Papá dice que no hay nada en el armario, que todo está en mi cabeza, que tengo demasiada imaginación y que debo empezar a portarme como un hombrecito, que ya voy teniendo edad. Papá debe tener razón, porque es el papá más bueno del mundo. Pero el caso es que yo no consigo no sentir miedo, y por mucho que me repito que los ruidos que oigo me los estoy inventando yo, no puedo evitar que me empiece a entrar un vacío en la tripa, que hasta ganas de mear se me ponen del puro miedo que paso, y eso es peor aún porque soy incapaz de levantarme al baño, porque está todo oscurísimo, y me lo acabo haciendo encima, y entonces empiezo a llamar a papá y a mamá a gritos, porque me he meado encima y porque no soporto estar a oscuras. Pero casi todas las noches lo que acabo consiguiendo es que en lugar de papá, el que acabe apareciendo sea el monstruo del armario; y sale hecho una furia, que aunque nunca he conseguido verle bien del todo tiene hasta los ojos así como rojos; y me coge del pelo y me zarandea la cabeza para un lado y otro lado; y me dice que me calle; y me aprieta muy fuerte del brazo, que a la mañana siguiente tengo moratones y todo; y me tira contra la pared; y yo no hago mas que llorar como una nena y el monstruo que sólo me repite que me calle de una puta vez con una voz muy fuerte que me asusta más todavía; y entonces, algunas noches, acaba viniendo mamá, pero es peor, porque el monstruo del armario es mucho más fuerte que ella y también la pega, y ella acaba llorando casi tanto como yo. Si el que viniese fuese papá se iba a enterar el monstruo, pero papá nunca viene por las noches, porque duerme muy profundo, y por la mañana dice que eso son sólo imaginaciones mías y que deje de decir tonterías. Cuando le digo a mamá que se lo diga ella, mamá se calla y parece como que quisiese llorar, pero no llora, y sólo me acaricia la cabeza como diciendo que no invente cosas y como dándole la razón a papá. No sé por qué no se lo cuenta. Yo sé que una noche de estas, cuando venga el monstruo, papá me oirá, vendrá a la habitación y le vencerá, porque papá es tan fuerte como él, y es el único que puede echar para siempre al monstruo de mi armario. Papá, es el papá más bueno del mundo.

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[26] Hablaron 


Para cuando haya que cambiar las reglas, habrá que acordarse de los que nadie se acuerda. Revisar el por qué, el cómo y el cuándo, quién decidió qué, y qué macabro croupier hizo girar esta absurda ruleta.

Para cuando sea tiempo de cambiar las reglas, habrá que hablar muy en serio, dejar las medias tintas en el tintero y poner todos los muertos sobre la mesa.

Para cuando llegue la hora de cambiar las reglas, tendremos que repartir de nuevo la baraja, eliminar cartas marcadas del tapete y hacer pagar duro las trampas al tramposo.

Cuando llegue el momento de cambiar las reglas, tal vez pueda alguien explicarnos de una vez por todas, a qué se debe este desastre, este lanzarnos al aire para vivir o morir según en qué parte del planeta caemos, este apocalíptico jinete cotidiano paseando su hambrienta calavera por tres cuartos del mundo, mientras en el otro cuarto, rebosan las estanterías de los nuevos templos comerciales de comidas light, bajas en quién sabe qué mierda.

Para cuando se acerque el día de cambiar las reglas tal vez puedan responder los amos de la guerra, y, mirando a los ojos a los muertos, explicarles que sólo fueron daños colaterales, al tiempo que les muestran, con pudor y arrepentimiento, sus atestadas cajas de caudales.

Para cuando llegue el instante de cambiar las reglas tal vez haya que dejar de numerar los mundos para empezar a hacer uno solo, obrar milagros y convertir en pan las bayonetas, dejar de hacer caridad para empezar a hacer justicia, mirarnos a los ojos unos a otros y, quienes debamos, pedir perdón por tantos y tantos siglos de vergüenza.

Pero me temo que tal vez no nos convenga, que no queramos acordarnos de los que nadie se acuerda. No sé por qué pensé que quizás, sólo quizás, podríamos querer cambiar las reglas. Al fin y al cabo tuvimos la suerte de caer de pie, en el lado bueno del planeta.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[22] Hablaron 


 La cuestión no está en odiar o amar. La indiferencia es el crimen.
G.M.

 

Desde que empezara a notar la pesadez en el pecho había consultado con los mejores especialistas, guiado siempre por su médico de cabecera que le fue recomendando doctores a lo largo y ancho del planeta, desde Houston a Hong-Kong. No cambió nada. Todos confirmaron el primer diagnóstico, todos afirmaron que era el primer caso conocido y todos insistían en continuar con las pruebas y las analíticas. Pero ninguno fue capaz de proponer una solución, una terapia coherente o, al menos, un posible tratamiento que, si no frenara, sí que retardara lo que ya parecía irreversible.
La cuestión era que él se encontraba mejor que nunca, salvo esa molesta rigidez en el pecho que, no obstante, no le impedía llevar una vida completamente normal. Para él una vida completamente normal consistía en levantarse temprano, desayunar con su mujer (aguantando su insulsa cháchara sobre el último modelito recién comprado), acudir al trabajo, comer en la empresa (no hay tiempo que perder, solía decir él), completar su jornada laboral (que se prolongaba mucho más de lo que debía prolongarse), volver a casa, cenar con su esposa (soportando su incansable sonsonete sobre lo sola que se sentía), ver un rato la televisión (dentro de lo posible el programa más insustancial y anodino, había donde elegir) y acostarse lo más temprano posible (al día siguiente había que madrugar para reanudar el trabajo).
Él, sin embargo, se desenvolvía a sus anchas en ese mundo rutinario y seguro que había creado. Por eso, romper su medida existencia consultando a médicos por todo el planeta le sacaba de sus casillas, y por eso, simplemente se acostumbró a esa extraña pesadez que, por otra parte y como ya hemos mencionado, no le impedía llevar lo que para él era una vida completa y satisfactoria.
Porque aunque todos los especialistas del mundo se asombrasen y afirmasen que era completamente imposible, y que hace tiempo ya que debería estar muerto, él sabía que se puede seguir viviendo perfectamente cuando el corazón se te ha convertido en piedra.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[21] Hablaron 


Los hombres sin historia son la historia
Silvio Rodríguez

El pueblo del que te hablo, se encuentra muy cerca de ninguna parte. No lo encontrarás en los mapas, ni siquiera en los más actualizados; no intentes localizarlo con uno de esos modernos navegadores GPS que tanto te gustan y que sólo sirven para estar tecnológicamente perdido; ni siquiera te molestes en preguntar por él en los bares de carretera. Te resultará completamente inútil. De hecho, es posible que ahora mismo sólo tú y yo en el mundo sepamos de su existencia; y es primordial que entiendas esto porque, a partir de ahora, serás depositario de esta verdad igual que yo lo he sido hasta ahora.
El pueblo del que te hablo está formado por casas invisibles, y sus calles de adoquines viejos se ocultan, tímidas, a nuestros ojos. Está a tu alrededor pero también dentro de ti. Sus balcones de añeja madera desgastada se suspenden ingrávidos sobre nuestras cabezas. Ahora mismo mientras hablamos y tú me miras asombrado e incrédulo, estamos siendo observados por sus incorpóreos habitantes. No intentes agudizar tus sentidos. No entornes los ojos, no sirve de nada, no los verás. Dará lo mismo que intentes afinar tu oído, éste no está preparado para la frecuencia en que nos hablan. Pero nos hablan, no lo dudes, nos hablan directamente al alma.
No te estoy hablando de fantasmas, ni de espectros. Es más sencillo. Son el pasado, son lo que fuimos, lo que fueron nuestros padres, son las sombras, las huellas de nuestros pasos y de sus pasos, son también los pasos de nuestros abuelos. Son la historia, y nos hablan desde las esquinas de las casas viejas. Son la historia, y nos guían desde las solitarias plazas sin estatuas. Son la historia, y nos advierten desde olvidados campos de batalla. Son la historia y nos hablan, pero nosotros no escuchamos. Son invisibles te dije y no, no es cierto. Ellos no son invisibles, somos nosotros los que estamos ciegos. Espero que mis cansadas palabras sirvan para abrirte los ojos, yo estoy muy viejo ya y quiero cerrar los míos.
Ahora, hijo, debo dejarte. No estés triste, no llores, tú ya lo sabías. Sólo es que me voy ahora, aquí mismo, cerca de ninguna parte, a asomarme a los balcones invisibles para seguir hablándote siempre, ahora ya, directamente al alma.

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[34] Hablaron 


La diferencia engendra odio.
Henry Beyle Stendhal

Ocultaba un sombrío secreto desde sus primeros meses de vida. Una terrible maldición que le atrapaba y de la que era incapaz de liberarse. Sólo su madre conocía y aceptaba su verdadera condición. De no haber sido así, habría sido imposible que saliese adelante en aquellos primeros días, lejanos ya, en que todavía no podía valerse por si mismo. Ella fue la primera en notar su problema, pero decidió ocultarlo de todos, mientras durasen los cambios. No era tan difícil. Así, tal vez, su pequeño pudiera llevar una vida normal.

Él creció, como uno más, e incluso se acostumbró a convivir con aquella extraña maldición. Invariablemente, todas las noches de luna llena, según el primer rayo del indiferente satélite rozaba la más mínima parte de su cuerpo, comenzaba la transformación. Cada vez que esto ocurría, él debía correr para ocultarse de los ojos de los otros, para que ninguno lo viera. No podía permitir que lo supieran. No debían imaginar nunca que él era distinto.

Sin embargo, aquella noche no le dio tiempo a esconderse. Cuando comenzó la transfiguración, la dolorosa punzada en el estómago, ésta vez incluso más fuerte que otras, le dejó completamente paralizado, derribándole. Los demás le rodearon despacio, curiosos y temerosos, formando un círculo a su alrededor.
Todos y cada uno de ellos, sus más viejos amigos, su familia, sus compañeros de juegos. Sí, todos y cada uno de ellos.
Entonces, ante la vista de todos, completó su horrible metamorfosis.
Los demás se alborotaron, temerosos al principio, asustados hasta el terror más tarde. Convencidos ya de que aquel extraño ser tan diferente que yacía desnudo en medio de ellos, no podía ser sino una amenaza, reaccionaron por instinto.

La primera dentellada le produjo un dolor desgarrador en el brazo. Luego, el líder saltó sobre su espalda, cerrando con fuerza las mandíbulas sobre el hombro. Esa fue la señal, el resto de la manada saltó sobre él, arañando, mordiendo, rasgando, hasta que su cuerpo fue un triste guiñapo. Todos colaboraron. Todos, excepto una triste loba gris, que apartada del grupo, se preguntaba por qué aquel precioso cachorro que fue la alegría de sus días, tuvo que nacer con la penosa maldición de convertirse en hombre al aparecer en el cielo la luna llena.
Cuando la manada se cansó de ensañarse con el cadáver del cachorro, ella, tiernamente, le olisqueó y lamió sus múltiples heridas y luego, durante toda la noche, aulló a la impasible y redonda luna toda su pena y toda su rabia.

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[32] Hablaron 


El amor es la respuesta, pero mientras usted la espera, el sexo le plantea unas cuantas preguntas
Woody Allen

 

Es de hacer notar que el primer capítulo del presente relato se lee pulsando aqui

y que la continuación del anterior y precuela del de ahora se lee pulsando aquí

¿Estamos todos puestos al día? Pues vamos allá :)

Paso 4:
Si grande era para mi la satisfacción de orientar hacia la luz a los atribulados y perdidos seres humanos que venían a mi persona, mayor era aún cuando en vez de tratarse de atribulados se trataba de atribuladas. Proporcionar consuelo a las mujeres que ingresaban en la causa, ensalzábame el alma y el cuerpo de tal manera, que la ligera túnica que vestía era incapaz de ocultar lo mucho que me ensalzaba y llegó un momento en que no quise más que consolar y consolar, y llegó el punto en que algunos discípulos, los más antiguos y parecíame a mi que paradójicamente los menos apegados espiritualmente a la luz primordial, propusieron cambiarme la denominación de “Guía Supremo” por la de “Gran Consolador”. Sin embargo la propuesta no prosperó debido sobre todo a la oposición de la “Gran Madre” que afirmó que por nada del mundo pasaría ella a ser conocida como “Gran Madre del Consolador”, y agregó que los que habían propuesto lo del consolador se lo podían meter por esa zona de la anatomía humana que ni siquiera mi luz es capaz de iluminar.

Viendo yo que mi entusiasmo por confortar mujeres, era cada vez peor visto entre mis fieles del género masculino, dióme por universalizar y generalizar entre mis acólitos ( que a estas alturas ya eran legión) las mismas prácticas de consuelo y confortación que yo utilizaba en privado, dando así como resultado que preconicé entre todos ellos la necesidad de expresarse físicamente como bien tuvieran en gana, y establecí el disfrute y el gozo del alma a través del cuerpo, que si bien en los hombre era de carácter voluntario, entre las mujeres adquiría el grado obligatorio; y sucedió que, al menos, entre los acólitos masculinos, aquella medida fue extraordinariamente recibida y, a mi entender, los acólitos del género femenino tampoco le hicieron ascos, que como dijo la Gran madre: a nadie le amarga un dulce. No tan aplaudida, pero si aceptada, fue mi voluntad de reservar para mi disfrute a algunas de las más jóvenes y bellas almas entre las féminas que a la causa llegaban, dándome por formar un grupo de vírgenes vestales cuya única misión era proporcionarme la paz y el descanso necesarios como líder supremo y luminoso, a lo que mamá, siempre práctica, apuntó que mucha virgen y mucha vestal, y mucha lo que yo quisiera pero que no se ocurriese consolar sin tomar precauciones que a saber dónde habían estado antes las vestales esas y que no fuese yo a llenar el mundo de “vestalitos luminosos”.

La Revelación.

Éste ha sido un somero repaso de la divina misión que me fue encomendada. La luz se extiende cada vez más, con lo que tío Alberto dice que dentro de nada saltaremos el charco y abriremos sucursales en América, y tiene apalabrado ya la compra de un jet privado para poder ir a extender la luz más rápidamente aún; los acólitos y las acólitas están cada vez más felices y contentos, y todo son loas y alabanzas a mi persona, con lo que la Gran Madre está cada vez más orgullosa de su niño y dice, a quién la quiera oír, que “fíjate Manolito con lo tonto que parecía y mira donde ha llegado”.

Y ahora, querido lector, en este supremo momento, si has llegado hasta aquí, debo dar por sentado que, como yo, has visto la luz, has abierto tu alma y estás preparado para recibir la revelación que yo acepté hace ya tanto tiempo, y que eres digno de que comparta contigo la suprema verdad que, como un fogonazo, se abrió paso en mi cerebro y dio nacimiento a la “causa”.
Esta es la verdad inmutable que me fue revelada y que te permitirá hacer brillar siempre tu luz en este mundo oscuro: “Espabila colega, que aquí el que no corre vuela y el más tonto hace relojes.”

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos , El Guía Supremo del Cosmos
[15] Hablaron 


La avaricia es de naturaleza tan ruin y perversa que nunca consigue calmar su afán: después de comer tiene más hambre.
Dante Alighieri

 

Es conveniente para la comprensión adecuada de este relato haber leido primero el precedente. Luego no vengan diciendo que no lo advertí. Pinchando aqui todo resuelto.

Paso 3: Conseguir Financiación.
Con la inestimable ayuda de Ramonín, que expandió mi verbo por entre su círculo de amigos, el ejército de mis seguidores crecía día a día y eran incontables ya el número de seres humanos espiritualmente perdidos que se acercaban a mi casa-santuario para ver mi luz, comer de mi alimento, dormir bajo mi techo, ver mi televisión y, (los muy malditos), beberse mis Coca-colas (debilidad ésta por los refrescos de cola que me aqueja desde antes de mi revelación y que conservo como efervescente reliquia de un pasado oscuro). Era yo, el guía, sustento material y espiritual, razón por la cual en una de las habituales prédicas que yo realizaba entre la muchedumbre congregada en mi salón, dióme por decirles a los descarriados corderos de mi rebaño: “Ved, hermanos, como cuido yo de vosotros, cual si fueseis lirios del campo”, frase que, al parecer, fue muy bien acogida entre la plebe porque, por un momento, dejaron de ver la televisión y de beber cervezas y Coca-colas, para responderme risueños y jubilosos: “Para lirio tú, so capullo”. Ensalzóme tremendamente el alma el ser comparado de ésta manera con una joven flor, y motivóme, pese a los arduos inconvenientes, a seguir adelante en mi crucial empeño de difundir la luminosa verdad que habíame sido revelada.
Viendo la “Gran Madre” la necesidad de remediar aquella situación ruinosa, urgióme a solventar de alguna manera la actuación de mis seguidores, a los que ella más bien acostumbraba a denominar piara y no rebaño como era mi costumbre; y añadió también la Gran Madre, (colocándose en medio de mis fieles y usando una voz como de truenos divinos), que allí no seguía viviendo de gorra nadie, y que si no se ponían pronto a trabajar les iba a dar con la lámpara de mesa en la cabeza y que entonces si que iban a saber lo que era ver la luz. Dicho esto, repartió entre mis recientes acólitos un “pack” completo de evangelización que había preparado el tío Alberto, a saber: unas octavillas informativas elaboradas en el ordenador, unas inmaculadas túnicas blancas y unos botes metálicos de galletas con una ranurita en la tapa para la obtención de “optativas” donaciones a la causa. Estableció la Gran Madre que aquel acólito que regresase a mi “sancto santorum” sin el bote de galletas lleno, demostraba no poseer apego a mi persona y no merecía, por lo tanto, pernoctar cerca de la fuente de luz que yo representaba, y así pues moraría en la oscuridad eterna, o como mejor expresó mamá “se iría a la puta calle”. La iniciativa de la Gran Madre tuvo un éxito inmediato, y quiso de esta manera la Luz primigenia que acabasen por fin nuestras penurias económicas.
Dotados como estaban mama y tío Alberto de una facilidad pasmosa para comprender los asuntos pecuniarios de la humana condición, no tardaron en abrir nuevas vías y fuentes de financiación para la causa. Víme, por ejemplo, contestando al teléfono de una línea 806 a la que las personas necesitadas de luz, llamaban esperanzadas en busca de respuestas, y así podía yo de esta manera confortar su alma y a la par la mía que también se regocijaba por la labor realizada. Como decía tío Alberto: “conforta, Manolito, conforta todo lo que quieras, y cuanto más rato confortes mucho mejor para todos”. Al parecer, cuanto yo más confortaba nuestra vida era más confortable. Fue tal el éxito de la línea telefónica que pronto no di a basto a contestar yo sólo a todos los necesitados, por lo que víme forzado a delegar en mis fieles seguidores la tarea de proclamar la luz y redimir de las tinieblas, a través de los impersonales pero efectivos hilos telefónicos, y resultó que adquirieron mis fieles la costumbre de pasarse las llamadas de unos a otros a la voz de “no cuelgue, que ahora le paso con otro hermano” para así mejor confortar entre todos a los confortables usuarios de nuestro servicio evangelizador on-line.
La publicidad realizada en distintas cadenas de televisión, al principio locales, regionales luego y nacionales más tarde, dieron también sabrosos frutos de los que la causa se abasteció hasta estar saciada. -Envía un SMS al 5567 poniendo “Luz” espacio “Guisucos” y recibirás una estampa virtual del “Guía Supremo”-; o -manda “Tono” o “Politono” espacio “Guisucos” y recibirás en un tu móvil el aviso de llamada con la voz del líder diciendo “El Cosmos te llama, contesta hermano”-. Asimismo, muchas almas enfermas fueronse uniendo a la causa, y la causa, generosa y desinteresada como pocas, pedía, únicamente y por su bien, la renuncia a los bienes materiales que les esclavizaban y que, a partir de su ingreso, pasaban a formar parte de los bienes comunes que la Gran Madre y el Gran tío (así se le empezaba a conocer) administraban, soportando ellos abnegadamente el peso de tal responsabilidad. Recuerdo emotivamente cuando una de aquellas almas perdidas se liberó de todas sus pertenencias para abrazar la causa, comentando entre sollozos “me habéis dejado sin nada, no tengo ni para pagar el recibo de la luz, pero nunca estuve tan iluminado”. Comentario éste que nos gustó mucho y que decidimos incluir como “slogan” en la captación de nuevos adeptos, con lo que el acólito de la ocurrente frase pasó de ser un “acólito anónimo” más, a ser el acólito responsable de marketing y comunicación como le llamaban mamá y el tío, o “propagador de luz” como me gustaba llamarle a mí.

Habiendo dejado yo en manos de la Gran Madre y del Gran tío las inevitables molestias inherentes a las cuestiones financieras, pude dedicarme, a satisfacción y por entero, a esparcir la verdad, la luz y la fe entre todas las pobre almas que lo precisaban, que eran muchas y cada vez más, y dábase el caso de que había entre aquellas buenas gentes que se acercaban a mi, numerosos y agraciados seres humanos del género femenino, que precisaban del consuelo de mi amor y del bálsamo de mi cariño, motivo por el que decidí abordar el “Paso 4″ de mi protocolo, el cual, la luz primigenia mediante, os será revelado tal vez mañana, o tal vez pasado, o quizás otro día según la luz me ilumine que, al fin y al cabo, para eso está la luz, para iluminar y para iluminados.

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[16] Hablaron 


Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana
Albert Einstein

 

Tratando estaba yo, un domingo por la tarde, de entender el sentido cósmico del universo absoluto cuando, por casualidad, di por tropezar con todas las respuestas. Iluminóse entonces mi cerebro, así como quién no quiere la cosa, como un faro derrochante de luz cegadora. Sabía todas las respuestas a todas las preguntas que llevaban milenios interrogando al hombre, llenándole de zozobra e inquietud. Víme entonces convertido en una suerte de “elegido” para guiar al ser humano. No cabía ninguna duda: la fuerza creadora del cosmos infinito habíame designado como el líder y salvador que la humanidad precisaba.

Estando como estaba en posesión de todos los conocimientos hasta entonces ocultos, era claro para mí cual debía ser el proceder de mi persona a partir del momento de mi revelación, pero para mejor llevar mi mensaje a las masas, diome por establecer un protocolo de actuación. A saber.

Paso 1: Tuve a bien dotarme a mi mismo de un nombre pegadizo y atrayente, un vocablo a través del cual las masas a las que había de salvar se refiriesen a mi, y que fuese sinónimo, a la vez, de la grandeza de mi misión y de la humildad de mi persona. Decidí pues otorgarme el título de “Guía Supremo del Cosmos”. Mi madre (con la que hasta el momento de mi revelación yo siempre consultaba todo, y con la que no iba a dejar de hacerlo por mucha mente preclara que yo poseyera) opinó que , si bien el título podía resultar ostentoso, era, como yo pretendía, la mar de pegadizo y atrayente. Así pues, con la aprobación de la “Gran Madre del Guía”, pasé a presentarme al mundo como “Guía Supremo del Cosmos”, aunque los más íntimos como mamá podían seguir llamándome Manolito. Algo más tarde, Tío Alberto que siempre ha tenido mucha perspicacia, descubrió que tomando las primeras silabas de las palabras de mi nueva denominación, se formaba el acróstico “Guisucos”. A todos nos pareció muy adecuado dado que yo iba a ser el “cocinero” del nuevo orden universal.

Paso 2: Conseguir acólitos se me hacía imprescindible para expandir mi mensaje. Allá donde no llegase mi voz, llegaría la de mis fieles seguidores; allá donde no llegase mi mano, mis fieles serían mi mano. Si mis piernas no me bastasen, dispondría de las piernas de mis discípulos. Y así, en resumen, con todas las partes de mi anatomía excepto aquellas de las que pensaba que nadie tenía porque llevarlas a ninguna parte excepto yo mismo. Apostéme pues en una esquina, ataviado con túnica blanca símbolo de la pureza de mi misión, y comencé a proclamar al gentío mi mensaje, y ofrecíme, a voz en grito, a dar cumplida respuesta a todos sus interrogantes y preguntas. La gente, ávida de conocimientos, no tardó en ametrallarme con todas sus cuitas: ¿Qué haces ahí, pringao?, ¿Por qué no te callas?, ¿Qué dices que vendes?, ¿sabe, buen hombre, dónde hay una parada de taxis? Estas y muchas otras cuestiones fui desgranando a lo largo de aquel primer día de anunciación. Agotado y feliz, concluí aquella primera jornada viendo cómo se incrementaba el número de mis seguidores en un cien por cien. Llegué sólo y me marchaba seguido por mi primer discípulo: Ramonín; ejemplo claro de que la humanidad precisa un líder que le diga lo que realmente necesita, porque mientras que yo le ofrecía la salvación para su alma, él insistía incansable en que le dejase un euro, y así me fue siguiendo fielmente hasta mi casa, tirándome de la túnica y rogándome para que no le apartase de mi luminiscencia a la voz de “pero no te vayas, tronco, dame el euraco”. Si bien no le di el euro aquella noche Ramonín durmió en el sofá de mi casa, y viéndole allí tan plácidamente en reposo, feliz por haber encontrado mi luz, exclamé: “Tu eres Ramonín, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”, a lo que la “Gran Madre del Guía”, práctica y sabia como siempre, agregó: Pues más te vale conseguir que se duche la piedra porque si no va a coger olor toda la iglesia.

Paso 3: Tal vez mañana, o pasado…

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos , El Guía Supremo del Cosmos
[21] Hablaron 


Es preciso elevarse con las alas del entusiasmo. Si se razona, no se volará jamás.
Jacques Anatole France

 

Me gustaría invitarte a volar por un cielo sin esquinas. Me gustaría que atravesáramos, veloces, murallas de nubes. Quisiera que compartieras conmigo audaces tirabuzones, asombrosas piruetas, vertiginosas caídas en barrena, increíbles picados, alocados giros y toda suerte de acrobacias.
Ojalá pudiera reírme contigo de la absurda gravedad que nos imanta a este suelo duro y frío en que nacemos y morimos.
Pero es que hoy…
que me muero de ganas de volar contigo,
está mi espalda vacía y noto pesada el alma.

Hoy… el cielo no tiene esquinas, pero yo no tengo alas.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[26] Hablaron 


La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño.
Nietzsche
 


Yo esperaba pacientemente la señal para atacar. Sucu, el jefe de nuestra pequeña partida guerrera, se había colocado en un lugar estratégico desde el que podía vernos a todos y a la vez todos nosotros podíamos verle a él. Desde el camino alfombrado de pinocha que sajaba en dos el pinar y por el que, de un momento a otro, aparecerían nuestras víctimas era imposible descubrir a ninguno de los emboscados. Sucu había tenido mucho cuidado de ello, y había elegido el mejor lugar para cada uno de sus guerreros. Sin embargo, y pese a que nuestro aguerrido jefe lo tenía todo estudiado y planeado, el sendero permanecía desierto y no se advertían señales de que fuera a dejar de ser así. Llevábamos más de cinco minutos de tensa espera. Yo estaba tranquilo, pero Víctor, un año más pequeño que el resto de nosotros, parecía incapaz de aguantar por más tiempo en su escondite.

-Eh, psss, ¡Pulga! ¡Que me meo, joder!

Pulga. Así me llamaban. Como podéis imaginar, no era debido a mi gran estatura. Sin embargo, pese a ser más bien bajito, siempre había sabido hacerme valer, y era respetado dentro de la pandilla casi tanto como el propio Sucu (en realidad, el respeto me lo gané el primer día que Lucas hizo un chiste a costa de mi tamaño y yo le reventé la nariz de un puñetazo. Por imbécil).

- Aguanta y calla gilipollas, que nos van a descubrir.
- Pero si no viene nadie, quién nos va a descubrir.  -se le veía realmente apurado, a punto de explotar-
- Pues hazlo ahí mismo, en el árbol, coño, que pareces tonto. ¡Y a las emboscadas hay que venir “meao”!.

Víctor suspiró aliviado, soltó todas las piñas que llevaba en las manos, se abrió la bragueta y comenzó a aliviar sus necesidades. Yo miré a Sucu, que desde su posición ponía cara de resignación, sin duda pensando que qué coño iba a hacer él con aquella tropa, incapaz de estar cinco minutos quieta y callada, guardando la posición.

- Eh! Pulga, ¿has visto? La chilina de Víctor es más grande que tú.

El que había hablado era Lucas, incapaz el muy imbécil de aprender las lecciones de la vida -aquel golpe en la nariz no sirvió para hacerle entender lo peligroso de hacer coñas con mi tamaño-. La piña voló de mi mano a su cara antes de que le diese tiempo a empezar a reírse su propia gracia, así que en vez de abrir su fea boca de mamón para reírse de mí, lo hizo para soltar un quejido como de perro apaleado, porque si por algo era yo conocido era por mi puntería, que donde ponía el ojo ponía la piña, y lo que es el ojo yo, le había puesto justo en su ojo. Empezó a lloriquear que era lo que mejor se le daba. Ya ves, cada uno éramos conocidos por lo que mejor hacíamos: Sucu, por sus dotes de mando y liderazgo; yo, por mi puntería; Víctor, por sus dotes para el espionaje y Lucas por sus lloriqueos y por sus quejas, aparte de por sus gracias, que no tenían ni puta la gracia. Entre lloriqueo y lloriqueo, sacaba fuerzas el Lucas para amenazarme de muerte y de que me iba a reventar. Ya ves, yo “preocupao”.

- ¿Os queréis callar, joder?-Sucu por fin había decidido imponer el orden entre sus tropas- Lucas, cállate, leches.

Pese a que yo había inflingido la regla no escrita de no apuntar nunca por encima de los hombros, Sucu abroncaba a Lucas porque había decidido que mi venganza había sido digna de la ofensa del llorica. Bueno, y también porque yo era el mejor amigo de Sucu y Lucas no; Lucas era un pegote que nos había endilgado la madre de Sucu porque era hijo de unos amigos suyos, nuevos en el pueblo, y que si fíjate el pobrecillo niño que no conoce a nadie, y que si fijaos lo solo que está, y que si por qué no jugáis con el pobre. El pobrecillo niño resultó ser un tocahuevos del uno. Pese a eso lo adoptamos como a uno más, y pasó a ser nuestro saco de golpes preferido para todo lo que quedaba de verano, que era mucho, porque acababa de empezar julio así que nos quedaban casi dos meses para “hacerle compañía” a Lucas. Yo creo que a Lucas no le caíamos muy bien pero éramos mejor para él que estar sólo.

A estas alturas de la emboscada las posibilidades de coger por sorpresa a nuestras víctimas se habían desvanecido por completo, porque debían habernos oído por lo menos desde la Fuente del Botón (que nunca supe por qué coño se llamaba así, pero se llamaba así) y eso que estaba como a un kilómetro hacia el río desde donde habíamos organizado nuestra encerrona. La pandilla del “Cromos” había establecido allí su campamento base y era seguro que con los quejidos de Lucas estaban ya sobre aviso. El “Cromos” era el único del pueblo capaz de ganarle en estrategia a Sucu, y esta vez le ganó de narices porque el tío se había anticipado del todo a nuestros planes y justo en aquel momento, nos atacaron por la espalda. La batalla estaba perdida antes de empezar. La mitad de nuestras tropas estaba ya derrotada de antemano. Lucas estaba medio tuerto y llorando a moco tendido y a Víctor el ataque le pilló con la chilina fuera, con lo que el acto reflejo de subirse la bragueta acabó como tenía que acabar, con un grito terrible que nos puso a todos los pelos de punta y consiguió que, al menos por un momento, tanto Sucu, como yo, como los del “Cromos” dejáramos de tirar piñas. Sucu lo vio todo perdido y ordenó la retirada pero sólo yo me encontraba en disposición de obedecer, así que pies para qué os quiero. Sucu y yo salimos por patas con los del “Cromos” detrás. Huimos humillados y derrotados, pero vivos.

Mucho más allá, cuando comprobamos que se habían cansado de perseguirnos (a correr si que no nos ganaba nadie) y de que volvían al escenario de la batalla, sin duda para hacerse cargo de los prisioneros (ya nos ocuparíamos de eso más tarde), caímos rendidos y resoplando como perros viejos al borde del camino.

- La hemos “cagao”, Sucu.
- No te preocupes, Pulga. Esto sólo ha sido la primera batalla. Se van a enterar.

Y así fue, se enteraron. Porque hubo más batallas, algunas de ellas memorables; y también hubo algún primer amor, y un desengaño y muchísimos otros momentos que se quedaron clavados en mi memoria para siempre, porque nunca jamás el tiempo pareció detenerse y hacerse tan lento, como aquellos dos meses del verano de 1978.

Tan sólo a cambio de guardar un secretillo, hoy, una amiga muy especial, una verdadera artista, me ha hecho un regalo que me gustaría compartir con todos vosotros. Os presento a Sucu, Pulga, Victor y Lucas
¡Tiene talento mi amiga eh!

Muchisimas, muchisimas Gracias ;)

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[28] Hablaron 

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