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Regreso a casa.
Navego mares de nubes y atravieso campos de esponjas ingrávidas.
Regreso a casa.
Lo observo todo desde mi ojo de buey.
A mi lado el calor de quien conmigo viaja.
Cansancio, risas, algún beso , y en tierra, pisando suelo, sé que me esperan.
Tengo esa suerte. Alguien siempre me espera.
Han sido cuatro días matando al monstruo atroz de la rutina.
Pisando calles nunca pisadas, viendo mil caras nunca vistas, leyendo el alma de viejas piedras, oyendo sonidos nuevos, riendo la misma risa con los amigos de siempre.

Pero ahora regreso a casa.

Falta poco para abandonar el cielo y regresar a la tierra.

Entonces nos avisan.

Alguien llamó para esparcir miedo,
alguien llamó para sembrar rencor,
y clausuraron nuestro destino,
el punto de encuentro con quién espera.
En nombre de su propio nombre,
en nombre de causas extinguidas,
en nombre de futuros imposibles,
en nombre de ETA,
esparcieron más mierda.

Y se asustaron los que esperaban en tierra,
y arriba,las nubes se volvieron niebla,
y hubo inquietud y nervios y espera.

Y, al final,
donde teníamos que llegar,
no pudimos tomar tierra,
y nos llevaron al este,

(Al este de dónde vivo
come y bebe la serpiente
que lleva mis mismos años
afilándose los dientes)

y ya tres horas más tarde
llegamos por carretera
y todo quedó en anécdota.
Pero alguien cambió mi rumbo
en nombre de causas muertas.
Y sientes rabia y rencor.
Y me han bajado del cielo
de un solo golpe a la tierra.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[11] Hablaron 


Mañana ya emprendo vuelo
y migro a tierras de niebla
donde mis armas no valen
donde no sirve mi verbo.

Inicio en bandada el vuelo
con un puñado de amigos,
de los que nunca faltaron,
de los que siempre estuvieron.

Me dejo la puerta abierta
porque esta casa es mi casa,
cuidadla bien en mi ausencia
porque también es la vuestra.

Así que, si no es molestia,
si pasáis por aquí…

regadme las plantas…
ventiladme la casa…

y recogedme el correo…

Os echaré de menos.
Volveré pronto.
Ya el martes vuelvo.
El martes estoy de vuelta.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[16] Hablaron 


Hay cartas urgentes que llegan cuando ya no hay nadie
Rosana Arbelo

El primero y el último escalón son los que más cuesta conquistar.

De hecho, levantar la pierna derecha y flexionar la rodilla para apoyar primero el talón y luego, la puntera de sus viejas botas, en el peldaño inaugural de la escalera, había supuesto un esfuerzo descomunal.

La escalera estaba vieja y desgastada, los escalones estaban desnivelados y los crujidos que sus pies arrancaban a la madera apolillada con cada nuevo paso, no ayudaban a tranquilizar sus nervios. En el primer rellano tuvo que detenerse.

Se apoyó en la desconchada pared, sin importarle la humedad que la impregnaba. Tuvo que cerrar los ojos y respirar fuerte, echando la cabeza hacía atrás. Poco a poco, se fue serenando. Recordó por qué estaba allí, la última palabra que la dijo, la postrer mirada antes de subir al coche, antes de dejarla marchar, y luego, los días sin ella, largos y tediosos, como domingos de invierno, las noches recordándola y el inmenso vacío que se había instalado en su pecho, donde antes hubo un corazón.

Estos recuerdos le hicieron proseguir.

La subida se hacía cada vez más angosta y empinada, y él se preguntaba que especie de arquitecto loco había diseñado aquella escalera disparatada. También pensó en ella, subiendo y bajando todos los días, para hacer la compra, para ir al trabajo, ¿sola?, si, seguro, tan sola como él ahora. Se imaginó la cara que ella pondría al verle, su sorpresa, su gesto de reproche, y repasó, como un autómata, las frases destinadas a vencer su resistencia. Esas frases habían nacido en su cabeza, acuciantes, en la soledad otoñal de los últimos meses. Al comprobar que recordaba, sílaba a sílaba, su desesperado guión se sintió más seguro y continuó ascendiendo.

El último escalón fue el más difícil. Las venas golpeaban la piel queriendo escapar de su cuerpo y gotas de sudor resbalaban por su frente. Se sentía incapaz de dar aquel pequeño paso y, al mismo tiempo, no soportaba la idea de seguir viviendo sin darle. Cerró los ojos y avanzó.

Entonces, a escasos veinte centímetros de la puerta, cuando su dedo se dirigía, tembloroso, al amarillento interruptor con una campanilla dibujada, detrás de la desgastada madera oyó una voz de hombre y risas de niños. Su dedo se paró en el aire, como un colibrí luchando contra el viento, el brazo cayó inerte a un costado y tragando saliva se dio la vuelta, para mirar, ya a punto de iniciar el descenso, por última vez la puerta.

Detrás de la mirilla, un ojo claro de mujer derramó una lágrima que resbaló hasta unos labios, y ella pensó que su llanto tenía el mismo sabor que hace veinte años.

Mientras bajaba por la vieja escalera, de peldaños desgastados, desconchones en la pared e innumerables humedades, él pensó que hubo un tiempo en que allí debió oler a barniz recién aplicado, y los escalones debieron estar flanqueados por paredes inmaculadas recién pintadas, y supo que fue entonces cuando debió haber subido aquella escalera. Y recordó el estribillo de una antigua canción que rezaba: “Siempre hay una próxima estación” y supo que era mentira. Y pensó en trenes que viajan a ninguna parte y que nunca paran dos veces en la misma estación.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[15] Hablaron 


 

 Hoy llegue a casa e invité a las palabras a salir a bailar, pero se quedaron sentadas mirándome con desprecio. Pronto lo entendí. Estaban cansadas. Llevaban toda la mañana bailando con ella.
Se llama Beatriz. Tiene nueve años y ya es toda una bailarina.
Este es el baile que se marcó con las palabras:

¡Cómo pasa el tiempo!.
Parece que ayer murieron
pero no, parece que el reloj nos controla, pero no, uno puede ser libre
Otro puede hacer lo que le mande el reloj.
Pero quien quiera puede dormir a las 6 si le apetece, otro jugar a las 8 y tomarse un bizcocho.
Yo tengo una gata y una abuela que según la gente están arriba, pero yo he retrasado mi reloj y falta un siglo para que lo que las pasó suceda.

Yo no hago caso a un redondel con agujas.BM.

Yo tampoco

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[20] Hablaron 


 Seremos nube, seremos agua, seremos lluvia,
lluvia que lava, lluvia que limpia, lluvia que cura.
Y todo el polvo que ocultó el brillo
de los caminos que recorrimos
arrastraremos en aguacero

GM

 

No sé muy bien cómo empezó todo. Sólo recuerdo aquella extraña sensación, como de cosquilleo, en el estómago. Rápidamente se fue extendiendo al resto de mi cuerpo. Uno a uno, todos mis órganos, cada uno de los receptores de mi sistema nervioso, fueron enviando el mismo mensaje a mi confundido cerebro. Asustado, éste envió una rápida orden a mis ojos para que mirasen mis manos. Intentaré describir lo que estos vieron: las células muertas de mis uñas, la piel de mis dedos, mis cartílagos, mis huesos, se estaban licuando y resbalaban, lentamente, sobre las rocas. Poco a poco, todo yo me fui convirtiendo en agua, desde los pies hasta la cabeza, no quedó ni un pedazo sólido de mí.

Afortunadamente, mi transformación sucedió a la orilla del río, sobre una piedra enorme y plana. Si hubiese sucedido encima de la tierra, tal vez me hubiera convertido en barro y, simplemente, habría acabado mi vida ensuciando las botas de algún caminante. Pero fue allí, en aquella orilla, sobre aquella piedra, ¿te acuerdas?. Poco a poco, mientras aún me acostumbraba a mi nuevo estado, fui deslizándome hasta el cauce del río. Bajaba crecido. Aún recuerdo el vértigo cuando fui arrastrado, cuando me disolví, una gota entre millones de gotas, dentro de aquella furia torrencial. No puedo explicar la sensación de ser uno y ser todos a la vez, de no tener ojos y, sin embargo, verlo todo. Ver pasar, incansables, los árboles y las piedras de la orilla; percibir, aún sin tocarlos, la suave caricia de los guijarros del fondo. Recuerdo el dolor, cuando aquella roca gigante en mitad del cauce nos dividió. Al igual que no puedo olvidar, más tarde, la alegría del reencuentro.

Nunca podré transmitir con fidelidad el sentimiento de fundirme con la mar en la desembocadura. La sensación de ser agua salada, de viajar hasta alta mar, de hacerme espuma coronando las crestas de las olas, de jugar con los peces, de tocar, de sentir a la vez todos los continentes y todas las islas.

Supongo que lo imaginas, me evaporé. Abandoné sin más mi forma líquida para pasar a ser ya, totalmente incorpóreo. El mundo no es igual visto desde arriba, desde aquellas inmensas praderas de nubes donde, por fin, descansé.

Esta mañana volví a cambiar y, sin previo aviso, me precipité de nuevo a tierra, recuperada mi anterior forma líquida. Tú me estabas buscando a la orilla del río, yo caí en un recodo un poco más arriba de donde te encontrabas. Tú, muerta de sed por buscarme y no encontrarme, te agachaste a beber, y me bebiste. Y recorrí por dentro tu cuerpo como nunca lo había recorrido antes.

Y cuando al caer la noche, desesperada ya por haberme perdido, rompiste a llorar, yo fui la primera lágrima que humedeció tus pupilas. Y antes de que me secases con el dorso de la mano, mientras resbalaba por tu mejilla, recuperé mi estado primero, y te besé.
Y ahora estoy aquí, sólido y corpóreo, como siempre, a tu lado.
Ya no hace falta que llores.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[22] Hablaron 


 ¿A dónde va lo común, lo de todos los días? ¿El descalzarse en la puerta, la mano amiga? ¿A dónde va la sorpresa, casi cotidiana del atardecer?…
Silvio Rodríguez

 

Ayer aparqué el coche frente a nuestra antigua casa. Tenía que ir por aquella zona, (ya sabes a qué), podía haberlo dejado en cualquier otro sitio, pero el hombre es un animal de costumbres.

Las persianas estaban bajadas pero se filtraba la luz por las rendijas. No las han cambiado. Las persianas del salón, ¿recuerdas? ,obstinadas, se empeñaban en no bajar nunca del todo. Dejaban siempre decenas de pequeños ojos que nos observaban desde arriba. A través de ellos, las luces de los coches dibujaban fantasmas en la pared. ¡Lo que han visto aquellos ojos!.

Era una planta baja, muy baja. ¿Recuerdas que yo quería poner una hamburguesería en la ventana?. ¿Recuerdas la ilusión quitando el viejo papel pintado, cambiando el suelo, pintando,…?. La ayuda de los amigos, de los viejos amigos, de la familia, las cenas apretujados todos en aquel salón diminuto. Nuestra casa, que era la casa de todos. ¿Recuerdas la “leonera”?. Nunca conseguiste que la ordenara. Era mi templo y mi refugio. Lo siento.

Se me vino todo a la cabeza. La cisterna, que nunca conseguí que dejará de hacer ruido, el incendio, los domingos perfectos y eternos sin salir de la cama, los “machaquitos”.

¿Recuerdas cuando fuimos tres? La espera, la llegada a casa con lágrimas de ilusión, y aprender juntos, los paseos arriba y abajo del estrecho pasillo con ella en brazos, y ¿recuerdas cómo me miraba cuando la cantaba “El sitio de mi recreo” y tantas otras? .

Recuerdo que a los dos se nos humedecieron los ojos cuando cerramos la puerta, por fuera, la última vez…

¿Hubo cosas malas?.
Puede ser,
tal vez,
hoy no las recuerdo,
ya no importan.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[11] Hablaron 


Esta es una canción antigüa, pequeña y antigüa. Si supiese construir cajas de música la metería dentro para que sonase, evocadora, cada vez que abriese la tapa.

Es pequeña, pequeña y antigüa, pero la quiero hoy más que el primer día que la canté.

Pulsa en el “Play” para escuchar la canción o en este enlace para descargarla

 

Sé bien que el trato era
no mirar atrás.
Aquello que ya ha pasado
No puedo cambiar.
Me pregunto
si en tus labios
todo sigue igual.

¡Menuda pregunta idiota!

Y tú, y tú…
¿quién sabe dónde estás?
Y yo, y yo
¿Dónde voy a acabar?

No es que te eche de menos,
ni vaya a llorar,
no pienses que aún te quiero,
que no sé olvidar.
Sólo es que ayer escuché
nuestra canción y tal…

No sé por qué busco excusas.

Y tú, y tú…
tú me enseñaste a llorar
Y yo, y yo…
Yo soy estatua de sal.

Hoy repasando tus cartas
no pude evitar
fijarme en que todas ellas
acaban igual.
“Te querré para siempre”

Y tú, y tú…
Tú nunca das marcha atrás…
Y yo, y yo…
Yo punto muerto total.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Mis Canciones
[7] Hablaron 


El hombre parado enfrente del escaparate de la tienda de juguetes, se había detenido allí muchas veces.
La dependienta, desde detrás del mostrador, hacía siempre una leve inclinación de cabeza, a modo de tímido saludo, y esbozaba un amago de sonrisa que siempre interrumpía cuando los ojos del hombre, a través del cristal, se encontraban con los suyos. La mirada de aquel hombre no invitaba a la sonrisa.
De hecho, la dependienta, cuando al acabar la jornada laboral regresaba a su casa, mientras preparaba la cena, al tiempo que hablaba con su marido, solía decirle: “Hoy ha vuelto a visitarme el hombre con los ojos más tristes del mundo”. El marido la miraba durante un segundo, con fingida curiosidad, y, cuando ella reanudaba su parloteo, él volvía de nuevo a mirar la televisión.

“El hombre con los ojos más tristes del mundo” comenzó a hacer más frecuentes sus visitas al escaparate de la pequeña juguetería hasta convertirlas en rito. Invariablemente, cada mañana a las diez y a las doce en punto, y cada tarde, a las cinco y media y a las siete, aparecía su silueta tras el cristal, inmóvil, la cabeza agachada, las manos en los bolsillos de la raída gabardina y la apariencia de estar sosteniendo sobre sus hombros el peso del mundo. Al mismo tiempo, aquellos encuentros del hombre con su reflejo se fueron haciendo cada vez más prolongados. Al principio se quedaba allí, de pie, unos cinco minutos. Con el discurrir de los días se fueron alargando hasta llegar casi a las dos horas y, prácticamente, solaparse unas visitas con otras.

La dependienta no sabía que pensar. Incluso se lo había comentado al dueño de la tienda, en una de las escasas ocasiones en que la dignaba con su presencia. La respuesta fue que mientras se estuviese fuera del comercio, no se podía hacer nada y que menos mirar para fuera y más para dentro, que había toda una estantería de Barbies sin colocar.
A veces, la dependienta sentía miedo, pero algo en la infinita tristeza de los ojos de aquel hombre le decía que no tenía nada que temer.

Una tarde, por fin, abandonó su refugio detrás del mostrador, y se colocó en una esquina desde la que podía observar el escaparate sin ser vista. El hombre no falló a sus costumbres. A las cinco y media de la tarde de aquel lunes lluvioso apareció como siempre, a cinco centímetros del del cristal, la gabardina y el pelo empapados, la cabeza gacha y las manos eternamente guarecidas en los bolsillos.

La mujer le observó con detenimiento, parándose en cada surco de piel y cada arruga, y en aquellos ojos…

Aquellos ojos miraban sin ver un viejo y pequeño tren de madera, colocado en una esquina del escaparate, prácticamente sepultado por hordas de muñecos de superhéroes, arrinconado por un puñado de videojuegos. Tímido, asustado, como fuera de sitio, el tren permanecía allí como un fantasma de otro tiempo.

La muchacha se dirigió al escaparate, se abrió paso entre aquellos horribles muñecos y rescató al tren de madera. Luego, salió a la calle, y bajo la lluvia se dirigió al hombre. Sin decir palabra le tendió el viejo juguete. El hombre, por fin, reparó en ella, miró el tren en las manos de la mujer, levantó la mirada y en ese momento pareció brillar en las pupilas del hombre con los ojos más tristes del mundo, un destello de algo distinto, agradecimiento quizás, ella no supo descifrarlo. Tomó el tren de sus manos y dándose la vuelta comenzó a caminar.

Así lo vio alejarse, por la calle abajo, disuelto en lluvia, sosteniendo en la mano izquierda el tren, mientras le daba su mano derecha a un niño pequeño, al que sólo él veía.
Así lo vio alejarse, para no volver a verle más.

No permitamos que maten al niño que llevamos dentro

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[20] Hablaron 


Hoy, Martes 22 de Noviembre de 2005:

Estando presentes el Excelentísimo Sr. Desanimo y la Excelentísima Sra. Tristeza y ante la multitud de pequeñas frustraciones que se han reunido aquí para este solemne acto, no habiéndose interpuesto objeción alguna por parte de Doña Alegría y Doña Esperanza…

¡Queda oficialmente inaugurada mi Apatía!

Este estado se prolongará por tiempo indefinido hasta nuevo aviso de la autoridad competente.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[11] Hablaron 


La nostalgia y la tristeza suelen coincidir
Enrique Urquijo
 

Desembarcamos al anochecer.
Como los malos sueños.
Como las peores pesadillas.
Apenas hicimos ruido al saltar al agua, ninguno de nosotros habló, era imposible que nadie escuchase más allá del monótono devenir de las olas besando la arena.
No encontramos ninguna defensa.

Si él hubiese estado atento a las señales de los días previos a la ofensiva, tal vez hubiera podido detenernos, pero no fue así, y no hallamos ninguna resistencia prevista entre la playa y la fortaleza.

El ataque había sido perfectamente planificado, al fin y al cabo, habíamos tenido tiempo de sobra desde la última contienda. Dejarnos escapar entonces fue su gran error. Pensó, al vernos huir, que todo estaba hecho, que no éramos ya rival para él, que no merecía la pena ensañarse con nosotros y exterminarnos. Hizo mal. Nosotros volvemos. Siempre volvemos. Él debería haberlo sabido.

Fue fácil, centinelas durmiendo empapados en alcohol, el puente levadizo bajado, nubes tapando la luna y ocultando todos nuestros movimientos. Y nosotros, perfectamente coordinados, haciendo lo que mejor sabemos hacer, disfrutando con nuestro trabajo. Él ya no lo esperaba.

La fortaleza fue nuestra en un abrir y cerrar de ojos, a sangre y fuego, sin piedad y sin perdón, sin prisioneros.

Ahora estamos festejando la victoria y él; él sólo llora y gimotea como un niño pequeño. Tal vez mañana reúna nuevas fuerzas y consiga expulsarnos durante una temporada. Tal vez. Pero esta noche es nuestra y ningún exorcismo le librará, ninguna táctica que emplee le valdrá para nada. Esta noche es nuestra, y él lo sabe.

Los recuerdos somos así.
Siempre esperamos agazapados.
Siempre estamos al acecho.
Siempre volvemos.
Siempre.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[11] Hablaron 

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