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 La cuestión no está en odiar o amar. La indiferencia es el crimen.
G.M.

 

Desde que empezara a notar la pesadez en el pecho había consultado con los mejores especialistas, guiado siempre por su médico de cabecera que le fue recomendando doctores a lo largo y ancho del planeta, desde Houston a Hong-Kong. No cambió nada. Todos confirmaron el primer diagnóstico, todos afirmaron que era el primer caso conocido y todos insistían en continuar con las pruebas y las analíticas. Pero ninguno fue capaz de proponer una solución, una terapia coherente o, al menos, un posible tratamiento que, si no frenara, sí que retardara lo que ya parecía irreversible.
La cuestión era que él se encontraba mejor que nunca, salvo esa molesta rigidez en el pecho que, no obstante, no le impedía llevar una vida completamente normal. Para él una vida completamente normal consistía en levantarse temprano, desayunar con su mujer (aguantando su insulsa cháchara sobre el último modelito recién comprado), acudir al trabajo, comer en la empresa (no hay tiempo que perder, solía decir él), completar su jornada laboral (que se prolongaba mucho más de lo que debía prolongarse), volver a casa, cenar con su esposa (soportando su incansable sonsonete sobre lo sola que se sentía), ver un rato la televisión (dentro de lo posible el programa más insustancial y anodino, había donde elegir) y acostarse lo más temprano posible (al día siguiente había que madrugar para reanudar el trabajo).
Él, sin embargo, se desenvolvía a sus anchas en ese mundo rutinario y seguro que había creado. Por eso, romper su medida existencia consultando a médicos por todo el planeta le sacaba de sus casillas, y por eso, simplemente se acostumbró a esa extraña pesadez que, por otra parte y como ya hemos mencionado, no le impedía llevar lo que para él era una vida completa y satisfactoria.
Porque aunque todos los especialistas del mundo se asombrasen y afirmasen que era completamente imposible, y que hace tiempo ya que debería estar muerto, él sabía que se puede seguir viviendo perfectamente cuando el corazón se te ha convertido en piedra.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[21] Hablaron 


Los hombres sin historia son la historia
Silvio Rodríguez

El pueblo del que te hablo, se encuentra muy cerca de ninguna parte. No lo encontrarás en los mapas, ni siquiera en los más actualizados; no intentes localizarlo con uno de esos modernos navegadores GPS que tanto te gustan y que sólo sirven para estar tecnológicamente perdido; ni siquiera te molestes en preguntar por él en los bares de carretera. Te resultará completamente inútil. De hecho, es posible que ahora mismo sólo tú y yo en el mundo sepamos de su existencia; y es primordial que entiendas esto porque, a partir de ahora, serás depositario de esta verdad igual que yo lo he sido hasta ahora.
El pueblo del que te hablo está formado por casas invisibles, y sus calles de adoquines viejos se ocultan, tímidas, a nuestros ojos. Está a tu alrededor pero también dentro de ti. Sus balcones de añeja madera desgastada se suspenden ingrávidos sobre nuestras cabezas. Ahora mismo mientras hablamos y tú me miras asombrado e incrédulo, estamos siendo observados por sus incorpóreos habitantes. No intentes agudizar tus sentidos. No entornes los ojos, no sirve de nada, no los verás. Dará lo mismo que intentes afinar tu oído, éste no está preparado para la frecuencia en que nos hablan. Pero nos hablan, no lo dudes, nos hablan directamente al alma.
No te estoy hablando de fantasmas, ni de espectros. Es más sencillo. Son el pasado, son lo que fuimos, lo que fueron nuestros padres, son las sombras, las huellas de nuestros pasos y de sus pasos, son también los pasos de nuestros abuelos. Son la historia, y nos hablan desde las esquinas de las casas viejas. Son la historia, y nos guían desde las solitarias plazas sin estatuas. Son la historia, y nos advierten desde olvidados campos de batalla. Son la historia y nos hablan, pero nosotros no escuchamos. Son invisibles te dije y no, no es cierto. Ellos no son invisibles, somos nosotros los que estamos ciegos. Espero que mis cansadas palabras sirvan para abrirte los ojos, yo estoy muy viejo ya y quiero cerrar los míos.
Ahora, hijo, debo dejarte. No estés triste, no llores, tú ya lo sabías. Sólo es que me voy ahora, aquí mismo, cerca de ninguna parte, a asomarme a los balcones invisibles para seguir hablándote siempre, ahora ya, directamente al alma.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[34] Hablaron 


La diferencia engendra odio.
Henry Beyle Stendhal

Ocultaba un sombrío secreto desde sus primeros meses de vida. Una terrible maldición que le atrapaba y de la que era incapaz de liberarse. Sólo su madre conocía y aceptaba su verdadera condición. De no haber sido así, habría sido imposible que saliese adelante en aquellos primeros días, lejanos ya, en que todavía no podía valerse por si mismo. Ella fue la primera en notar su problema, pero decidió ocultarlo de todos, mientras durasen los cambios. No era tan difícil. Así, tal vez, su pequeño pudiera llevar una vida normal.

Él creció, como uno más, e incluso se acostumbró a convivir con aquella extraña maldición. Invariablemente, todas las noches de luna llena, según el primer rayo del indiferente satélite rozaba la más mínima parte de su cuerpo, comenzaba la transformación. Cada vez que esto ocurría, él debía correr para ocultarse de los ojos de los otros, para que ninguno lo viera. No podía permitir que lo supieran. No debían imaginar nunca que él era distinto.

Sin embargo, aquella noche no le dio tiempo a esconderse. Cuando comenzó la transfiguración, la dolorosa punzada en el estómago, ésta vez incluso más fuerte que otras, le dejó completamente paralizado, derribándole. Los demás le rodearon despacio, curiosos y temerosos, formando un círculo a su alrededor.
Todos y cada uno de ellos, sus más viejos amigos, su familia, sus compañeros de juegos. Sí, todos y cada uno de ellos.
Entonces, ante la vista de todos, completó su horrible metamorfosis.
Los demás se alborotaron, temerosos al principio, asustados hasta el terror más tarde. Convencidos ya de que aquel extraño ser tan diferente que yacía desnudo en medio de ellos, no podía ser sino una amenaza, reaccionaron por instinto.

La primera dentellada le produjo un dolor desgarrador en el brazo. Luego, el líder saltó sobre su espalda, cerrando con fuerza las mandíbulas sobre el hombro. Esa fue la señal, el resto de la manada saltó sobre él, arañando, mordiendo, rasgando, hasta que su cuerpo fue un triste guiñapo. Todos colaboraron. Todos, excepto una triste loba gris, que apartada del grupo, se preguntaba por qué aquel precioso cachorro que fue la alegría de sus días, tuvo que nacer con la penosa maldición de convertirse en hombre al aparecer en el cielo la luna llena.
Cuando la manada se cansó de ensañarse con el cadáver del cachorro, ella, tiernamente, le olisqueó y lamió sus múltiples heridas y luego, durante toda la noche, aulló a la impasible y redonda luna toda su pena y toda su rabia.

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Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[32] Hablaron 


El amor es la respuesta, pero mientras usted la espera, el sexo le plantea unas cuantas preguntas
Woody Allen

 

Es de hacer notar que el primer capítulo del presente relato se lee pulsando aqui

y que la continuación del anterior y precuela del de ahora se lee pulsando aquí

¿Estamos todos puestos al día? Pues vamos allá :)

Paso 4:
Si grande era para mi la satisfacción de orientar hacia la luz a los atribulados y perdidos seres humanos que venían a mi persona, mayor era aún cuando en vez de tratarse de atribulados se trataba de atribuladas. Proporcionar consuelo a las mujeres que ingresaban en la causa, ensalzábame el alma y el cuerpo de tal manera, que la ligera túnica que vestía era incapaz de ocultar lo mucho que me ensalzaba y llegó un momento en que no quise más que consolar y consolar, y llegó el punto en que algunos discípulos, los más antiguos y parecíame a mi que paradójicamente los menos apegados espiritualmente a la luz primordial, propusieron cambiarme la denominación de “Guía Supremo” por la de “Gran Consolador”. Sin embargo la propuesta no prosperó debido sobre todo a la oposición de la “Gran Madre” que afirmó que por nada del mundo pasaría ella a ser conocida como “Gran Madre del Consolador”, y agregó que los que habían propuesto lo del consolador se lo podían meter por esa zona de la anatomía humana que ni siquiera mi luz es capaz de iluminar.

Viendo yo que mi entusiasmo por confortar mujeres, era cada vez peor visto entre mis fieles del género masculino, dióme por universalizar y generalizar entre mis acólitos ( que a estas alturas ya eran legión) las mismas prácticas de consuelo y confortación que yo utilizaba en privado, dando así como resultado que preconicé entre todos ellos la necesidad de expresarse físicamente como bien tuvieran en gana, y establecí el disfrute y el gozo del alma a través del cuerpo, que si bien en los hombre era de carácter voluntario, entre las mujeres adquiría el grado obligatorio; y sucedió que, al menos, entre los acólitos masculinos, aquella medida fue extraordinariamente recibida y, a mi entender, los acólitos del género femenino tampoco le hicieron ascos, que como dijo la Gran madre: a nadie le amarga un dulce. No tan aplaudida, pero si aceptada, fue mi voluntad de reservar para mi disfrute a algunas de las más jóvenes y bellas almas entre las féminas que a la causa llegaban, dándome por formar un grupo de vírgenes vestales cuya única misión era proporcionarme la paz y el descanso necesarios como líder supremo y luminoso, a lo que mamá, siempre práctica, apuntó que mucha virgen y mucha vestal, y mucha lo que yo quisiera pero que no se ocurriese consolar sin tomar precauciones que a saber dónde habían estado antes las vestales esas y que no fuese yo a llenar el mundo de “vestalitos luminosos”.

La Revelación.

Éste ha sido un somero repaso de la divina misión que me fue encomendada. La luz se extiende cada vez más, con lo que tío Alberto dice que dentro de nada saltaremos el charco y abriremos sucursales en América, y tiene apalabrado ya la compra de un jet privado para poder ir a extender la luz más rápidamente aún; los acólitos y las acólitas están cada vez más felices y contentos, y todo son loas y alabanzas a mi persona, con lo que la Gran Madre está cada vez más orgullosa de su niño y dice, a quién la quiera oír, que “fíjate Manolito con lo tonto que parecía y mira donde ha llegado”.

Y ahora, querido lector, en este supremo momento, si has llegado hasta aquí, debo dar por sentado que, como yo, has visto la luz, has abierto tu alma y estás preparado para recibir la revelación que yo acepté hace ya tanto tiempo, y que eres digno de que comparta contigo la suprema verdad que, como un fogonazo, se abrió paso en mi cerebro y dio nacimiento a la “causa”.
Esta es la verdad inmutable que me fue revelada y que te permitirá hacer brillar siempre tu luz en este mundo oscuro: “Espabila colega, que aquí el que no corre vuela y el más tonto hace relojes.”

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos , El Guía Supremo del Cosmos
[15] Hablaron 


La avaricia es de naturaleza tan ruin y perversa que nunca consigue calmar su afán: después de comer tiene más hambre.
Dante Alighieri

 

Es conveniente para la comprensión adecuada de este relato haber leido primero el precedente. Luego no vengan diciendo que no lo advertí. Pinchando aqui todo resuelto.

Paso 3: Conseguir Financiación.
Con la inestimable ayuda de Ramonín, que expandió mi verbo por entre su círculo de amigos, el ejército de mis seguidores crecía día a día y eran incontables ya el número de seres humanos espiritualmente perdidos que se acercaban a mi casa-santuario para ver mi luz, comer de mi alimento, dormir bajo mi techo, ver mi televisión y, (los muy malditos), beberse mis Coca-colas (debilidad ésta por los refrescos de cola que me aqueja desde antes de mi revelación y que conservo como efervescente reliquia de un pasado oscuro). Era yo, el guía, sustento material y espiritual, razón por la cual en una de las habituales prédicas que yo realizaba entre la muchedumbre congregada en mi salón, dióme por decirles a los descarriados corderos de mi rebaño: “Ved, hermanos, como cuido yo de vosotros, cual si fueseis lirios del campo”, frase que, al parecer, fue muy bien acogida entre la plebe porque, por un momento, dejaron de ver la televisión y de beber cervezas y Coca-colas, para responderme risueños y jubilosos: “Para lirio tú, so capullo”. Ensalzóme tremendamente el alma el ser comparado de ésta manera con una joven flor, y motivóme, pese a los arduos inconvenientes, a seguir adelante en mi crucial empeño de difundir la luminosa verdad que habíame sido revelada.
Viendo la “Gran Madre” la necesidad de remediar aquella situación ruinosa, urgióme a solventar de alguna manera la actuación de mis seguidores, a los que ella más bien acostumbraba a denominar piara y no rebaño como era mi costumbre; y añadió también la Gran Madre, (colocándose en medio de mis fieles y usando una voz como de truenos divinos), que allí no seguía viviendo de gorra nadie, y que si no se ponían pronto a trabajar les iba a dar con la lámpara de mesa en la cabeza y que entonces si que iban a saber lo que era ver la luz. Dicho esto, repartió entre mis recientes acólitos un “pack” completo de evangelización que había preparado el tío Alberto, a saber: unas octavillas informativas elaboradas en el ordenador, unas inmaculadas túnicas blancas y unos botes metálicos de galletas con una ranurita en la tapa para la obtención de “optativas” donaciones a la causa. Estableció la Gran Madre que aquel acólito que regresase a mi “sancto santorum” sin el bote de galletas lleno, demostraba no poseer apego a mi persona y no merecía, por lo tanto, pernoctar cerca de la fuente de luz que yo representaba, y así pues moraría en la oscuridad eterna, o como mejor expresó mamá “se iría a la puta calle”. La iniciativa de la Gran Madre tuvo un éxito inmediato, y quiso de esta manera la Luz primigenia que acabasen por fin nuestras penurias económicas.
Dotados como estaban mama y tío Alberto de una facilidad pasmosa para comprender los asuntos pecuniarios de la humana condición, no tardaron en abrir nuevas vías y fuentes de financiación para la causa. Víme, por ejemplo, contestando al teléfono de una línea 806 a la que las personas necesitadas de luz, llamaban esperanzadas en busca de respuestas, y así podía yo de esta manera confortar su alma y a la par la mía que también se regocijaba por la labor realizada. Como decía tío Alberto: “conforta, Manolito, conforta todo lo que quieras, y cuanto más rato confortes mucho mejor para todos”. Al parecer, cuanto yo más confortaba nuestra vida era más confortable. Fue tal el éxito de la línea telefónica que pronto no di a basto a contestar yo sólo a todos los necesitados, por lo que víme forzado a delegar en mis fieles seguidores la tarea de proclamar la luz y redimir de las tinieblas, a través de los impersonales pero efectivos hilos telefónicos, y resultó que adquirieron mis fieles la costumbre de pasarse las llamadas de unos a otros a la voz de “no cuelgue, que ahora le paso con otro hermano” para así mejor confortar entre todos a los confortables usuarios de nuestro servicio evangelizador on-line.
La publicidad realizada en distintas cadenas de televisión, al principio locales, regionales luego y nacionales más tarde, dieron también sabrosos frutos de los que la causa se abasteció hasta estar saciada. -Envía un SMS al 5567 poniendo “Luz” espacio “Guisucos” y recibirás una estampa virtual del “Guía Supremo”-; o -manda “Tono” o “Politono” espacio “Guisucos” y recibirás en un tu móvil el aviso de llamada con la voz del líder diciendo “El Cosmos te llama, contesta hermano”-. Asimismo, muchas almas enfermas fueronse uniendo a la causa, y la causa, generosa y desinteresada como pocas, pedía, únicamente y por su bien, la renuncia a los bienes materiales que les esclavizaban y que, a partir de su ingreso, pasaban a formar parte de los bienes comunes que la Gran Madre y el Gran tío (así se le empezaba a conocer) administraban, soportando ellos abnegadamente el peso de tal responsabilidad. Recuerdo emotivamente cuando una de aquellas almas perdidas se liberó de todas sus pertenencias para abrazar la causa, comentando entre sollozos “me habéis dejado sin nada, no tengo ni para pagar el recibo de la luz, pero nunca estuve tan iluminado”. Comentario éste que nos gustó mucho y que decidimos incluir como “slogan” en la captación de nuevos adeptos, con lo que el acólito de la ocurrente frase pasó de ser un “acólito anónimo” más, a ser el acólito responsable de marketing y comunicación como le llamaban mamá y el tío, o “propagador de luz” como me gustaba llamarle a mí.

Habiendo dejado yo en manos de la Gran Madre y del Gran tío las inevitables molestias inherentes a las cuestiones financieras, pude dedicarme, a satisfacción y por entero, a esparcir la verdad, la luz y la fe entre todas las pobre almas que lo precisaban, que eran muchas y cada vez más, y dábase el caso de que había entre aquellas buenas gentes que se acercaban a mi, numerosos y agraciados seres humanos del género femenino, que precisaban del consuelo de mi amor y del bálsamo de mi cariño, motivo por el que decidí abordar el “Paso 4″ de mi protocolo, el cual, la luz primigenia mediante, os será revelado tal vez mañana, o tal vez pasado, o quizás otro día según la luz me ilumine que, al fin y al cabo, para eso está la luz, para iluminar y para iluminados.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos , El Guía Supremo del Cosmos
[16] Hablaron 


Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana
Albert Einstein

 

Tratando estaba yo, un domingo por la tarde, de entender el sentido cósmico del universo absoluto cuando, por casualidad, di por tropezar con todas las respuestas. Iluminóse entonces mi cerebro, así como quién no quiere la cosa, como un faro derrochante de luz cegadora. Sabía todas las respuestas a todas las preguntas que llevaban milenios interrogando al hombre, llenándole de zozobra e inquietud. Víme entonces convertido en una suerte de “elegido” para guiar al ser humano. No cabía ninguna duda: la fuerza creadora del cosmos infinito habíame designado como el líder y salvador que la humanidad precisaba.

Estando como estaba en posesión de todos los conocimientos hasta entonces ocultos, era claro para mí cual debía ser el proceder de mi persona a partir del momento de mi revelación, pero para mejor llevar mi mensaje a las masas, diome por establecer un protocolo de actuación. A saber.

Paso 1: Tuve a bien dotarme a mi mismo de un nombre pegadizo y atrayente, un vocablo a través del cual las masas a las que había de salvar se refiriesen a mi, y que fuese sinónimo, a la vez, de la grandeza de mi misión y de la humildad de mi persona. Decidí pues otorgarme el título de “Guía Supremo del Cosmos”. Mi madre (con la que hasta el momento de mi revelación yo siempre consultaba todo, y con la que no iba a dejar de hacerlo por mucha mente preclara que yo poseyera) opinó que , si bien el título podía resultar ostentoso, era, como yo pretendía, la mar de pegadizo y atrayente. Así pues, con la aprobación de la “Gran Madre del Guía”, pasé a presentarme al mundo como “Guía Supremo del Cosmos”, aunque los más íntimos como mamá podían seguir llamándome Manolito. Algo más tarde, Tío Alberto que siempre ha tenido mucha perspicacia, descubrió que tomando las primeras silabas de las palabras de mi nueva denominación, se formaba el acróstico “Guisucos”. A todos nos pareció muy adecuado dado que yo iba a ser el “cocinero” del nuevo orden universal.

Paso 2: Conseguir acólitos se me hacía imprescindible para expandir mi mensaje. Allá donde no llegase mi voz, llegaría la de mis fieles seguidores; allá donde no llegase mi mano, mis fieles serían mi mano. Si mis piernas no me bastasen, dispondría de las piernas de mis discípulos. Y así, en resumen, con todas las partes de mi anatomía excepto aquellas de las que pensaba que nadie tenía porque llevarlas a ninguna parte excepto yo mismo. Apostéme pues en una esquina, ataviado con túnica blanca símbolo de la pureza de mi misión, y comencé a proclamar al gentío mi mensaje, y ofrecíme, a voz en grito, a dar cumplida respuesta a todos sus interrogantes y preguntas. La gente, ávida de conocimientos, no tardó en ametrallarme con todas sus cuitas: ¿Qué haces ahí, pringao?, ¿Por qué no te callas?, ¿Qué dices que vendes?, ¿sabe, buen hombre, dónde hay una parada de taxis? Estas y muchas otras cuestiones fui desgranando a lo largo de aquel primer día de anunciación. Agotado y feliz, concluí aquella primera jornada viendo cómo se incrementaba el número de mis seguidores en un cien por cien. Llegué sólo y me marchaba seguido por mi primer discípulo: Ramonín; ejemplo claro de que la humanidad precisa un líder que le diga lo que realmente necesita, porque mientras que yo le ofrecía la salvación para su alma, él insistía incansable en que le dejase un euro, y así me fue siguiendo fielmente hasta mi casa, tirándome de la túnica y rogándome para que no le apartase de mi luminiscencia a la voz de “pero no te vayas, tronco, dame el euraco”. Si bien no le di el euro aquella noche Ramonín durmió en el sofá de mi casa, y viéndole allí tan plácidamente en reposo, feliz por haber encontrado mi luz, exclamé: “Tu eres Ramonín, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”, a lo que la “Gran Madre del Guía”, práctica y sabia como siempre, agregó: Pues más te vale conseguir que se duche la piedra porque si no va a coger olor toda la iglesia.

Paso 3: Tal vez mañana, o pasado…

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos , El Guía Supremo del Cosmos
[21] Hablaron 


Es preciso elevarse con las alas del entusiasmo. Si se razona, no se volará jamás.
Jacques Anatole France

 

Me gustaría invitarte a volar por un cielo sin esquinas. Me gustaría que atravesáramos, veloces, murallas de nubes. Quisiera que compartieras conmigo audaces tirabuzones, asombrosas piruetas, vertiginosas caídas en barrena, increíbles picados, alocados giros y toda suerte de acrobacias.
Ojalá pudiera reírme contigo de la absurda gravedad que nos imanta a este suelo duro y frío en que nacemos y morimos.
Pero es que hoy…
que me muero de ganas de volar contigo,
está mi espalda vacía y noto pesada el alma.

Hoy… el cielo no tiene esquinas, pero yo no tengo alas.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[26] Hablaron 


La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño.
Nietzsche
 


Yo esperaba pacientemente la señal para atacar. Sucu, el jefe de nuestra pequeña partida guerrera, se había colocado en un lugar estratégico desde el que podía vernos a todos y a la vez todos nosotros podíamos verle a él. Desde el camino alfombrado de pinocha que sajaba en dos el pinar y por el que, de un momento a otro, aparecerían nuestras víctimas era imposible descubrir a ninguno de los emboscados. Sucu había tenido mucho cuidado de ello, y había elegido el mejor lugar para cada uno de sus guerreros. Sin embargo, y pese a que nuestro aguerrido jefe lo tenía todo estudiado y planeado, el sendero permanecía desierto y no se advertían señales de que fuera a dejar de ser así. Llevábamos más de cinco minutos de tensa espera. Yo estaba tranquilo, pero Víctor, un año más pequeño que el resto de nosotros, parecía incapaz de aguantar por más tiempo en su escondite.

-Eh, psss, ¡Pulga! ¡Que me meo, joder!

Pulga. Así me llamaban. Como podéis imaginar, no era debido a mi gran estatura. Sin embargo, pese a ser más bien bajito, siempre había sabido hacerme valer, y era respetado dentro de la pandilla casi tanto como el propio Sucu (en realidad, el respeto me lo gané el primer día que Lucas hizo un chiste a costa de mi tamaño y yo le reventé la nariz de un puñetazo. Por imbécil).

- Aguanta y calla gilipollas, que nos van a descubrir.
- Pero si no viene nadie, quién nos va a descubrir.  -se le veía realmente apurado, a punto de explotar-
- Pues hazlo ahí mismo, en el árbol, coño, que pareces tonto. ¡Y a las emboscadas hay que venir “meao”!.

Víctor suspiró aliviado, soltó todas las piñas que llevaba en las manos, se abrió la bragueta y comenzó a aliviar sus necesidades. Yo miré a Sucu, que desde su posición ponía cara de resignación, sin duda pensando que qué coño iba a hacer él con aquella tropa, incapaz de estar cinco minutos quieta y callada, guardando la posición.

- Eh! Pulga, ¿has visto? La chilina de Víctor es más grande que tú.

El que había hablado era Lucas, incapaz el muy imbécil de aprender las lecciones de la vida -aquel golpe en la nariz no sirvió para hacerle entender lo peligroso de hacer coñas con mi tamaño-. La piña voló de mi mano a su cara antes de que le diese tiempo a empezar a reírse su propia gracia, así que en vez de abrir su fea boca de mamón para reírse de mí, lo hizo para soltar un quejido como de perro apaleado, porque si por algo era yo conocido era por mi puntería, que donde ponía el ojo ponía la piña, y lo que es el ojo yo, le había puesto justo en su ojo. Empezó a lloriquear que era lo que mejor se le daba. Ya ves, cada uno éramos conocidos por lo que mejor hacíamos: Sucu, por sus dotes de mando y liderazgo; yo, por mi puntería; Víctor, por sus dotes para el espionaje y Lucas por sus lloriqueos y por sus quejas, aparte de por sus gracias, que no tenían ni puta la gracia. Entre lloriqueo y lloriqueo, sacaba fuerzas el Lucas para amenazarme de muerte y de que me iba a reventar. Ya ves, yo “preocupao”.

- ¿Os queréis callar, joder?-Sucu por fin había decidido imponer el orden entre sus tropas- Lucas, cállate, leches.

Pese a que yo había inflingido la regla no escrita de no apuntar nunca por encima de los hombros, Sucu abroncaba a Lucas porque había decidido que mi venganza había sido digna de la ofensa del llorica. Bueno, y también porque yo era el mejor amigo de Sucu y Lucas no; Lucas era un pegote que nos había endilgado la madre de Sucu porque era hijo de unos amigos suyos, nuevos en el pueblo, y que si fíjate el pobrecillo niño que no conoce a nadie, y que si fijaos lo solo que está, y que si por qué no jugáis con el pobre. El pobrecillo niño resultó ser un tocahuevos del uno. Pese a eso lo adoptamos como a uno más, y pasó a ser nuestro saco de golpes preferido para todo lo que quedaba de verano, que era mucho, porque acababa de empezar julio así que nos quedaban casi dos meses para “hacerle compañía” a Lucas. Yo creo que a Lucas no le caíamos muy bien pero éramos mejor para él que estar sólo.

A estas alturas de la emboscada las posibilidades de coger por sorpresa a nuestras víctimas se habían desvanecido por completo, porque debían habernos oído por lo menos desde la Fuente del Botón (que nunca supe por qué coño se llamaba así, pero se llamaba así) y eso que estaba como a un kilómetro hacia el río desde donde habíamos organizado nuestra encerrona. La pandilla del “Cromos” había establecido allí su campamento base y era seguro que con los quejidos de Lucas estaban ya sobre aviso. El “Cromos” era el único del pueblo capaz de ganarle en estrategia a Sucu, y esta vez le ganó de narices porque el tío se había anticipado del todo a nuestros planes y justo en aquel momento, nos atacaron por la espalda. La batalla estaba perdida antes de empezar. La mitad de nuestras tropas estaba ya derrotada de antemano. Lucas estaba medio tuerto y llorando a moco tendido y a Víctor el ataque le pilló con la chilina fuera, con lo que el acto reflejo de subirse la bragueta acabó como tenía que acabar, con un grito terrible que nos puso a todos los pelos de punta y consiguió que, al menos por un momento, tanto Sucu, como yo, como los del “Cromos” dejáramos de tirar piñas. Sucu lo vio todo perdido y ordenó la retirada pero sólo yo me encontraba en disposición de obedecer, así que pies para qué os quiero. Sucu y yo salimos por patas con los del “Cromos” detrás. Huimos humillados y derrotados, pero vivos.

Mucho más allá, cuando comprobamos que se habían cansado de perseguirnos (a correr si que no nos ganaba nadie) y de que volvían al escenario de la batalla, sin duda para hacerse cargo de los prisioneros (ya nos ocuparíamos de eso más tarde), caímos rendidos y resoplando como perros viejos al borde del camino.

- La hemos “cagao”, Sucu.
- No te preocupes, Pulga. Esto sólo ha sido la primera batalla. Se van a enterar.

Y así fue, se enteraron. Porque hubo más batallas, algunas de ellas memorables; y también hubo algún primer amor, y un desengaño y muchísimos otros momentos que se quedaron clavados en mi memoria para siempre, porque nunca jamás el tiempo pareció detenerse y hacerse tan lento, como aquellos dos meses del verano de 1978.

Tan sólo a cambio de guardar un secretillo, hoy, una amiga muy especial, una verdadera artista, me ha hecho un regalo que me gustaría compartir con todos vosotros. Os presento a Sucu, Pulga, Victor y Lucas
¡Tiene talento mi amiga eh!

Muchisimas, muchisimas Gracias ;)

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[28] Hablaron 


… Tuvimos tantas ocasiones, perdiéndolas…
La estación de los amores(Franco Battiatto)
 

Se iluminó todo el espacio cuando ella, tímidamente, abrió la puerta que daba acceso al vagón, si bien es cierto que sólo yo parecí advertirlo. El resto de viajeros, sin excepción, siguieron enfrascados en sus propios pensamientos, el gesto serio y adusto, escrutando el suelo algunos, tratando de adivinar algún paisaje tras los sucios cristales los otros. Di gracias mil veces en mi interior por el hecho de que el único asiento libre fuese el contiguo al que yo ocupaba. Me levanté apresuradamente para dejarla pasar. Ella me miró directamente a los ojos y me susurro “gracias” -parecía que le daba miedo alzar más la voz y romper el silencio tenso y dominante del resto del pasaje-.
Juro que cuando me miró a los ojos dejó de existir todo lo demás y casi puedo asegurar que a ella le sucedió otro tanto. Se borraron los rostros serios, las caras tristes, las miradas furtivas y aceradas; en definitiva, desapareció el miedo, el terrible y frío miedo que impregnaba aquel vagón desde el primero hasta el último asiento. Entre susurros nos presentamos y fuimos abriéndonos el uno al otro, usando las pequeñas y viejas fórmulas que un hombre y una mujer han usado desde siempre. Nunca conocí en mi vida una mujer tan maravillosa y supe, con total certeza, que deseaba pasar a su lado todo lo que nos deparase aquel incierto viaje. Pese a las miradas de reprobación de los viajeros de los asientos de enfrente -un anciano esquelético, aburrido y gris y una señora ya mayor que nos miraba fijamente ladeando la cabeza- no dejamos de hablarnos el uno al otro en ningún momento, en voz muy baja, eso sí, e incluso disimulando cuando el rígido revisor pasaba a nuestro lado y nos regañaba con la mirada, tal vez por romper la paz de su rebaño. Cuando se acercó a nosotros, ambos sacamos del bolsillo nuestros billetes y él los inspeccionó, para luego taladrarlos con cara de hastío -recuerdo que pensé que aquel hombre necesitaba urgentemente unas vacaciones.
- La suya es la siguiente parada -le dijo a ella- No conviene que se despiste charlando.

Al oír esas palabras sentí (¿Cuánto hacía de aquello?), como si me disparasen en la boca del estómago. Ella debió darse cuenta.
- ¿La siguiente no es tu parada, verdad? Me preguntó, la mirada llena de resignación y pena, conocida de antemano la respuesta.
- No. No lo es -dije- Ojalá lo fuese. Hasta conocerte no me había importado.
- Puede que no sea tarde. Me dijo mientras el tren aminoraba la velocidad, presagio inequívoco y cruel de que se acercaba la próxima estación.
- Debería haberlo pensado antes de sacar el billete en ventanilla -cortó tajante el revisor que no había perdido detalle de la conversación- Ahora ya es tarde.(Me pareció apreciar un sonrisilla sádica en sus ojos de viejo amargado)
El tren se detuvo, el chirrido de sus frenos coincidió con el grito de mi alma que nadie oyó.
La puerta de acceso al andén se abrió de par en par y una nube de vapor, acompañada de un rayo de luz, inundó el vagón.
Ella se fue, atravesó esa nube, junto con la mitad de los pasajeros. Intenté seguirla pero el revisor, firme e inflexible, me lo impidió. Así la perdí de vista para siempre.
Cuando el tren reanudó su marcha, yo, apoyado en el cristal de la ventanilla, con los ojos húmedos y muertos, me di cuenta de la ácida ironía de haber conocido a la mujer de mi vida cuando ésta ya se había acabado; y pensé que fuese cual fuese el infierno que me esperaba en la próxima estación, no podía haber ninguna condena peor que saber que había perdido la oportunidad de pasar el resto de la eternidad a su lado; y me sentí mucho más muerto aún, que cuando conocí por primera vez la sensación de recibir un disparo en la boca del estómago.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[21] Hablaron 


El viejo cuenta cuentos se sentó en el banco del parque por primera vez hoy hace ya veinte años, antes de hacerlo se quitó su raído abrigo, lo dobló con extremo cuidado y lo deposito en el respaldo. Luego, dejó caer su cansado y frágil cuerpo en la desgastada madera y comenzó a hablar. Aquella primera vez, nadie le oyó; ni tan siquiera los gorriones, dueños y señores del parque, se dignaron a picotear a su alrededor. No le importó, él siguió hablando, desgranando sus historias, una tras otra, un cuento seguido de otro, sin interrupción, sin descanso. Así estuvo el día entero. Nadie se paró a escucharle, nadie le prestó atención. A las doce de la noche, se levantó torpemente, recogió su abrigo y se marchó, tan despacio como había llegado.
A las ocho de la mañana del día siguiente repitió exactamente el mismo ritual. Después de colocar su abrigo, comenzó a narrar historias infatigablemente. A las seis de la tarde de ese mismo día, yo reparé en el extraño anciano que parecía estar hablando solo, y decidí dejar para más tarde mi alocada caza de aterradas palomas y detenerme a escucharle. Me senté en el suelo, frente a él, con los codos apoyados en las rodillas y las palmas de las manos sujetando mi barbilla. Escuché de sus labios la más maravillosa historia que jamás escuchara. Más tarde, pasado el tiempo y con la perspectiva de los años, he llegado a la conclusión de que aquel primer cuento que le escuché debió durar una hora, sin embargo para mi no se alargó mas que lo que tarda un pestañeo. Cuando terminó le aplaudí a rabiar y empecé a hablar atropelladamente. Le pregunté como se llamaba, si era suyo el cuento, de dónde era, … No me contestó a ninguna de las preguntas, jamás me contesto una sola. Simplemente me sonrió con una dulzura infinita y ¿adivináis? comenzó una nueva historia. Me atrapó de nuevo, fui incapaz de volver a abrir la boca. Tan enfrascado estaba en sus palabras que apenas me di cuenta, de que a mí alrededor se habían ido sentando otros niños, y todos, como yo, miraban embobados al anciano de aspecto quebradizo que no dejaba de narrar historias. Cuando mi madre vino a buscarme, gritando atropelladamente que qué demonio de crío, qué Gabrielito dónde me había metido, que disculpe señor si le ha molestado; ella también se quedó prisionera de los labios del narrador de cuentos. No fue la única. Poco a poco, se fueron uniendo otras madres, más niños, señores que paseaban, en fin, es bien sabido que los corros siempre tienden a hacerse más grandes, y que la gente llama a la gente. Pese al barullo que se iba montando, cada vez que comenzaba un nuevo cuento, todos nos quedábamos mudos y atentos al desarrollo de la historia.
Pese a toda la atención que suscitó, y todas las preguntas que le fueron hechas, de sus labios no salían mas que cuentos, historias y leyendas, algunas incluso eran ya conocidas, pero puestas en su boca adquirían resonancias que hasta ese momento yo no había descubierto. A las doce de la noche, se levantó torpemente, recogió su abrigo y se abrió paso entre el nutrido grupo a su alrededor, que no dejaba de hacerle preguntas. Se alejo unos metros y luego se dio la vuelta para pronunciar las únicas palabras que le escuché que no formasen parte de un cuento: “Yo no soy importante. Ellas sí”. Y se marchó sin que ninguno supiésemos a donde (algunas noches intenté seguirle, pero pese a su andar lento y cansado conseguía despistarme siempre entre la neblina del parque).

El ritual permaneció inalterado durante muchos meses, llegaba a las ocho, doblaba su abrigo, se sentaba, lanzaba al aire sus relatos e invariablemente, a las doce de la noche, recogía su abrigo y se marchaba, no sin antes pronunciar siempre aquellas palabras: “Yo no soy importante. Ellas sí”. Lo único que cambiaba eran las historias (nunca repitió ninguna) y el número de personas cada vez mayor que nos reuníamos a su alrededor esperando sus cuentos como espera a la lluvia la tierra seca. El grupo llegó a ser tan nutrido que, al fin, un día hubo personas que por la distancia no consiguieron oírle. El anciano, de voz gastada y rota, no podía ya hablar más alto. La gente de atrás empezó a protestar, consiguiendo de esta inteligente manera que tampoco los de más adelante oyésemos bien. El anciano interrumpió de golpe su narración, se levantó y se marchó entre las protestas generales. A los pocos metros, se volvió con el rostro saturado de pena, me miró y declaró: “Yo no soy importante. Ellas sí. Ellas sólo piden silencio y una voz joven”. Él se alejó y la gente se dispersó, volviendo a sus quehaceres y a sus mundos. En el aire quedó el eco, ya casi muerto, de una historia inconclusa.
Por eso ayer, cuando después de veinte años buscando cuentos y leyendas, tropecé con aquella historia inacabada en un viejo libro polvoriento y leí el final, supe que hoy a las ocho debía situarme frente al banco, quitarme con cuidado el abrigo, sentarme en la desgastada madera y continuar la historia donde él la dejó, y después de acabarla, proseguir con todas las demás que he aprendido en estos años de búsqueda, porque si realmente hay algo que me enseñaron todas las narraciones del anciano, y todo el tiempo trascurrido después, si hay algo que pueda dar por cierto es que: yo no soy importante y ellas, las historias, si.

Millones de gracias a todos por la espera
Gabi :)

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[18] Hablaron 

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