sien y el, no por esperado menos estremecedor, número cien profanando la ajada y curtida piel de su muñeca. Recuerdo que pensé que era un extraño honor.
Después de la muerte del juez y del alcalde, me correspondió a mí como secretario del ayuntamiento y ante la ausencia de otras autoridades hacerme cargo de la espantosa situación. Resolví que los que aún permanecíamos con vida, debíamos juntarnos en algún edificio espacioso para así poder vigilarnos los unos a los otros. La fría y vieja iglesia ha sido el lugar elegido. De los cien supervivientes que aún quedábamos cuando Vergel decidió abrirse un respiradero en la cabeza solo han aparecido cinco. En algún lugar alguno de mis vecinos yace ahora con el número ciento noventa y cinco escrito en su cuerpo. Nuestra lóbrega iglesia permanece en un silencio casi espectral, la bóveda de piedra devuelve el eco de ese angustioso silencio, roto únicamente por el monótono golpeteo de la eterna gotera que el difunto párroco (número treinta y siete, creo recordar) no llegó nunca a reparar aunque las colectas de cada domingo estuviesen siempre dedicadas a su arreglo.
Los cinco aún permanecemos a la espera, aunque ellos aún no sepan a la espera de qué. Están arrodillados en los bancos, rezando sin duda. Es inútil, ella no nos perdonará. Ella era tenaz y siempre terminaba lo que empezaba. Si hace veinte años hubiéramos hablado, ella no nos estaría haciendo esto, pero ellos eran demasiado importantes y, al fin y al cabo, ella ya estaba muerta. Todo el pueblo calló. Todos callamos.

Ha desaparecido uno de ellos. No voy a buscarle. Probablemente esté a los pies del campanario. El ciento noventa y seis sin duda. No me importa lo que les pase a los otros tres. Sé que voy a ser el número doscientos, igual que sé a que se debe este extraño honor. Ella quiere que se sepa, por eso hace un rato me impulsó a empezar a escribir, y por eso, irremediablemente, cuando termine de relatar este horror me impulsará a trazar el número doscientos en mi piel. Espero que me deje elegir a mí la forma de hacerlo, aunque dudo que me conceda ese privilegio. De hecho, hace ya un rato que escucho dentro de mi cabeza su voz, amenazadora y susurrante, y a medida que escribo empiezo a notar que mi mano ya no es mi mano sino la suya…

He esperado veinte largos años, hasta que la nieve ha aislado este pueblo de cobardes, igual que entonces. Yo no pude recibir ayuda del exterior. Ellos tampoco. Doscientos.

Extraído del periódico (Crónica de Cantabria) 11 de Febrero de 2005

El más espantoso horror esperaba a los operarios de las máquinas quitanieves que hoy por la mañana, a primera hora, consiguieron por fin despejar la carretera de acceso al pequeño pueblo de Sel de Prados, en Cantabria. Los trabajadores encontraron muertos a todos los habitantes del pueblo, víctimas de un macabro y escalonado suicidio colectivo.
Aún se investigan las causas que desencadenaron este desgraciado suceso que tiene a toda la opinión pública conmocionada.

Extraído del periódico Crónica de Cantabria 17 de Febrero de 1985.

Juana Candil, vecina de la localidad cántabra de Sel de Prados, apareció muerta hace cuatro días en su domicilio. Este rotativo no tuvo noticia del hecho hasta ayer mismo, debido al fortísimo temporal de nieve que ha mantenido incomunicado al pueblo. Asimismo se ha encontrado en casa de la difunta una nota de suicidio, en la que la finada acusa a varios habitantes masculinos de la localidad de haberla golpeado y violado la noche del 6 de febrero, primer día del aislamiento. Según un portavoz de la guardia civil, ninguna de las acusaciones ha podido ser probada, ni se ha encontrado ningún testimonio en el pueblo que pueda corroborarlas, más bien por el contrario, todas las declaraciones de los vecinos apuntan a un claro estado de perturbación de Juana Candil.

Extraído del periódico (Crónica de Cantabria) 12 de Febrero de 2005

Continúan las investigaciones sobre los extraños hechos acaecidos en la localidad cántabra de Sel de Prados. Noticias recientes apuntan a la posible culpabilidad del secretario del ayuntamiento, último de los habitantes del pueblo en morir y que apareció en la iglesia parroquial con el número doscientos en su muñeca izquierda. Según fuentes de la guardia civil al lado de su cadáver fue hallada una carta manuscrita que aporta algo de luz a los misteriosos hechos, aunque no haya trascendido su contenido. Asimismo, al parecer, antes de quitarse la vida escribió en la pared del altar mayor, con su propia sangre la leyenda: “Ahora. Sin mentiras ni silencios, la verdad”.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[29] Hablaron 


Vive cada estación del año conforme transcurre, respira el aire, paladea la fruta y resígnate a las influencias de cada temporada
Henry David Thoreau

Nunca he creido en la palabra resignación

El otoño cierne ya sus largos dedos huesudos de rama deshojada sobre nuestras cabezas dispuesto a llenarnos el patio y la memoria de hojas muertas, y sin embargo le oponemos un viento fresco, alzamos la hojarasca, y la mandamos lejos.

El frío ya intenta atenazar nuestras manos, ayer cálidas y amantes, y pretende convertirlas en témpanos ateridos, en piedras con cinco carámbanos inútiles, incapaces de sentir más allá de sus propias yemas congeladas, y sin embargo, a fuerza de ternura y de caricias, permanece perenne el calor en nuestros cuerpos.

El loco pintor de nuestros escenarios comienza a redecorar el mundo con su bella y triste paleta cargada de apagados ocres, y la bóveda que nos cubre y nos protege llena de grises su antigua vestimenta, y sin embargo, en tu pupila y mi pupila no caben ya más colores cuando se encuentran.

Este año, amor, pasa de largo el otoño nuestra puerta.

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[34] Hablaron 


Es inútil volver sobre lo que ha sido y ya no es
Frederic Chopin

Fotografía: M. Fernández

La primera parte de este relato la podéis leer haciendo click aquí

Fue hace tres meses. No puedo atribuirme todo el mérito. En realidad, en el momento en que la lancé al cielo, el sol se sumergía ya en su acostumbrado baño de ocaso, y el apagado fulgor rojizo que desprendía al morir, se reflejó en mi obra, colmándola de matices que yo ni siquiera había podido imaginar. Me quedé asomado a la ventana de mi solitaria cabaña, paralizado, extasiado, henchidos los ojos de la belleza de lo que hacía pocos minutos era tan sólo una masa esponjosa y rebelde entre mis manos. Fue tan sólo un instante, por desgracia mi obra suprema surcó los cielos al atardecer, así que cuando el sol, indiferente a mi esfuerzo, le negó al cielo su luz, lo más maravilloso que jamás saliese de mis manos, se hizo invisible a mis ojos. El viento sur que sopló esa noche contribuyó a dispersar mi efímera obra maestra.

Seguí trabajando. Era mi obligación, pero el brío que hasta entonces animara mis manos, la fuerza que me movía a modelar sin descanso toda suerte de formas y de algodonosas abstracciones había desaparecido. Lo único que ocupaba mi alma y mi cabeza era la perfecta y caduca composición que lanzara al cielo ese mágico y maldito atardecer. Intenté repetirla, incluso obsesivamente, pero fue en vano, sólo formas anodinas y vulgares inundaban el día escapando de mis torpes manos, incapaces éstas de comprender cómo habían perdido su destreza.

Quince días después cedí por fin al cansancio y a la desesperación, moldeé un lecho entre las nubes que me han servido de materia prima todos estos años y tendiéndome en él, lloré. Lloré como el hombre que ha estado toda su vida persiguiendo una meta, y cuando de repente la alcanza, no era lo que él imaginara. Siempre pensé que el día que diese forma a mi mejor creación me sentiría completamente lleno y confortado. No ha sido así. Lo único que se me ha instalado en el pecho es un vacío desconsolado que sé que no seré capaz de llenar. El cielo, pues, no se merece mi decadencia.

Hace un mes, salí de mi cabaña y recorrí a la inversa el mismo camino que hiciera hace ya veinte años. Sobre mi cabeza, un telón añil sin la menor mancha me recordaba que no podía demorarme en cumplir mi misión.

Hace veinte días llegué a la ciudad. Después de veinte años sin el más mínimo contacto con seres humanos, volver a escuchar sus voces, a observar sus gestos, convertirme en espectador furtivo de sus cotidianos quehaceres ha sido desalentador. Uno no puede ser casi un Dios, y al día siguiente, pasar a pensar en la compra de cada día, y no añorar lo que ha sido. Sin embargo, encontré mi sustituto. Fue relativamente fácil. No me hicieron falta pruebas, no posee habilidades especiales, ni es un afamado artista. Simplemente me crucé con él en una esquina, se encontraron nuestros ojos y adiviné en él la misma pasión que me animaba a mí hace veinte años.

Hace tres días, abandoné, esta vez ya para siempre, mi olvidada y solitaria cabaña. Mi sustituto ha quedado trabajando, enfebrecido y feliz. No tengo más que levantar los ojos al cielo para comprobarlo. Es bueno, muy bueno. Llegará sin duda a ser mejor de lo que yo he sido. Cuando me alejaba montaña abajo, de la ventana de la cabaña surgió un castillo de nimbos, con las banderas a media asta, que interpreté como señal de homenaje y despedida. O tal vez solamente quise creerlo.

Hoy he vuelto a la casa de la que partí dejando la puerta abierta, aquel día en que se presentó ante mí Angel Cincel. No sabía bien qué es lo que debía decirte al tenerte enfrente. Cómo intentar que entendieses esta loca historia, o como conseguir que comprendieras por qué desaparecí de tu vida hace veinte años. Explicarte, tal vez, que no pasó ni un solo día en que bañado en mi mar de nubes no me doliese el alma de añoranza pensando en ti. No he sido capaz. Me he quedado inmóvil mirando por la ventana tu silueta al trasluz, me hubiese bastado llamar a la puerta para que mis ojos volviesen a ver tu cara, pero no he sido capaz. Simplemente me he alejado calle abajo, conservando tu rostro en mi memoria tal y como quiero conservarlo, teñido del rojo del crepúsculo, coronando un pedestal de cúmulos, tal y como se recortó contra el cielo cuando esculpí, hace ya tres meses, mi obra maestra.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[33] Hablaron 



En los ojos del niño toda la sed de saber, de aprender, de descubrir. Los ojos del anciano, en cambio, eran una fuente que se derramaba, un río desbordante de experiencias queriendo ser contadas. Así pues resultó natural que sus miradas se encontrasen una tarde y se reconociesen, el niño como quién podía calmar su sed y el anciano como alguien a quien brindar toda su agua.
Era una tarde, como digo, aplastante y calurosa como todas las tardes de aquel verano, eterno para el niño, un breve suspiro para el anciano.

El anciano sentado a la puerta de su vieja casa, pegada la espalda a la pared de piedra, intentando mantener su breve cuerpo dentro de la escasa sombra que el inclemente sol no le arrebata. A sus pies, un mundo de colillas aplastadas agonizaba aún.

El niño, las manos en los bolsillos del pantalón corto que odia (ya es mayor según él, los quiere largos), el puño cerrado dentro de la tela, apretando con fuerza un universo de canicas recién conquistadas en las batallas incruentas de la plaza del pueblo. Regresa a casa, a buscar el imperdonable bocadillo de mortadela, los sucios zapatos golpeando alternativamente una piedra, imaginario y caprichoso balón de la final de la Copa de Europa.
La piedra-balón no encuentra portería. Se desvía y atraviesa como una avalancha el terreno minado de colillas a los pies del anciano. Golpea, ya casi sin fuerza, las gastadas zapatillas de cuadros. La punta del bastón la aprieta, calibra su dureza y luego, de un golpe seco, la aparta a un lado.
- Ten más cuidado, chaval. ¿quieres dejarme cojo?
En un segundo se encuentran los ojos y ambos, muy dentro, se reconocen, uno como sediento caminante y el otro como fuente, y lo saben.
- Lo siento, Señor. Se me fue el tiro.
- No pasa nada, chaval. ¿Tú de quién eres?
El niño responde, casi como un autómata, resignado ya a la pregunta que le persigue desde que hace cinco días llegase al pueblo.
- Soy el nieto de la Señora Eugenia. Llegué hace cinco días. Vengo con mis padres a pasar el mes.
El anciano asiente. Le mira despacio, muy despacio.
- ¿El hijo de Encarni? Sí. Tienes los mismos ojos que tu abuelo. La misma cara de listo.
El niño va a seguir camino, una vez salvado el trámite. La mortadela espera.
- Bueno señor, adiós.
- Era un cabrón muy listo tu abuelo. El más cabrón, y el más listo.
Victoria para el anciano. Gol por toda la escuadra. Atención conseguida, público atento, auditorio entregado. La mortadela tendrá que esperar.
- ¿Le conoció?
- Ya lo creo que le conocí. Estuvimos juntos en el monte, allá arriba (El bastón se mueve, asciende sesenta y cinco grados y señala un punto en la montaña que domina majestuosa todo el pueblo) cuando llegaron y no nos quedó mas remedió que subirnos para allá para poder seguir luchando. ¡Qué cabrón tu abuelo!
Sigue hablando, y se le llenan las pupilas de pasado, y abre las esclusas de la memoria y se desbordan, y ya no sabe parar, y el niño lo absorbe todo, y se llena del verde de la montaña, de olor a pólvora, de emboscadas, de escaramuzas en una guerra que no entiende pero en la que había buenos y malos, y el bueno era su abuelo, que ya no es el abuelo muerto que no conoció sino un guerrillero heroico, listo y cabrón, y el anciano sigue hablando desbocado ya, imparable, y los ojos del niño se iluminan y brillan de admiración, y al anciano también le brillan, pero distinto, le brillan por la emoción porque sabe que el abuelo del niño, el amigo que cayó a su lado hace ya tantos años, en ese instante, por fin, ha ganado su guerra.

De quienes fueron los que se echaron al monte

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[26] Hablaron 


Un país, una civilización, se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales.
Mahatma Ghandi

Tras siglos y siglos de opresión un día, sin más, comenzaron a atacar los perros.
La centralita de la policía local de la pequeña ciudad se colapsó inmediatamente, incapaz de dar a basto a la cantidad de llamadas de personas que habían sido agredidas. Por lo que pudieron constatar los agentes, no se trataba de perros callejeros (hacía tiempo que habían sido erradicados) sino de perros domésticos que, desobedeciendo a sus amos, atacaban tanto a vecinos y familiares como a desprevenidos paseantes. En muchos casos las víctimas eran también los propios dueños de los animales.

Los agentes de la ley y el orden, desviaban todas las llamadas a la perrera municipal; por consiguiente, se colapsó también el número de la perrera. Los empleados se vieron desbordados incapaces de proceder a retirar a todos los perros agresivos y pronto, simplemente, dejaron de acudir a las llamadas de auxilio.

El comisario de policía se dio cuenta rápidamente de la gravedad de la situación y del alcance del ataque. Como era su obligación, decidió ponerlo en conocimiento del Excelentísimo Señor Alcalde. Al marcar el número privado del regente del consistorio, Marta, su mujer, le informó de que la máxima autoridad municipal viajaba en esos momentos en ambulancia en dirección al hospital debido a la cantidad de dentelladas que le había inflingido Buzzy, su Fox Terrier y de que ella se había librado de milagro encerrándose en casa y bloqueando la puerta del jardín, que hasta que uno de los guardias de seguridad no vació todo el cargador de su pistola en Buzzy no hubo manera de calmarlo, y que lo tranquilo que había sido siempre Buzzy y que fíjate ahora que parecía rabioso y todo y bueno, bueno, que no, que ahora no, que ahora ya estaba tranquilo del todo, que estaba muerto y bien muerto, y que de quién se podía fiar uno si su propio perro, y que…
El comisario adujo unas extrañas interferencias al tiempo que producía con su propia boca extraños ruidos y, finalmente, colgó. Consternado, se asomó por la ventana del despacho. Desde allí pudo comprobar como una pareja de sus agentes se las tenía con un enorme mastín del pirineo que les acorralaba contra una pared, al tiempo que un chiguagua le castigaba los tobillos duramente a uno de ellos. Mas lejos, al final de la calle prácticamente desierta, una señora corría hacía un portal perseguida de cerca por un pastor alemán. Se apartó de la ventana y encendió la radio. De esta manera supo que el fenómeno se reproducía por todo el país e, incluso, por todo el planeta. Nadie podía explicar la causa de la súbita agresividad de nuestros, hasta entonces, fieles amigos, pero lo que estaba claro era que se trataba de un ataque masivo y coordinado, y que no había distinción de razas ni de sexos. Por todo el mundo, perros y perras de todas las razas, colores y tamaños parecían poseídos por una extraña furia y estaban atacando despiadadamente a los seres humanos de todos los sexos, razas, colores y tamaños.

Aliviado al constatar que no se trataba únicamente de un problema local, y que por lo tanto no le correspondía solo a él tomar las decisiones, resolvió que lo mejor sería esperar órdenes de mayores instancias. Para cuando llegaron esas órdenes el número de víctimas de ataques era incontable, la policía y las ambulancias no daban a basto, los servicios de urgencias eran insuficientes y los hospitales estaban repletos.

En diez días todo terminó. Fue necesaria la colaboración del ejército y de todas las policías, pero al final de esos diez días no quedó vivo ni un solo perro sobre la faz de la tierra. No hubo piedad ni indulto posible.
Expertos en seguridad, en veterinaria, en zoología y en muchísimos otros campos se pusieron rápidamente de acuerdo sobre que no había habido otra solución. Todos echaríamos de menos a nuestros queridos amigos, pero, al fin y al cabo, ellos se lo habían buscado. Muerto el perro se acabó con él la rabia.
Cuando concluyó la matanza el comisario de la pequeña ciudad fue a su casa a descansar. Cleo, su pequeño y querido gato siamés le recibió como siempre, restregándose meloso contra su pierna, pero sin ocultar nunca una cierta mirada de indiferencia. El comisario se agachó para acariciarle. Le tenía mucho cariño a Cleo y, al fin y al cabo, tras la desaparición de los perros, los gatos eran ya la última especie animal con la que el hombre aún compartía el planeta. Los animales salvajes se habían extinguido hace mucho tiempo, debido a las altas temperaturas y a la falta de vegetación, y los domésticos se habían ido rebelando, especie tras especie, y se había hecho necesaria su supresión. Otras especies, como los peces de acuario por ejemplo, contra el más elemental instinto de la supervivencia, simplemente, se dejaron morir como absurda muestra de protesta. La última traición y la más dolorosa había sido la de los perros. No se muerde la mano que te da de comer. ¿Por qué no pudieron simplemente aceptar la superioridad de la especie humana?

El comisario acariciaba a su pequeño gato con toda su ternura y Cleo ronroneaba agradecido. Entonces comenzó el ataque. Mortal, preciso, sin dar tiempo a la reacción. Al fin y al cabo pertenecía a la especie del más fiero depredador que ha existido nunca. Cuando finalizó, Cleo miró a su amo con sus enormes y vidriosos ojos interrogándole, incapaz de entender porque le había matado. Las órdenes habían sido claras: eliminar de manera preventiva a todos y cada uno de los gatos del planeta.
Luego, el comisario tiró el cadáver a la basura.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[21] Hablaron 

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